Palabras clave: Batalla de ideas, política, crítica, transformación, diálogo, innovación, cambio de época, amplitud, bloque histórico, lectura, análisis, verdad, belleza, sueños, liberación.

domingo, 2 de octubre de 2011

Es mejor tenerlo y no necesitarlo, que necesitarlo y no tenerlo: pura ideología al servicio de la explotación

Seguramente el lector habrá visto alguna vez el comercial donde un conocido animador de la televisión venezolana, quien fuera en su momento el sucesor de Amador Bendayan en el circo de sábado sensacional, invita a la adquisición de una póliza de seguros indistintamente de que a usted le haga falta.

La figura nos invita a la compra del seguro ―que por supuesto es presentado como una noble y necesaria inversión― con este sugestivo juego de palabras: es mejor tenerlo y no necesitarlo, que necesitarlo y no tenerlo. Caramba, pero que escandalosa lucidez la de estas palabras que, por cierto, expresan de manera cruda la lógica de la sociedad de consumo en el marco del capitalismo global, hoy en crisis. Y es que detrás de tal “necesidad”, sin hurgar demasiado, detrás del retruécano truculento, lo que encontramos es un mensaje dirigido a una sociedad donde reina campante, el miedo. Un miedo asociado como no, a una percepción de inseguridad. Percepción inoculada, cómo no. Y no es que las probabilidades de que algo nos pase sean nulas, no. No es que no haya hechos delictivos en nuestro país. Aclaro de una vez, que excluyo de esta reflexión a todos aquellos que disponen del seguro porque realmente lo necesitan que, me permito intuir, son la minoría de la población en este país de gente joven.

Porque, amiga lectora, si hacemos un esfuerzo y hacemos una pausa en nuestro muchas veces frenético estilo de vida, y respiramos profundo y apagamos la televisión y la radio y nos relajamos, y nos detenemos un momento a analizar frases publicitarias como la citada, además de ciertos refranes y dichos populares, nos daríamos cuenta, ya sea en una inesperada epifanía o por medio de una vaga sospecha, que el significado de dichas frases, que por lo general contienen algo de verdad y en eso consiste la trampa, expresan el más puro pensamiento conservador cuando no son pura ideología al servicio del capitalismo y su forma de organizar la sociedad. Porque, como “se dice”, muchacho no es gente grande y por esa vía la juventud queda descalificada hasta que deja de serlo, sin olvidar que más sabe el diablo por viejo que por diablo y que si así es la vaina entonces la experiencia siempre primará sobre el pensamiento renovador, con el peligro de que los viejos paradigmas perduren mientras perduren los que Oscar Varsavsky llama ―para citar un ejemplo del campo universitario― los profesores fósiles.

Pero volviendo al Slogan publicitario, me pregunto si la idea de que tenemos que tener algo sin que lo necesitemos no es la base sobre la que se levantó toda la sociedad de consumo, que funciona gracias a la conocida obsolescencia programada y a la ofensiva pasmosa de la publicidad comercial. Esta última, sabemos, ha sido la histórica creadora de falsas necesidades que terminan muchas veces constituyéndose en necesidades más imperiosas que el techo y la comida. Es así, como siempre será más “conveniente” y “sensato” tener sin necesitar. Pero en el caso de un Seguro de Vida, el chantaje se hace como más explícito. Porque mientras más caro es el Seguro, habrá mayor cobertura y ciertamente, tal como la medicina en el marco del capitalismo histórico, aquel se convierte en una invitación a que te enfermes, te accidentes, te estropees o te infartes. El Seguro no te recomienda una dieta sana y está lejos de promover la medicina preventiva. Por el contrario, fortalece la percepción de inseguridad y explota el miedo milenario que, asociado tanto a cuestiones religiosas como a las más laicas, forma parte del sistema de creencias, de la ideología al uso y que subyace en toda sociedad. Como las computadoras, siguiendo a Roberto H. Montoya en su libro La ciencia ha muerto… vivan las humanidades, los seguros parecen ser una “solución en busca de problemas”.

Ciertamente, el tema de la ideología es un tema complejo. Afortunadamente, para no perdernos en los meandros de tema tan abstracto, disponemos de la obra de Ludovico Silva quien, en su Plusvalía ideológica, dice que lo que Marx entendió por ideología es lo que Bacon planteó en su teoría de los ídolos, que tiene como aspecto central el entender el fenómeno ideológico como un lenguaje impuesto a las sociedades. Sabemos que los métodos para imponer lenguajes es lo que nos ha brindado la técnica del último siglo, y que quienes imponen la gramática al uso han sido los ideólogos de la modernidad capitalista. Toda ideología está determinada por la realidad histórica. Dice Ludovico que la ideología “es un componente estructural de la realidad social; forma parte de la realidad mas no de sus relaciones visibles”. Por otra parte, Max Horkheimer, citado por el filósofo venezolano, sobre el tema plantea que: “Debería reservarse el nombre de ideología –frente a la verdad- para el saber que no tiene conciencia de su dependencia y, sin embargo, es penetrable ya para la mirada histórica”. Ese saber del que habla el autor alemán, es el lenguaje impuesto que forma parte de nuestro “sentido común”, de la estructura social, de lo inoculado y ajeno, pero que ciertamente es penetrable, lo que significa que podemos investigar sus orígenes, quebrándolo, para remontarlo y superarlo, y así alcanzar una conciencia que implicaría la necesaria transformación del sistema en el que vivimos.

Ludovico cita a Ortega y Gasset, quien sobre el tópico de las ideas y las creencias, nos dice que “las creencias no son ideas que tenemos, sino ideas que somos”, señalando así el lugar de la ideología. Esas ideas que somos forman parte del sistema de representaciones y creencias en el cual usualmente  “viven avecindados” los miembros de una sociedad. De tal manera que “lo que se piensa” y “lo que se dice” forma parte de la ideología de una sociedad, y ese hombre-todos u hombre-ninguno que “dice lo que se dice”, es ese manto ideológico que debe ser quebrado en una auténtica batalla de las ideas, donde la ideología del sistema, ese reflejo invertido de la realidad histórica, debe ser destruido por la conciencia revolucionaria.

Porque, ¿quien dice que “Es mejor tenerlo y no necesitarlo, que necesitarlo y no tenerlo”? ¿Serán acaso los socios de los que día a día inoculan miedo y generan de manera sistemática una percepción de inseguridad que muchas veces no se corresponde con la realidad?

No permitir que nadie decida cuáles son nuestras necesidades es un acto revolucionario. Seamos capaces pues, soberanamente y en contra de la ideología oficial, de decidir que necesitamos y qué no. Y cuando la justificación venga de ese misterioso “se dice y se piensa que hay que tener o que hay que hacer tal o cual cosa”, tramposo, difuso y deslocalizado, no olvidemos preguntarnos:

¿Quién dice qué?