Palabras clave: Batalla de ideas, política, crítica, transformación, diálogo, innovación, cambio de época, amplitud, bloque histórico, lectura, análisis, verdad, belleza, sueños, liberación.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Puertas y secretos en el Guaraira Repano

Puertas_y_secretos_en_el_guaraira_repano
Recientemente, el escritor Britto García mencionó en un discurso al cerro que nos separa del mar y que hace de Caracas un valle. Con una convicción que relucía en su amplia frente, dijo que éramos una ciudad-puerto que no se reconoce como tal. Tal rareza la atribuía el polifacético escribidor a la presencia imponente del Guaraira Repano, conocido también por su nombre colonialista, el cerro el Ávila. Una montaña que esconde muchos secretos que, aparte de ser el gran pulmón en una ciudad tomada por los automotores, es capaz de abrirse y escupir fuego con los movimientos de tierra, como en aquel salvaje terremoto del 67.

Seguí viendo a Britto pero ya no lo escuchaba. La voz Caribe Guaraira Repano me trasladó unos cuantos abriles atrás, cuando subí con Carol por sus faldas verdes y hermosas y sus picas y senderos, a veces selváticos, muchas veces oscuros y solitarios, y escuchamos el límpido sonido del más allá. Carol era mi compañera, de labios gruesos, ojos grandes y cabello largo enrulado. Había practicado Judo desde niña y su cuerpo era macizo por todos lados. Tenía cierta sensibilidad espiritual y una propensión a la aventura que hacía de la relación algo intenso y literario, aunque nunca me abandonó el presentimiento de que tal experiencia no podía durar. Ya habíamos hecho el amor otras veces en los pozos y quebradas de la montaña, furtivamente, y una vez hasta nos lanzamos un rapidin en una de esas curvas ensombrecidas después de mediodía.

Era domingo, día habitual para escapar de la ciudad -sin salir de ella- escalando el Parque Nacional. Llegamos jadeando al Corta Fuego, la primera estación. Carol tenía un mono azul marino ceñido al cuerpo, lo cual exaltaba sus nalgas de atleta muy al estilo de la López. Le di una nalgada. La deseaba. Me miró y supo que la miraba con deseo. Tomé su mano, la jalé hacia mí y le di un beso. Pero la montaña pedía que la conquistáramos y nos propusimos llegar a la próxima estación: la Cruz; una estructura que fue levantada luego del terremoto del 67 para proteger la ciudad y que la encienden todos los 1º de diciembre. Noté que a medida que subíamos Carol hablaba menos. Empezaron a ocurrir cosas, digamos, extrañas. Un gallinazo, entre negro, marrón y blanco apareció como caído de un árbol batiendo sus alas, y así como se había posado frente a nosotros con un cacareo súbito y ahogado, así mismo se había ido perdiéndose en el monte.

Se respiraba, como siempre, el aire más puro que conocíamos. Nos paramos un momento a descansar. Saqué el termo con agua del bolso que llevaba y bebimos, respiramos. Me puse metedor de mano y ahí jugamos unos segundos. Llegamos a la Cruz, pero queríamos explorar más. Divisamos un camino que conducía al Parque los Venados. Le propuse a Carol meternos por ahí para conocer algo nuevo. Le dije que lo conocía, pero le mentía. Lo que sí sabía era a donde conducía. No muy convencida aceptó la propuesta. Empezamos a caminar con confianza por el estrecho sendero y a medida que nos adentrábamos el monte se hacía más espeso. Árboles frondosos hacían del camino un túnel natural, y de repente el viento los sacudía arrancándoles rumores que parecían gritos suaves. Carol me contaba sobre un episodio oscuro relacionado con unas sombras que fueron a visitarla un día a su casa. Tengo que decir que su rostro adquiría una sensual seriedad cuando se ponía metafísica. En eso sentí unas insoportables ganas de orinar. El silencio era algo inaudito. En una curva nos impresionó una ancha piedra negra como de 7 metros de alto. Junto a ella, se abría un camino montaña adentro, como si condujera a alguna quebrada o río secreto.

― Creo que aquí puedo orinar― Le dije metiéndome en ese denso hueco.
― No me gusta esto, siento algo raro, mejor vámonos ―Me dijo con preocupante gravedad―. Vámonos, vámonos ya.

Así como me bajé la bragueta me la subí. Del tiro se me quitaron las ganas de orinar. Vi los ojos de Carol como más grandes, como si se le hubiera dilatado la pupila en esa penumbra. Sus ojos eran casi negros, pero ahí parecían morados. Volvimos al camino. Los latidos de mi corazón los escuchaba en mi cabeza. Saliendo, lanzamos una última mirada hacia el fondo de la espesura. Carol vio una especie de altar, a mi me pareció una cesta con frutas. Además, algo se movía.

Tomados de la mano, algo sudados volvimos al camino, pero de alguna forma aún estábamos adentro. Percibimos un aroma fragante. Ahí no se escuchaba ni un pájaro y el techo de árboles filtraba la tenue luz que podía llegar del cielo nublado. Serían como las dos o tres de la tarde. Carol, mirando no se hacia donde, me preguntó si estaba “escuchando eso”. Casi sonriendo le dije que no escuchaba nada. Empezamos a caminar medio apurados, medio nerviosos. Yo trataba de mantener la calma pero tropecé con alguna vaina y casi me caigo. Ahí empecé a escuchar, muy a lo lejos. Convencido estaba que podía ser algún ave o insecto exótico, pero solo al principio.

Era como un silbido, limpio, perfecto. Esas tres notas desconcertantes me sugerían un llamado, un dedo índice diciendo, ven. Le dije que apretara el paso, los dos escuchábamos lo mismo porque ahora sonaba más fuerte y parecía perseguirnos a través del follaje. La estreches del camino, las bajadas y las pendientes no eran impedimento para ese ser que parecía flotar a nuestro lado. No hice sino hablar paja; insistirle a Carol que tal sonido no podía provenir sino de algún animal, pero yo mismo no me creía.

Al fin escuchamos voces humanas. Ya estábamos cerca de Los Venados. El silbido había cesado. ¿Qué vaina había sido esa? ¿Algún duende? Lo que sea que haya sido, me dijo Carol reflexiva -luego de revolcarnos en una grama propicia que encontramos- cuando salimos de la gruta estaba al lado de nosotros. Cuando lo escuchamos junto al oído había quedado a tras, pero me percibió; había una puerta, y nos quería.

Amaury González Vilera

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