Palabras clave: Batalla de ideas, política, crítica, transformación, diálogo, innovación, cambio de época, amplitud, bloque histórico, lectura, análisis, verdad, belleza, sueños, liberación.

martes, 9 de agosto de 2016

La bendita ignorancia de Cypher o por qué en la Matrix se vive mejor

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Confieso que desde hace tiempo quería escribir algo sobre The Matrix (1999), la película de los hermanos Wachowski que marcó una pauta en el universo del cine de ciencia ficción. Con los años fui superando prejuicios y me acerqué paulatinamente a la producción. Luego de verla varias veces, despierto mi interés, al adentrarme en el ciberespacio fui encontrando diversas reseñas y análisis interesantes sobre esta cinta protagonizada por Keanu Reeves (Neo), Laurence Fishburne, (Morfeo), Carrie Anne Moss (Trinity), Joe Pantoliano (Cifra) y Hugo Weaving (Agente Smith). Con la lectura de cada texto cobré consciencia del ruido generado; del impacto que había causado y la cantidad de símbolos que encerraba.

Siempre había querido escribir sobre el tema, entre los trabajos formales y otros quehaceres escriturales. Talvez esperaba una excusa, una motivación; un desencadenante, que finalmente llegó.

Diecisiete años después de su estreno, en la segunda mitad de este 2016, me senté a escribir este ensayo motivado por un texto del filósofo Arturo Serrano, extraído de su libro El sueño de la razón produce cine y otros ensayos sobre cine (1), que discurre sobre el tema de los placeres a partir del personaje interpretado por Joe Pantoliano. Entre oráculos, profecías y elegidos, Pantoliano representa la intriga, el escepticismo y la traición. Mientras lo que queda de la humanidad lucha por su derecho a la Paz y a la vida, este personaje decide transar con el agente Smith y reconectarse a la Matrix, el mundo virtual creado por las máquinas para mantener controlada a la humanidad.

Si viste Matrix y alguna vez has tenido la sensación de que vives en algo parecido, o que en este mundo hay algo que no cuadra; si estudiantes filosofía, ciencias sociales o eres conocedor de las teorías de la conspiración; si ya te diste cuenta del poder que tiene nuestra mente; si perteneces a la fauna lectora, si te gusta el cine, estoy seguro que no solo continuarás leyendo esto hasta el final, sino que dejarás un valioso comentario que arrojará más luz sobre este apasionante tema.

*   *   *

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Neo: Esto no es real.

Morpheus: ¿Qué es real?, ¿Cómo defines “real”? Si hablas de lo que puedes sentir, lo que puedes oler, probar y ver, lo “real” son impulsos eléctricos que tu cerebro interpreta.

A estas alturas del siglo XXI puede resultar difícil que alguien que se considere amante del cine, o mejor, del cine de ciencia ficción o, más precisamente, discípulo del género cyberpunk, no haya visto The Matrix (1999). Dirigida por los hermanos Wachowski, esta es una cinta sobre la que se ha escrito mucho, no solo por las innovaciones técnicas que supuso o por el destacado trabajo de los actores que participaron, sino por la abundancia de elementos filosóficos, místico-religiosos y espirituales que contiene. Hoy, la última distopía del siglo XX sigue dando de qué hablar.

Han pasado 17 años y la producción sigue llamando la atención de las nuevas generaciones, aunque también de todos aquellos que si bien la vieron en su momento, no habían reparado en los meta-mensajes de una película que hoy sigue siendo referencia y objeto de análisis para quienes se formaron en la llamada “cultura de la sospecha”, lo cual incluye toda una gama de pensadores y ensayistas que van desde filósofos y cinéfilos comprometidos hasta los más depurados teóricos de la conspiración, que no conspiranoicos.

En esta oportunidad, vamos a centrarnos en el análisis del artículo “Placeres virtuales y placeres reales en The Matrix”, que integra el mencionado libro del investigador y filósofo Arturo Serrano, en el que se ensaya “Una defensa de Cypher”, el personaje “antihéroe” que forma parte de la tripulación de Morfeo, interpretado convincentemente por Joe Pantoliano. Este, si bien forma parte de la resistencia humana frente a las máquinas, representa el cinismo, la intriga; el tipo hastiado de la vida que lleva como miembro de la tripulación del Nabucodonosor, que es una vida de soldado bajo la órdenes de Morfeo, el líder carismático cuyo propósito es encontrar al “elegido” y terminar así con la guerra.

Desde el principio, notamos en Cypher la actitud de quien está cansado de la rutina, de comer cada día la misma sustancia sin sabor; de los discursos místicos de un líder en el cual ha dejado de creer y que al final decide traicionar. Está harto de llevar una vida sin placeres, dedicada a luchar contra las máquinas, sin amor, rechazando el presente y viviendo de las cenizas de viejas noches hedónicas que se perdieron en el tiempo. La liberación de Neo y la llegada de este a la tripulación parecen acelerar la decisión de Cypher de cometer la traición. Al final, el antihéroe llega a un acuerdo con los agentes de la Matrix. A cambio de entregar al hombre que conoce los códigos de Sión (la última ciudad humana) y traicionar así a sus compañeros, los agentes lo conectarían otra vez al mundo interactivo de ilusiones, esta vez con las ventajas de una vida acomodada y sin memoria de su traición.

En la escena donde se concreta la traición, se encuentra en un elegante restaurante de la Matrix con el agente Smith (Weaving), y está degustando un pedazo de carne. Esta es una escena interesante –central para el análisis− dado que está consciente que la carne no existe, y que lo que ocurre es que la gran computadora le está diciendo a su cerebro que está jugosa y deliciosa. “Después de nueve años ¿sabe de qué me he dado cuenta? La ignorancia es una bendición”, dice antes de llevar un trozo de carne virtual a su boca, masticarla y disfrutar de su sabor. Pero, un momento, ¿cómo es eso de disfrutar de la consistencia y el sabor de una pulpa falsa, a pesar que estoy consciente de que esta no existe? He aquí la clave de la defensa que hace Serrano de la decisión de Cifra; una decisión que, siguiendo al filósofo, sería la que tomaría cualquiera de nosotros haciendo abstracción de la situación de la película.

domingo, 24 de julio de 2016

La salud del ser humano en la época de las hiper-aglomeraciones

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Un dato adicional que no podemos soslayar, toda vez que hablamos de la salud de la población habitante de nuestra “nave espacial”, es la cantidad de gente que habitaba el mundo a principios del siglo XX, y el crecimiento de esa cifra a comienzos del siglo XXI. “El hecho de las aglomeraciones” considerado en toda su amplitud y complejidad es, que de poco menos de 1000 millones de habitantes el mundo pasó a albergar más de 7 mil millones. Esto significa la más desbordante aglomeración de personas, lo que es decir de pensamientos, deseos, emociones, frecuencias vibratorias, expectativas y necesidades, que haya existido en la historia de la humanidad, al parecer para su perjuicio y el del propio planeta; un hábitat, una naturaleza, por cierto, que al haber quedado separada del ser humano por la modernidad, fue alienada de nosotros siendo nuestra fuente primordial de vida.

Hablando de populosas masas, mientras publico este texto leo que ha fallecido la madre del terrícola número 7 mil millones Piotr Alexéevich Nikoláev, quien nació el 31 de octubre de 2011. Se trata de la rusa Elena Nikoláeva, quien falleció en Kaliningrado por complicaciones de un cáncer de mama.

Lo más alarmante, como puede ver, es que si se trata de una tendencia, acelerada de forma espeluznante en las últimas tres décadas, la proyección indica que para hoy los diagnósticos deben estar en 500 personas de cada 1000, lo cual nos dice que la mitad de la población tendrá esta enfermedad en algún momento de su vida. Nada alentador ¿cierto? Y tratándose de una realidad verificada, hemos de decir que si bien esto no pretende ser una crítica anti-moderna o pre-moderna, definitivamente pone en evidencia lo que terminó ocurriendo con el mundo en la última transición de siglo; un mundo que para nadie es secreto ha sido dirigido, y en gran medida lo sigue siendo, por un conjunto de ideas que podemos resumir en algunas viejas palabras, aunque parezcan siempre dotadas de un insuperable aire vanguardista, como si siempre representaran lo nuevo: progreso, desarrollo, urbanización, conocimiento experto, orden, industrialización, tecnología, individuo, razón, Estado-nación, capital, mercado, etc.

Pareciera que nadie vio matrix, como lo sugiere el libro de Graziano; aunque, al contrario, todos vimos matrix o todos la estamos viendo; estamos en ella, pero hay resistencia.

García publica su artículo en septiembre de 2014, año que la Organización Mundial de la Salud estimó terminaría con 20 millones de personas padeciendo cáncer, lo cual significa un incremento abismal de los enfermos que, sin embargo, no inmuta a las organizaciones mundiales ni a las universidades. Así como el economista Walter Graziano, en las primeras páginas de su obra Hitler Ganó la Guerra, se preguntó por qué si el economista −premio Nobel cuya vida fue llevada al cine en Una mente brillante (2001)− John Nash demostró matemáticamente que la teoría económica clásica de Adam Smith estaba errada, esta seguía siendo la base fundamental de las ciencias económicas y de su enseñanza en las principales universidades del mundo, García deja en el aire la inquietud sobre la ausencia de reflexión y cambio por parte de los responsables mundiales de la sanidad mundial, institucionales y académicos, quienes “siguen buscando en el mismo callejón sin salida de la medicina sintomática y biologicista.”

Esto sigue...

miércoles, 20 de julio de 2016

"El cáncer, la guerra oculta": ¿qué pasó en las últimas décadas del siglo XX?

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Para continuar esbozando el actual panorama sanitario y darle curso a la incursión en eso que realmente somos, pasamos al comentario del artículo de @AngelCuantico publicado en septiembre de 2014, intitulado “El cáncer: la guerra oculta”, que contiene las ideas clave del paradigma emergente y la crítica del predominante. Veamos en esta parte, cómo se ha comportado la enfermedad desde 1800 hasta nuestros días

 El texto comienza con una estadística general sobre la enfermedad que parte del año 1800 hasta la actualidad. En este año, período en el que América entera, en particular la América que había sido española, entraba en un largo proceso político y militar que terminaría por lograr su independencia del reino de España, por cada 1000 personas se le diagnosticaba cáncer a 50. El contexto europeo en esta transición de siglo no era menos convulso. El llamado “viejo continente” había atravesado diversos procesos desde que el navegante genovés, en su viaje al oriente se topara con una isla del mar Caribe. Esto ocurrió finalizando el Quattrocento, que había sido el siglo del gran movimiento o explosión cultural conocido como el Renacimiento, el cual marcaba una ruptura con la época anterior, etiquetada como “edad media” por la nueva historiografía moderna. Después de este gran movimiento se suscitó la Reforma protestante, la oposición a esta y las consiguientes guerras religiosas, la llamada Ilustración; la primera Revolución industrial y el terremoto político de la Revolución francesa.

Para 1800, habían ocurrido los primeros alzamientos contra el régimen español en las Américas; los negros de Haití se habían alzado como la primera nación independiente de América Latina, y en Europa el terror de Robespierre y la sacudida provocada por la rebelión burguesa y antimonárquica preparaban el terreno para el advenimiento de Napoleón Bonaparte. El imperio español entraba en decadencia frente al poderío inglés, quienes se convertirían en el imperio expansivo mundial hasta mediados del siglo XX. Recordamos el contexto porque fue justo en este período donde se consolidó la visión de mundo estandarte de la modernidad; donde nacería el mito del progreso indetenible de la ciencia y la técnica; donde se configurarían la clásica dualidad de la modernidad: civilización-barbarie; donde se daría inicio al proceso de división espacio-temporal, división intelectual del saber y división del trabajo que se convertirían en el nuevo Zeitgeist de la época. La ciencia positiva y la técnica cobraban cada vez más preeminencia, y la visión mecanicista del universo heredada de Newton impregnaría con todos sus engranajes cada vez más aspectos de la vida del ser humano.

Para 1900, por cada 1000 personas se le diagnosticaba cáncer a 60. La cifra se había incrementado en 10 personas, lo cual no parece un gran incremento si consideramos que transcurrió la apreciable cantidad de tiempo de 100 años. Sin embargo, lo que ocurriría en la venidera centuria con los diagnósticos marcarían una tendencia que es la que sigue dominando en la actualidad. Para 1980 ya eran 80 las personas diagnosticadas por cada millar. El incremento había sido de 20 seres, el doble en comparación al período anterior, y para ilustrar lo que ocurrió a partir de 1980, cito al Dr. García: “… en los próximos 20 años algo pasó en el mundo que esa cifra creció alarmante y groseramente. Para el año 2000, en los comienzos del siglo XXI, de cada 1000 personas ya se le diagnosticaba cáncer a alrededor de 350, en sólo 20 años la cantidad de personas que enferman de patologías oncológicas se cuadruplicó”.

¿Qué fue lo que pasó? ... 

jueves, 7 de julio de 2016

El tesoro de la salud: información, esperanzas y nuevos paradigmas

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Con todo, hay razones para ser optimistas. La época que despunta para la humanidad luce compleja y desafiante. Distintas “verdades incómodas” se están difundiendo o están viendo cada vez más luz gracias a gente valiente que consagra cada día de su vida a formarse y a decir estas verdades incómodas; y gracias a la Internet, hoy la más inconmensurable fuente de información de la humanidad. Es cierto que la red sirve para muchas cosas, pero nos permite acceder a información valiosa que antes ni soñábamos en conocer. Tanto así es, que ahora tenemos la capacidad de transformar esta superabundancia de datos en conocimiento útil para expandir la conciencia sobre nosotros mismos, siempre con el propósito de vivir una vida plena de abundancia, bienestar y significado. Convertir la información en conocimiento, y este en una propuesta organizada para crecer, en todos los sentidos, hoy es factible en medio de la confusión y las trampas que tienden las narrativas basadas en una realidad mutilada o parcial.

Uno de los nuevos caminos que se abre para la humanidad en esta era que despunta, es la de conocer las posibilidades para nuestra salud, crecimiento y expansión como seres humanos que ofrece el nuevo paradigma científico −que no es en realidad tan nuevo sino poco rentable−; un modelo, enfoque o visión que tiene mucho que aportar a nuestra vida, y en particular al tratamiento de una enfermedad como el cáncer que, como dice el Dr. Ángel García, “no mata; mata son otras cosas.

Entre los gurús que mencioné al principio que vienen arrojando luz sobre este tema tan importante para nuestra vida está el Dr. Ángel García. Este ser de luz, médico traumatólogo de profesión, lleva alrededor de quince años desarrollando lo que ha denominado la “Medicina de la Conciencia”, investigando y profundizando particularmente en el tratamiento del cáncer desde las posibilidades abiertas por la física cuántica. La propuesta de García consiste en un replanteamiento del abordaje de la enfermedad, un nuevo enfoque que parte, entre otras cosas, del hecho incontestable de que el ser humano es mucho más que un cuerpo y una mente; más que una maquinaria dirigida por un órgano complejo situado en la cabeza que llamado cerebro. Una de sus publicaciones clave sobre esta visión que puede consultar, se llama Sanar el alma, curar al cuerpo. Cómo sobrevivir al cáncer. No obstante, para continuar dibujando el actual panorama sanitario y continuar la incursión en eso que realmente somos, comentaremos un artículo de García publicado en septiembre de 2014, intitulado “El cáncer: la guerra oculta”, que por decirlo así, contiene las ideas clave de esta visión y la crítica de la predominante, comenzando por los respectivos datos diagnósticos.

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domingo, 3 de julio de 2016

La política y la salud: conceptos, paradigmas y palabras en lucha

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La propuesta del presidente uruguayo suena muy profesional y completa. Al escucharla, o al leerla, no pareciera quedar nada por fuera; sin embargo, cada uno de los planteamientos, cada una de las palabras puede significar algo distinto dependiendo de la visión que esté detrás, del sustento científico, del paradigma que este en la base. Por ejemplo, “promover educación” qué significa hoy día exactamente, ¿inclusión en el sistema de instrucción predominante hoy?; ¿de qué hablamos cuando hablamos de diagnóstico a tiempo, tratamiento y rehabilitación?

    Mejor aún, ¿de qué hablamos cuando hablamos de estrategias sistémicas para batir la pobreza y generar inclusión social?, ¿se trata acaso de una propuesta socialista? Solo esta parte de la propuesta de Tabaré nos llevaría de nuevo a los eternos debates teóricos capitalismo vs. socialismo o, más recientemente, pachamamismo vs. extractivismo; habría que decir que la gente sigue enfermando y falleciendo, por lo que más bien parece que habría que empezar a pensar “fuera de la caja”, superando los condicionamientos históricos de un debate contaminado al extremo de propaganda, etiquetas históricas y destructivas luchas por el poder. Y entre la propaganda y la lucha política, todo con los medios de comunicación en el centro del proceso, quien ha resultado más afectada es la salud de la población.

    Batir la pobreza y generar inclusión social debería ser la prioridad para cualquier gobierno de cualquier signo. El gran reto sería hacerlo con un propósito que vaya más allá de los intereses políticos y con una visión a largo plazo. Esto significa practicar una verdadera co-responsabilidad en los procesos de inclusión. El problema, a fin de cuentas, es el de los sistemas y espectros políticos. El signo de los gobiernos del futuro, en el corto-mediano plazo, deberá situarse en un lugar distinto a los que ofrece el espectro tradicional que va desde el extremo derecho al extremo izquierdo. Deberá estar ubicado en el lugar de la amplitud y la diversidad, en el lugar de la gente; en el lugar del pueblo, en un sentido amplio; en el propósito de elevar la conciencia, que no es condicionar las mentes. Porque recordemos, en Occidente la gente está enferma, la gente está muriendo.

Más allá de las palabras, de la elegancia, del performance de nuestra sociedad tecno-científica, hay un diagnóstico nada alentador; nos invade la sensación poderosa de que algo equivocado debemos estar haciendo para haber llegado a esta situación. Y lo peor de todo es que no parecemos estar en capacidad de romper con lo que tenemos que romper para cortar las proyecciones nefastas que se vislumbran para 2030. Es como si nos hubiéramos montado en un tren hipersónico intercontinental, maravilloso y ultramoderno, en el cual la pasamos muy bien y desde cuyas ventanas podemos ver paisajes increíbles, para luego darnos cuenta que no podemos bajarnos y que nuestro destino es una aparatosa colisión; la muerte, pues.

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martes, 28 de junio de 2016

La salud del ser humano y la verdad incómoda del cáncer

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Con una sutileza admirable, Vázquez trasladó la gravedad del cáncer como enfermedad a sus implicaciones crematísticas, preguntándose cuánto de este dinero no podría invertirse, envés de en tratamientos, en políticas sociales orientadas a fomentar la calidad de vida en la gente. Y es que, cualquiera que se acerque al tema y verifique las cifras de su país respectivo, sobre todo si vive en América Latina o en cualquier otro país de Occidente, podrá darse cuenta que la preocupación del presidente, la vehemencia con la que habló, es producto de una realidad que ya es inocultable: a pesar del ingente gasto −son $4.500 millones−, los diagnósticos y las muertes siguen aumentando. Es decir, todo ese dinero no está salvando las vidas de la gente enferma de cáncer, una realidad que pudiera llevarnos a decir que esos miles de millones están cayendo en saco roto. Pero no es así; ese dinero ingresa en las cuentas de quienes proveen las formas predominantes de diagnóstico y tratamiento de la enfermedad. De ahí, que el presidente haya dicho:

Puede resultar antipático mencionar este aspecto, pero es parte de una realidad incómoda que hay que transformar

    Sí, puede resultar antipático hablar de una realidad incómoda como la de una industria millonaria que se alimenta del sufrimiento y la muerte de gente que contrajo una enfermedad perfectamente prevenible y que, de paso, no mata. Esta realidad alude una problemática que nos sacaría de nuestro tema central, por lo que invitamos a los lectores a profundizar en un tema sobre el cual hay abundante información, entre documentales, estudios, informes, reportajes, que pueden encontrarse en la Red. Advierte Tabaré que de no tomarse medidas inmediatas, para el año 2030 un millón de latinoamericanos morirán anualmente, solo de cáncer; y 7 millones más en el mundo verán finalizada su vida por una enfermedad que “es previsible y que diagnosticada a tiempo y tratada adecuadamente, es curable.

El cáncer en el mundo va a matar por año más personas de las que mató la Segunda Guerra Mundial

Vázquez, visiblemente alarmado, enfatizó que había que tomar conciencia de lo que ya puede considerarse una “brutal pandemia” que estamos sufriendo; una pandemia como nunca antes la humanidad conoció. Una pandemia, agrego, nunca antes conocida por la humanidad porque esta no ha despertado o no ha tenido el valor de encarar esta realidad en toda su grandilocuente perversión.

¿Qué propone Tabaré Vazquez?

Cito, tal como lo planteó el presidente: “Para enfrentar y revertir la creciente morbilidad y mortalidad del cáncer y otras enfermedades no transmisibles es imprescindible adoptar decisiones y posiciones políticas e instrumentar estrategias sistémicas para batir la pobreza, para generar inclusión social, para promover educación, para impulsar hábitos de vida saludables; fortalecer sistemas de salud integrados que incluyan programas nacionales para la prevención primaria, detección temprana, diagnóstico a tiempo, tratamiento, rehabilitación y seguimiento a largo plazo de estas enfermedades."

Como ya veremos, estas son propuestas generales que sin duda son importantes y necesarias en un primer abordaje, pero que se enmarcan en el viejo paradigma; la vieja visión sobre la salud. La cosa no es tan sencilla. Ahora bien, lo que en Occidente llamamos el "nuevo paradigma", es algo que en el Oriente sabe desde hace mucho, mucho tiempo. El nuevo paradigma, en las sociedades post-modernidad de la segunda década del siglo XXI, es la vieja sabiduría, los viejos conocimientos ancestrales, presentes también en nuestro continente en tradiciones como la maya, quechua y aymara, pero en nuevas circunstancias.

Veamos...

miércoles, 22 de junio de 2016

La salud del ser humano en este "manicomio administrado por sus pacientes"

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Lo que está pasando con la salud de la gente, con la salud del ser humano como un todo, no parece estar hablando muy bien de nosotros; particularmente de nosotros los occidentales, incluyendo a los que fuimos occidentalizados a la fuerza por razones históricas ya conocidas. Para ser personas formadas alrededor de la idea de razón; para ser "animales políticos" "racionales" que no solo distinguen entre el placer y el dolor sino entre lo justo y lo injusto, no nos está yendo muy bien que digamos.

Durante el pasado siglo tuvieron lugar guerras civiles y mundiales de una magnitud, crueldad y poder de exterminio sin precedente en el mundo. Estas dieron unos cuantos golpes duros a la Fe que el hombre (sí, esta vez solo podemos hablar del sexo masculino) hasta el momento había profesado, con pasión desenfrenada y ciega, a la razón. Tanto así fue que surgieron movimientos y corrientes de pensamiento que empezaron a cuestionar (desde la razón), a la razón misma. Desde la crítica a la razón instrumental de los teóricos de la Escuela de Frankfurt hasta eso que se dio en llamar posmodernidad, definivamente algo no estaba bien en medio de tanta ciencia y tanta técnica. Se había creado un monstruo peligroso que se tornaba incontrolable y que ponía en el ojo de la tormenta el viejo tema de la naturaleza humana.

Se trataba otra vez de un baño caliente de modernidad pura; del triunfo de Maquiavelo, Hobbes, el pensamiento cristiano, y en general de todas las corrientes y propuestas que nos definieron ante todo como seres malvados por naturaleza, indistintamente de los contextos íntimos, sociales y atmosféricos. Así, en la película El abogado del diablo (1997), Al Pacino (el diablo), durante el clímax de las revelaciones, le dice a su confundido y atormentado hijo (Keanu Revees) que no podía haber duda de que el siglo XX había sido todo suyo. Viéndolo así, hasta suena convincente. Hacemos estas reflexiones sobre la razón, porque lo que está pasando con la salud del ser humano Hoy, no es para nada razonable. Perdón, sí lo es. Sí, se trata de algo perfectamente razonable, como ya veremos. Aquí, pues, la segunda entrega.

***

Los llamados al ser humano a cambiar su estilo de vida, su mentalidad, su manera de producir y reproducir la vida, se vienen presentando de forma silenciosa pero contundente en las cifras que arrojan respetados entes multilaterales como la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre otras instituciones. Hemos visto también, como en algunos programas de entrevistas en radio o televisión, en la sección de salud de algún noticiero o en las reflexiones de algunos coachs, motivadores, astrólogos, yoghis, psicólogos y gurús de diverso tipo, surge constantemente el tema sobre el sufrimiento del ser humano contemporáneo, y consecuentemente la importancia de expandir la consciencia sobre esas actitudes y hábitos que amenazan o impiden nuestro bienestar y, más importante aún, todo aquello relacionado con nuestras capacidades, con nuestro poder.

Alguien pudiera decir que estos gurús siempre han existido; que en la vida los problemas de salud siempre han estado ahí y que, en ultima instancia, hay que preocuparse por cosas más importantes como estudiar y trabajar duro para conseguir todo aquello sin lo cual, de acuerdo a lo que nos dijeron, difícilmente podamos alcanzar la felicidad. Y si sobreviene la enfermedad, pues ahí están los hospitales y las clínicas con sus médicos que estudiaron bastante en la universidad para salvar nuestro pellejo cuando, por razones que aceptamos como normales, empezamos a padecer de alguna enfermedad crónica que amenaza nuestra vida. Después de todo, estamos “asegurados” o tenemos “acceso” a la salud. Pero esta vez, en sintonía con un agravamiento sin precedente de la salud mundial y, en sintonía con una singular y emergente toma de conciencia sobre lo que hemos estado haciendo con nosotros mismos como humanidad, como especie, el llamado se produjo desde el púlpito de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

El mundo se parece demasiado a un manicomio administrado por sus propios pacientes

Fue a finales de septiembre de 2015, en el contexto de la 70° Asamblea General de la ONU, cuando el presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, en su condición de médico oncólogo, se refirió al tema de la salud mundial en forma directa y dramática, dejando las esquirlas de la bomba que soltó flotando en la conciencia de los presentes y de todos aquellos que lo escucharon. No obstante, la cita de arriba fue tomada de su discurso, ya tocando su final, como para que no quedara duda del carácter de su crítica cultural. ¿Qué hemos hecho, y que estamos haciendo como sociedades modernas formadas por seres “sapientes” que habitan el mundo de la segunda década del siglo XXI? Con todo y la importancia de lo que dijo, de la elocuencia de los números presentados, medios como TeleSur y muchos otros prefirieron destacar de su intervención −seguramente por su perfil− que pidió el cese del bloqueo a Cuba y que manifestó su apoyo al proceso de paz en Colombia.

Ahorrándonos el preámbulo de su discurso, donde deja claro lo que la salud pública significa para cualquier gobernante, empecemos por su diagnóstico de la situación, el cual expresó con la siguiente frase: “enfrentamos una realidad preocupante e inexcusable a nivel de todo el planeta tierra”. A continuación, Vázquez dio sustento a su afirmación. Según recientes estudios e informes de la OMS, la carga mundial de morbilidad está pasando de las enfermedades infecciosas, de las enfermedades agudas, a las enfermedades crónicas no transmisibles. Las afecciones crónicas como las cardiopatías y los accidentes cerebro vasculares, destacó Vázquez, son las principales causas de muerte en todo el mundo. A estas afecciones se suman otras enfermedades no transmisibles vinculadas sobre todo al estilo de vida que hemos tenido y profundizado en nuestras sociedades de hoy.

Estamos hablando de que entre el 60 y el 70% de la morbi-mortalidad en el mundo, se debe a enfermedades crónicas no transmisibles como las cardiovasculares ya mencionadas, a las que se suma el cáncer, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica y la diabetes, entre las de mayor incidencia. Por razones de peso, el presidente se detuvo en el cáncer. Esta enfermedad le cuesta a Latinoamérica 4.500 millones de dólares por año, cifra alimentada por lo costos directos como consultas, estudios, diagnósticos, tratamientos, medicamentos, internado, cuidados, paliativos; e indirectos como gastos en traslados y alojamiento, pérdida de productividad, etc.

Continúa...

domingo, 19 de junio de 2016

La salud del ser humano en la transición hacia una nueva era

Por Amaury González V.*

El artículo que presento hoy a los lectores es la introducción a un texto que pretende abordar el tema de la salud del ser humano, ese que hemos llamado “homo sapiens”, desde una perspectiva integral. Esto quiere decir que hoy, bien entrado el siglo XXI y con la información que se ha socializado, gran parte de ella disponible en la Red, es posible −y necesario− abordar un tema tan importante y esencial para nuestra vida desde el ángulo biológico, pero también el psicológico, social, mental y espiritual.

Como todos los temas trascendentes, este reviste de una complejidad que nos llama a relacionar las cosas para poder verlas como en realidad son. Y relacionar las cosas, en primer lugar, significa que tenemos que definir lo mejor posible eso que somos. La respuesta a la pregunta “¿qué somos?” nos dará la base necesaria que nos permitirá discurrir sobre nuestra salud, y sobre esa base formarnos un criterio para poder evaluar nuestro estado de salud como sociedad y, sobre todo, descubrir el potencial especial que tenemos como unidad. Porque eso es lo que somos, una unidad biológica, psicológica y social.

Así lo aprendemos en la universidad cuando se presenta el debate mente vs. cuerpo, luego de lo cual, para quienes hemos estudiado ciencias sociales, agregamos el ser social, destacando nuestra indiscutible naturaleza gregaria sin la cual no podríamos definirnos como especie. Y si bien esta parece ser una definición completa de lo que somos, hoy está claro que no podemos hablar de hombre o mujer sin agregar a la definición el factor mental y espiritual. De alguna forma, estos aspectos están presentes en la mencionada tríada de lo bio-psico-social; sin embargo, creemos que no lo han estado como deberían, o no se ha tomado consciencia de su omni-presencia, en razón del predominio de paradigmas científicos que hoy bien pueden considerarse que están de salida.

Al definirnos y comprendernos como una unidad bio-psico-socio-espiritual, podemos decir que ya tenemos una base sólida de la cual partir para poder diagnosticar mejor los padecimientos de los hombres y mujeres de este mundo y, por tanto, definir no solo la mejor terapia sino dar con aquellas claves que nos permitirán transformar nuestro estilo de vida o, la forma de ver nuestro tránsito por el mundo. Y si me apuran un poco, desde ya podemos darle preeminencia a nuestro aspecto espiritual definiéndonos en primer lugar como seres espirituales; cuerpos energéticos-luminosos, dotados de facultades intelectuales, viviendo en un cuerpo físico.

Pero, ¿hay razones que nos muevan a cambiar nuestro estilo de vida?, ¿es acaso nuestra forma de vivir la mejor de las formas posibles? ¿Es que la propuesta de cambiar nuestro modo de vivir es una cuestión de moda, de una nueva new age? Pues no. Muy lejos de eso. Si hubo algo que me motivó a escribir este artículo, después de muchas lecturas y aprendizajes durante los últimos años, es un hecho constatable y pasmosamente verificable: la gente está muriendo.

Sí, la gente muere o está viviendo para morir. Es verdad que todos morimos; que todos moriremos algún día. Talvez, esta fue la realidad que quiso señalar Borges cuando dijo que “Morir es una costumbre que suele tener la gente”. Mucha gente fallece luego de una larga vida, por causas naturales. La gente también muere en las guerras y en todas las formas de violencia criminal relacionadas con desigualdades, injusticias, las drogas y las armas; pero eso sería materia de otro artículo. Lo que me interesa destacar aquí, es que la gente está muriendo de enfermedades que pudieran evitarse o prolongando una vida de enfermedad y sufrimiento. En primer lugar, echemos un vistazo al panorama y cobremos consciencia del estado de la cuestión.

Continúa...

*Este artículo, el primero de una serie donde abordaremos el tema referido en el titulo, marca el comienzo de la nueva etapa de Ágora Caracas, haciendo honor a la descripción planteada en el encabezado, que concibe este espacio como un aporte para la expansión de la conciencia; un tema amplio que considero más pertinente y necesario para la nueva época que se abre para la humanidad. Sobre esto, nos iremos explicando. Y como siempre, bienvenidos tus comentarios y reflexiones.

sábado, 5 de marzo de 2016

Ryszard Kapuscinski: Guevara y Allende

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A propósito del aniversario del nacimiento del reputado perodista, poeta y escritor polaco, y en ocasión de los tres años desde la desaparición física del gran Hugo Chávez, iniciador de la primavera política latinoamericana del siglo XXI, dejo este artículo que, a partir de la comparación entre el Che Guevara y Salvador Allende, dos íconos de la revolución latinoamericana, ofrece inestimables reflexiones sobre lo que significa -o significó- la izquierda política en la región.

* * *

En el curso de un encuentro con los lectores, alguien del público me pide que compare la figura de Allende con la del Che Guevara y diga cuál de los dos tenía razón.

La pregunta encierra la opinión de que sólo uno de ellos podía tener razón, y el público espera a que yo escoja entre los caminos elegidos por Ernesto Guevara y por Salvador Allende.

En un determinado momento de su vida, Guevara abandona el despacho del ministro y su mesa de trabajo para marcharse a Bolivia, donde organiza un destacamento de guerrilla. Muere siendo el comandante de ese destacamento.

Allende, al contrario, muere defendiendo su mesa de trabajo, su despacho de presidente, del cual sólo lo sacarían –como siempre había dicho– en un traje de madera.

Aparentemente, pues, se trata de dos muertes muy diferentes, pero en realidad esa diferencia no estriba más que en el lugar, el tiempo y las circunstancias. Tanto Allende como Guevara sacrifican su vida por el poder del pueblo. El primero defendiéndolo, el segundo luchando por conseguirlo. La mesa de Allende sólo es un símbolo, al igual que lo son las botas de campesino que calza Guevara.

Hasta el último momento los dos están convencidos de haber elegido el más justo y acertado de los caminos. Para Guevara, es el de la acción armada. Y se sabe que ésta no puede saldarse sin víctimas. Para Allende, es el camino de la lucha política. Él quiere evitar víctimas cueste lo que cueste.

Los dos eran médicos. Guevara, cirujano; Allende, internista. ¿Influyó tal cosa en sus actitudes? Al elegir una profesión, la persona se guía por una serie de motivos psicológicos. Indudablemente, pero ¿también fue así en este caso? No lo sé. Los tiros que acaban con la vida de Guevara y de Allende no se disparan desde un escondite. Los dos aceptan su muerte conscientemente, a sabiendas de que llega. Cada uno de ellos puede salvarse, tiene su oportunidad, tiene tiempo. Entre la captura de Guevara herido y su ejecución transcurren veinte horas. El coronel Zenteno le promete que conservará la vida si consiente en comparecer ante un tribunal como acusado. Guevara rechaza la propuesta. Maniatado, permanece sentado en el suelo de tierra de la escuela rural de Higueras y calla, se niega a hablar. Le duele el muslo abierto por el balazo, le duelen los forúnculos, le asfixia el asma. Quizá ni siquiera se da cuenta del momento en que en la ventana aparece un sargento que aprieta el gatillo de su metralleta.

Allende dispone de ocho horas. Por la mañana se entera de que hay un avión esperándolo, que puede ir donde quiera, a condición de que dimita, de que abandone su puesto. Pero no lo hará. Todavía ayer era un señor mayor, de rostro cansado y preocupado, ya grave , ya bonachón, vestido siempre con sofisticada elegancia. Hoy rebosa en nuevas energías, en una fuerza y una vitalidad que asombra a todo el mundo: dispara, dicta órdenes, lidera su última batalla. Pasan las horas. A su alrededor hay muertos y heridos. También él está herido. Pero el pulso sigue firme, la metralleta no falla la diana. El ejército irrumpe en el Palacio. En uno de los salones, en medio del humo, el polvo y el olor a quemado, seguirá disparando hasta el final un hombre bajo, aunque robusto, cumplidos con creces los sesenta, con casco de minero y jersey de cuello alto: el presidente de la república.

En la manera en que mueren Guevara y Allende hay una implacable determinación, una inexorabilidad conscientemente escogida, una tremenda dignidad. En esas últimas horas, todo lo que podría llevar a la salvación queda rechazado: regateos, tejemanejes, compromisos, rendición o huida. El camino, ya despejado y recto, no lleva sino a la muerte.

Tanto una como otra, sus muertes son un lance de honor, un desafío. Un deseo de manifestar públicamente la justicia de sus convicciones y una disposición, más allá de toda vacilación, a pagar por ellas el máximo precio. Me veo obligado a irme, pero no me voy del todo, no por completo, no para siempre. Se tienen que ir: esto lo saben los dos, llevan tiempo preparándose para ello. Guevara se despide de Fidel, de sus padres y de sus hijos en unas cartas escritas meses atrás. Allende empieza su último y trágico día despidiéndose de sus hijas y, en un discurso radiado, del pueblo. A partir de entonces los dos se quedarán a solas con el destino, rodeados por un puñado de hombres que los seguirán hasta el final. Seguir hasta el final: ésta será la idea que los acompañará durante el resto de las horas que les quedan. Hasta el final actúan, no tienen tiempo, están ocupados en sus cometidos.

Los dos caen en plena marcha.

Sus muertes: tan parecidas; sus vidas: tan diferentes.

Dos personalidades antitéticas, dos temperamentos diametralmente opuestos.

Siendo un muchacho, Guevara viaja por el Amazonas en una balsa, quiere atravesar toda América Latina en bicicleta. Va a Bolivia por mor de una revolución, va a Guatemala por mor de una revolución, finalmente llega a México, que, tiempo atrás, también había sido escenario de una revolución. Allí conoce a Fidel Castro y juntos organizan el desembarco guerrillero en Cuba. Al alcanzar la costa caen en una emboscada. Es el 2 de diciembre de 1956. De los ochenta y dos milicianos sólo una docena queda con vida. Ni siquiera todos van armados con un fusil. Guevara está herido. Y aquella docena de hombres empieza la mayor epopeya de la historia reciente de América Latina.

La naturaleza inquieta de Guevara no para de empujarlo hacia delante, pero la suya es una inquietud dirigida, su energía se concentra en la causa revolucionaria.

Toda su vida es una constante búsqueda de un campo de batalla.

Nacido en 1928, muere a los treinta y nueve años. Pertenece a esa generación de jóvenes latinoamericanos que, tras levantarse en armas, en los años cincuenta se alzan con su primera y maravillosa victoria. A partir de ella se creerán que la historia enseguida, y siempre, se pone del lado de las causas más nobles. Muchos han pagado por esa fe con sus propias vidas. Estaban convencidos de que las masas no hacían sino esperar una señal, de que el barril estaba lleno de pólvora y de que bastaba con una sola chispa. Y, según ellos, esa chispa no era otra cosa que un destacamento de guerrilleros entregados a la causa, dispuestos a todo. Poco a poco se les unirían voluntarios y el destacamento se convertiría en un ejército popular que tomaría el poder y haría la revolución.

Guevara crea un destacamento así en Bolivia y empieza a combatir. Espera la llegada de voluntarios, sobre todo campesinos. Pero los campesinos no se le unen. Un campesino apellidado Rojas denuncia, condenándolos a la muerte, a trece hombres del destacamento de Guevara. El oficial del ejército le paga por ello cinco dólares, a los que añade una barra de chocolate. En su Diario, Guevara menciona a cada momento lo difícil que le resulta entenderse con los campesinos. Pero no es de extrañar. Él proviene de una familia burguesa argentina, es blanco y habla en español. En cambio el campesino al que espera es indio, sólo habla quechua y desconfía de los blancos, que lo han explotado durante siglos. Ese campesino de la desértica y olvidada provincia boliviana –que está tan alejada de la civilización moderna como la luna de la Tierra– no quiere luchar contra la corrupta dictadura del presidente Barrientos, porque ha oído decir que hace algún tiempo dicho presidente se presentó en una aldea y regaló a todo el mundo un par de zapatos. Los zapatos son el gran sueño de los campesinos. ¿Qué les pueden ofrecer los guerrilleros?

Además, los guerrilleros han llegado de la ciudad o de otros países. En cambio los soldados que los combaten son chicos de las aldeas vecinas. Indios que hablan quechua. Cierto que los oficiales son hombres blancos y han recibido instrucción en academias norteamericanas. Pero el ranger raso es hijo de campesinos, nacido y criado en sus mismos pagos. En ese territorio desértico, yermo y pedregoso en el que los guerrilleros se pierden a cada momento y nunca están seguros de si van en la buena dirección, los soldados se sienten como el pez en el agua. Conocen cada piedra, cada quebrada. Allí habían jugado de niños, por aquel sendero iban a buscar agua.

Alrededor del destacamento de Guevara se estrecha el cerco de la muerte. Hambrientos y exhaustos, los hombres libran una batalla desigual en la que quedan derrotados. Es soleado y muy caluroso el último día del Che.

La vida de Salvador Allende discurre por otra vía. Aunque también entregada a la causa, es una vida ordenada, regular, sin sacudidas. A sus veintinueve años, Ernesto Guevara lidera el frente guerrillero en Sierra Maestra, tiene el brazo en cabestrillo y ha burlado la muerte en más de una ocasión. A sus veintinueve años, Salvador Allende se convierte en diputado al Parlamento y los amigos le auguran una carrera vertiginosa. Tiene treinta y un años cuando se hace cargo de la cartera de ministro de la Salud en el gobierno del radical Aguirre Cerda. Ingresa en una logia masónica. Funda el partido socialista. En 1945 es senador. Cuatro veces es candidato a la presidencia de la república: en 1953, 1958, 1964 y 1970. En veinte años es el único candidato de la izquierda a este cargo. Toda la vida de Allende transcurre en Santiago, en el Parlamento, o en las provincias chilenas, adonde lo llevan sus largas campañas electorales. El Parlamento de Chile: un edificio gris y feo, situado en el centro de la ciudad, calle de la Catedral. Aquí tiene Allende su despacho de senador. Estanterías desde el suelo hasta el techo, y en ellas, docenas de volúmenes de leyes y enmiendas a esas leyes, mil veces estu-diadas, corregidas y aumentadas. En este edificio, Allende trabaja y lucha treinta y tres años, primero como diputado, después como senador. El edificio forma su mentalidad legalista, su perfecto dominio del derecho, de la constitución, de la ley. De todos modos, la izquierda chilena siempre ha sido una acérrima defensora de la Constitución y del Parlamento burgueses. Sólo aparentemente es una paradoja. La Constitución y el Parlamento garantizaban a la izquierda la libertad de actuar dentro de la legalidad, le brindaban la posibilidad de llevar su lucha política abiertamente. En 1969, durante el mandato del presidente Frei, el general Roberto Viaux quiso dar un golpe de Estado y clausurar el Parlamento. Fue precisamente la izquierda la que lo salvó, la que salvó ese mismo Parlamento que durante el mandato presidencial de Allende se convertirá en el principal centro de oposición, provocación y sedición. Pero Allende, que durante toda su vida ha construido la autoridad del Parlamento, una vez jurado el cargo de presidente, no lo disolverá aun a precio de perder el poder y la vida.

A menudo se oye la pregunta de por qué Allende no armó al pueblo y no empezó una guerra civil.

Distribuir armas a gran escala era imposible, porque en Chile el servicio de espionaje interno está en manos del ejército, el cual se habría enterado enseguida de cualquier traslado de partidas de armamento, de la formación de destacamentos populares, de su instrucción, etcétera. Tal cosa sólo habría acelerado el golpe. Además, Allende sabía que se trataba de un ejército moderno, con enorme potencia de fuego y que llamar a luchar contra semejante fuerza a un pueblo mal armado habría supuesto cientos de miles de víctimas, el derramamiento de sangre de la mitad de la nación.

En su rechazo a la guerra civil Allende también se guía por un importante principio moral. Cuando tomaba posesión de su cargo, él, el primer presidente popular de Chile, juró respetar la constitución. Y la constitución obliga al presidente a hacer todo lo posible para evitar el estallido de una guerra civil.

Allende desea preservar la honestidad ética.

De la misma manera se comporta Guevara.

Su destacamento no para de capturar prisioneros, soldados rasos y oficiales, a los que suelta enseguida. Desde el punto de vista militar, comete un grave error: los prisioneros no tardan en informar del lugar en que se encuentra el destacamento, del número de sus miembros y de su armamento. Pero Guevara no fusila a ninguno. Estáis libres, les dice; nosotros, los revolucionarios, somos personas moralmente honestas, no vamos a ensañarnos con un adversario desarmado.

Este principio de honestidad moral es un rasgo característico de la izquierda latinoamericana. También es causa de sus frecuentes derrotas en la política y en la lucha. Pero hay que intentar entender su situación. Todo joven latinoamericano crece rodeado de un mundo corrupto. Es el mundo de una política hecha por y para el dinero, de la demagogia desenfrenada, del asesinato y el terror policial, de una plutocracia implacable y derrochadora, de una burguesía ávida de todo, de explotadores cínicos, de arribistas vacuos y depravados, de muchachas empujadas a cambiar fácilmente de hombre. El joven revolucionario rechaza ese mundo, desea destruirlo, y antes de que sea capaz de hacerlo, quiere contraponerle un mundo diferente, puro y honrado, quiere contraponerle a sí mismo.

En la rebeldía de la izquierda latinoamericana siempre está presente ese factor de purificación moral, un sentimiento de superioridad ética, una preocupación por mantener esa superioridad frente al adversario. Perderé, me matarán, pero jamás nadie podrá decir de mí que he roto las reglas del juego, que he traicionado, que he fallado, que tenía las manos sucias.

Tanto Guevara como Allende son los mejores exponentes de esta actitud, que es toda una escuela de pensamiento. La pregunta importante es: ¿su trayectoria revela un intento consciente de crear un modelo para generaciones futuras que tal vez vivirán en ese mundo por el que ellos luchan y mueren?

¿Acaso se puede responder a la pregunta de cuál de ellos tenía razón? La tenían los dos. Actuaron en circunstancias diferentes, pero el objetivo de sus actuaciones era el mismo. ¿Cometieron errores? Eran seres humanos, ésta es la respuesta. Los dos han escrito el primer capítulo de la historia revolucionaria de América Latina, de esa historia que apenas está en sus inicios y de la que no sabemos cómo evolucionará.

Publicado en LaJornada el 17 de febrero de 2010

jueves, 14 de enero de 2016

El "Por ahora" de Víctor Hugo Morales

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A las 6pm la mitad de la Plaza de Mayo estaba llena de activistas y militantes, y de mucha gente sin partido, en su mayoría mujeres de mediana edad con aspecto de profesionales. Las 3 calles adyacentes también estaban repletas. Un estimado podría sumar unas 50 mil personas, la mayoría embanderada dentro de organizaciones y movimientos del kirchnerismo.

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viernes, 8 de enero de 2016

La Carta de Jamaica, el documento de un profeta racional*

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“…y no es solo una carta del pasado; esta es una carta del presente y más aún, me atrevo a decir: una carta del futuro” Hugo Chávez Frías.

A 200 años de la Carta de Jamaica, documento en el que Simón Bolívar plasmó sus ideas en torno al estado político de América y su desarrollo futuro con el propósito de contestar las inquietudes y dudas del inglés Henry Cullen, tenemos necesariamente que empezar este ensayo destacando la infinita humildad que caracterizó al Libertador y la indudable vigencia del conjunto de ideas expresadas en la carta, hecho que da cuenta del Bolívar estadista y visionario.

Al inicio de su carta, Bolívar reconoce la preocupación de Cullen sobre el destino de las nacientes repúblicas de la América meridional, y deja claro que en su actual condición no disponía de la documentación necesaria para ofrecerle un análisis político pormenorizado sobre tan vasta región, además de expresar una humildad que sólo los grandes son capaces de demostrar, al reconocer sus límites en el tratamiento de un tema tan complejo como lo es la prospectiva sociopolítica de una región que abarcaba desde los límites originales de México hacia el norte, hasta la Patagonia. Con infinita humildad, Bolívar le advierte a Cullen que no encontrará en su escrito “las ideas luminosas que desea”, y sí las “ingenuas expresiones de su pensamiento.”
Sin embargo, el balance histórico que puede hacerse hoy arroja un resultado inequívoco: el pensamiento de Bolívar expresado en la Carta de Jamaica sobre la suerte futura de América se convertiría en el ensayo de un visionario de la naciente modernidad industrial, en documento delineador del futuro de la nueva región, todo lo cual hace de nuestro americano meridional un auténtico “profeta racional”.