Palabras clave: Batalla de ideas, política, crítica, transformación, diálogo, innovación, cambio de época, amplitud, bloque histórico, lectura, análisis, verdad, belleza, sueños, liberación.

lunes, 10 de junio de 2013

Es la conciencia, estúpido


Si hay una idea que está clara entre los sectores progresistas y revolucionarios que han apoyado la Revolución bolivariana con el corazón, pero también con la cabeza, es que la construcción del socialismo depende de dos cosas fundamentales: producir de otro modo y pensar-sentir de otro modo. Se trata de inventar, impulsar, desarrollar, otros modos. Ahora bien, cambiar nuestra manera de pensar y de sentir y cambiar nuestro modo de producir, encierran más luchas de las que podrían pensarse.

En los últimos meses, la población venezolana ha tenido que enfrentar una brutal ola inflacionaria desatada luego de la adopción del nuevo régimen cambiario ―pero también antes de este―, ola que tiene mucho de especulación pura y dura; una especulación que, por cierto, tiene mucho de guerra económica. Distintas declaraciones oficiales han dado cuenta del “clima de negociación” imperante, dado que la idea dominante en el discurso no es la fiscalización, la contraloría, la dura sanción contra el especulador o, menos aún, el boicot. Al contrario, el discurso se ha orientado a destacar la necesidad de potenciar la producción nacional como vía elemental para la superación definitiva de los consuetudinarios efectos del rentismo petrolero en la economía.

“Importamos porque no producimos, no producimos porque importamos”, se ha dicho. Somos un país petrolero y los ingresos por concepto de renta petrolera son ingentes. Además, estos pueden eventualmente desbordar las arcas del Estado dado un repunte vertiginoso de los precios del hidrocarburo. Tenemos una gran capacidad de compra. Venezuela se puede dar el lujo, a parte que resulta cómodo, de repartir peces sin enseñar a pescar. Vendemos la materia prima, importamos manufacturas y parte importante de la comida. Un tema viejo, pero sin embargo siempre nuevo. Un asunto estructural, pero que nos sigue metiendo en difíciles coyunturas.

En su Grano de Maíz del 7 de junio, Antonio Aponte recuerda que uno de los desafíos que históricamente han tenido que enfrentar las revoluciones modernas, ha sido el de “cómo aumentar la producción sin entregarse en las manos de la cultura capitalista”. El autor, plantea que los distintos modos de producción que han existido en la historia han tenido varios elementos comunes: en ellos ha permanecido el egoísmo, la división de la sociedad en clases y la consiguiente fragmentación social. En este sentido, la revolución burguesa, como lo dijo Marx, habría abolido la propiedad feudal en provecho de la propiedad burguesa, pero conservando el egoísmo, “la cultura de la monarquía”. “La esclavitud fue abolida en lo económico, pero su esencia cultural todavía campea”, dice Aponte.

Sobre esta reflexión, nos gustaría hacer algunos matices. El paso del feudalismo al capitalismo fue un proceso altamente revolucionario, aunque a lo “revolucionario” en este caso haya que despojarlo de toda idea de humanismo o justicia social, toda vez que los cambios, tanto tecnológicos como materiales, privilegiaron a pequeños grupos que terminaron imponiéndose sobre otros, y favorecieron la idea del individuo como fundamento del orden y la razón en el mundo, el nuevo mundo, el universo liberal-burgués, europeo, moderno. Los fundamentos del status social se modificaron, pero la idea de status se mantuvo. Dice el historiador Boring que, en el contexto de la edad media, el noble era poseedor de tierras por derecho divino, mientras que en la naciente sociedad burguesa la tierra y los títulos podían ser comprados por alguien de “sangre impura”. Este era el empresario, el comerciante, el naciente hombre burgués.

De tal manera, hablando ya desde esta tierra, conviene recordar que ésta fue, en el contexto de la transición feudalismo-capitalismo, territorio de lo colonial, de lo bárbaro-subalterno. Que nuestros jóvenes países latinoamericanos, ex colonias de España y Portugal y disputadas sucesivamente por diversas potencias hegemónicas, a principios del siglo XIX superaron el colonialismo como dominación político-administrativa por parte de una potencia extranjera, pero no superaron la denominada colonialidad, referida esta a la racionalidad, la manera de ver y entender el mundo. En tal sentido, hablando desde el sur, tenemos pendiente la consolidación de nuestra independencia, en un sentido integral, epistémico, mental, cultural.
Desde la perspectiva de la Teoría Bolivariana de la Historia, luego de haber superado el principio monárquico (No superado en algunos países de Europa) y el principio señorial, nos quedaría aún superar el principio cristiano (Cristiandad mas no cristianismo) y el principio racional, precisamente el principio que más nos vincula con la tradición europea.

Desde otras tradiciones de pensamiento crítico, estaríamos hablando del Patrón Colonial de Poder del que habló Aníbal Quijano o del monstruo de múltiples cabezas del que habla Ramón Grosfoguel, como sistema de jerarquías (Heterarquías) impuesto en nuestras tierras hace 500 años.

Así las cosas, una transición al socialismo como modo de organización social donde se piensa (o se inpiensa) de otro modo y se produce de otro modo, necesita de un cambio radical de la conciencia. En este punto, estamos completamente de acuerdo con Aponte. Esto nos lleva, de nuevo, al tema de las instituciones o instancias desde las que el sistema logra hacerse hegemónico. Es imprescindible superar el egoísmo, de acuerdo. Pero más urgente y necesario es superar ese conjunto de mitos modernos que cierta izquierda asume, todavía hoy, con eufórico optimismo decimonónico. Uno de ellos: la idea de progreso, una palabra entre muchas que integra el lenguaje impuesto que comenzaron a sufrir nuestras sociedades hace siglos. Entiéndase por lenguaje impuesto, ideología, falsa consciencia.

Solo la Fe ciega en ese progreso, en ese particular desarrollo, pudo hace creer a los rusos que era posible la revolución en un solo país y con las armas melladas del capitalismo, con la mercancía y el valor de cambio, con la idea fija de construir “algo superior” a la sociedad occidental.

Ahora bien, un párrafo del artículo mencionado resulta muy interesante. Dice Aponte:

“Pero hay más, las Revoluciones han ocurrido en sociedades de poco desarrollo de las fuerzas productivas, quizá porque es allí donde están poco desarrollados los medios de manipulación de la sociedad, entonces el reto de elevar las fuerzas productivas se hace central para la revolución”.

De entrada, la tesis de que las revoluciones rusa, china y cubana, se pudieron hacer debido al poco desarrollo en esas sociedades de las fuerzas productivas, lo cual es hablar de sociedades con poco desarrollo de aparato mediático, no deja de ser interesante. Ahora, por una parte, conviene acotar que los espacios y tiempos históricos de estos procesos son distintos. Y de otro lado y aún más importante, si está planteada una correspondencia entre industrialización y desarrollo cultural mediático, siendo este una expresión de aquella, no se comprende como una elevación de las fuerzas productivas puede ser central para la revolución, toda vez que esta se traduciría en mayor desarrollo y, por tanto, en mayor influencia de la mediática, si es que partimos de que la revoluciones son más probables en sociedades con débil desarrollo mediático.

De todo el planteamiento de Aponte, nos quedamos con este último. Pero, después de todo, ¿Cómo se soluciona el dilema de las fuerzas productivas en la revolución? Para este autor la clave está en la Revolución cubana y en el Che Guevara. Todos sabemos que el Che fue un duro crítico de la vía que había tomado la Unión Soviética; todos recordamos su agudeza, su capacidad prospectiva, su particular línea antiimperialista en todo sentido. Recordemos las razones por las que Walsh y Masseti salen de Prensa Latina. Recordemos críticas del Che a la NEP (Nueva política económica); no olvidemos la brega de Guevara por el advenimiento del hombre nuevo. Sí, ahí, ciertamente, puede haber una clave.

Esta clave, tendría que ver con una nueva Fe. No una Fe en el progreso, en el desarrollo imparable de las fuerzas productivas, y sí en la voluntad del hombre y la mujer, en su capacidad, en su conciencia, su ética revolucionaria. Aponte cita el principio que guiaría la revolución dirigida por Fidel y al Che: “lo principal es la conciencia, crear riqueza a partir de la conciencia y no conciencia a partir de la riqueza”.
No obstante, pensamos que si la clave está en la Revolución cubana, lo está por una razón de fuerza que Aponte solo sugiere en su texto. La Cuba revolucionaria es un ejemplo, un “fenómeno que debemos estudiar”, porque ha combatido por décadas el cerco imperial y porque resistió estoicamente el desmoronamiento del bloque soviético. En ese sentido, el desarrollo de la conciencia del militante cubano, el temple y la ética de los cuadros cubanos, ha estado en relación directa con los formidables y permanentes desafíos que ha tenido que confrontar.

El tema da para mucho y mucho habría que reflexionar y discutir. Alvin Lezama, a partir del artículo de Aponte, nos deja esta importante reflexión:

“Debemos saber con claridad quienes somos, no es suficiente con quienes creemos ser, este será una parto doloroso, tenemos virtudes y defectos, potencialidades y taras, todas deben aflorar, es como una gran psicoterapia nacional, poco a poco, pero que nos permita hacer conscientes esos mensajes brujos que se sembraron en la colonia -y que se repiten hoy en chistes, en cuentos, en canciones, en expresiones populares-, que impuso su hegemonía y borró todas las raíces”.

Otra vez el patrón colonial, los principios de dominación, el lenguaje impuesto, taras que, como afirma Lezama, son como mensajes maléficos que están sembrados desde la época colonial y que han permanecido, en sus versiones más tradicionales o en las más sofisticadas, en nuestro sistema de creencias a través de chistes, canciones, cuentos y expresiones populares, es decir, a través de los aspectos ideológicos de la cultura.

Volviendo a Cuba, al tema mass mediático y a la relación entre este y el grado o tipo de conciencia que una sociedad puede eventualmente alcanzar, hagámonos las siguientes preguntas:

¿Sería bizarro pensar que el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto a Cuba, fue determinante para el desarrollo educativo y la ética revolucionaria de los cubanos?

¿Trajo este bloqueo, como consecuencia indirecta la posibilidad de librar a Cuba de la alienante invasión publicitaria e ideológica del estilo de vida americano, y por tanto la posibilidad de un desarrollo cultural más libre de estas influencias?

Evidentemente, existe una relación, aunque este no sea el único factor que ha influido en el desarrollo humano de los cubanos. Pero, si bien esto es verdad ¿No es lo suficientemente significativo que una sociedad haya estado relativamente libre de los spots publicitarios y la basura mediática transnacional? ¿De la cultura McDonald?

Por un momento, considerando todo lo anterior, viremos la visión hacia Venezuela, y nos encontraremos con que nuestra ética revolucionaria, nuestra educación, nuestro desarrollo cultural, nuestros cuadros y militantes políticos, nunca estuvieron libres, y no lo están aún hoy, de la seductora influencia del American Way of Life, del pasmoso conglomerado mediático global, hoy perfeccionado y ramificado como nunca antes en la historia de la humanidad.

Finalmente, en caso de que aceptemos como válida la tesis según la cual las revoluciones de la primera mitad del siglo XX fueron posibles gracias al débil desarrollo de los aparatos mediáticos, tendríamos que preguntarnos hoy, con la conciencia que tenemos o deberíamos tener del actual estado de ese arte: ¿Soy hoy día posibles las revoluciones sin una transformación radical de los aparatos mediáticos?

Es perfectamente posible crear riqueza a partir de la conciencia, pero ¿Se podría crear riqueza a partir de una conciencia alienada, de una falsa conciencia? Sin publicidad, otro cuento sería, otra sociedad sería. Hace falta producción material, sí, pero también de contenidos, porque no solo de la materia vive el hombre.
  

@maurogonzag