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jueves, 16 de junio de 2011

Prólogo al libro Teoría del Socialismo, de Ludovico Silva

Difícilmente haya habido y pueda haber un contexto tan propicio para la publicación de esta obra de Ludovico Silva, como el del proceso de cambio que vive nuestro país, proceso que hoy día es conocido en el mundo como la Revolución Bolivariana y que se ha planteado construir lo que se llegó a bautizar como el Socialismo del Siglo XXI. Desde que se proclamara en aquel célebre Foro Social Mundial de 2005 en Porto Alegre al socialismo, como necesario camino a seguir de cara a la emancipación y liberación de los pueblos de Nuestramérica, se produjo una importante revitalización del pensamiento socialista que se ha expresado, por una parte, en una vigorosa recuperación de la herencia teórica de Carlos Marx, responsable de la más profunda y acabada crítica cultural, científica y humanista de la moderna sociedad capitalista; de otra parte, esta vuelta al primer plano del debate político-ideológico, ha puesto de manifiesto un problema de vieja data y que es advertido por Ludovico: la falta de claridad en cuanto a las grandes líneas teóricas del socialismo.

    Si bien algunos aspectos característicos de la sociedad socialista se tienen claros, como por ejemplo la necesidad de formar a un hombre humanista “cualitativamente nuevo”, siguen existiendo, ahora como antes, diversas interpretaciones sobre lo que el socialismo y el comunismo significan, enfoques que giran en torno al debate sobre lo que fue el llamado “socialismo real” o “socialismo burocrático”, así como en función de la contraposición que suele hacerse entre un marxismo científico “ortodoxo” y otro crítico “heterodoxo”. Como los tiempos geográficos e históricos no son generalizables, necesariamente Ludovico Silva se inscribe en este último; un marxismo que, además de las condiciones objetivas, se coloca a la altura de los tiempos y le da la importancia que merece a las condiciones subjetivas, a la ideología productora de la “mentalidad adquisitiva de los individuos como móvil esencial del comportamiento económico”. En este sentido, desde ya hay que destacar de la obra las recurrentes menciones críticas sobre los “medios de comunicación”, tema que ha adquirido hoy la mayor importancia.


Ludovico Silva
  Pero no sólo por su énfasis en el papel de los factores ideológicos en la reproducción del orden capitalista podemos considerar a Ludovico como un marxista crítico. En el ámbito de la teoría y la praxis revolucionaria, es bastante conocida la distancia existente entre el campo de la letra y el campo político concreto. Sin embargo, el mero conocimiento de esta brecha nunca ha sido suficiente para, en el marco de un proceso de transformación social, acortarla en función del desarrollo y consolidación de dicho proceso. En función de esto, el autor de “Teoría del Socialismo” nos recuerda la relación intrínseca y vital que debe existir entre la teoría revolucionaria y la particular práctica histórica de la sociedad en transformación, reflexión que emplaza a los teóricos, a los cuadros, al “sujeto de la revolución”, a realizar lo que podemos llamar un doble esfuerzo interpretativo: primero, la comprensión del texto y su contexto; luego, su necesaria adaptación y la consiguiente invención, la “creación heroica”. Con lucidez, Silva advierte la ”Necesidad de vincular la interpretación de textos pretéritos con una minuciosa investigación de las condiciones sociales de nuestro tiempo”.

    Pero si entendemos por pensamiento crítico esa forma de pensar que se niega a aceptar irreflexivamente una determinada realidad social, efectivamente profesar este tipo de pensamiento significa también, negar la adopción irreflexiva de las teorías concebidas en otras latitudes para cambiar esa realidad social, en este caso, la nuestra. Es así, como Ludovico afirma que Marx no creó una teoría del sistema capitalista como “un sistema filosófico dotado de categorías intemporales”, lo que es hablar de categorías universales y absolutas. Muy al contrario y demostrando gran lucidez, el autor establece -coincidiendo en esto con Lenin- que el legado de Marx consiste en un método de investigación dotado de dos clases de categorías: las que ciertamente reclaman universalidad por explicar en términos generales el funcionamiento de la sociedad capitalista, como por ejemplo la Ley de la Plusvalía y el Imperio del Fetichismo de la Mercancía, y las categorías menos generales como la que postula la “lucha de clases”, que merecen repensarse y que necesariamente tienen que adaptarse a la concreta situación histórica-social de cada sociedad específica. Aludiendo la forma manualesca en que muchas veces se ha asumido el marxismo desde nuestra tierra, Ludovico nos dice que “los revolucionarios de nuestro continente muy a manudo se han dejado deslumbrar por la oposición dialéctica clásica entre proletariado y burguesía”. Pero el autor no se queda en esta observación. Conciente de estar reflexionando sobre un aspecto neurálgico para todo proceso revolucionario –el del sujeto de la revolución- , Ludovico recuerda la sangre que ha constado comprender que la oposición clásica proletariado-burguesía:

“se matiza gravemente en nuestros países no sólo por la existencia de diversos tipos de burguesía y proletariado, sino por la presencia activa de estratos sociales que no encajan dentro del esquema clásico”.

    Es preciso recordar aquí, que Marx propone su teoría revolucionaria en función del análisis de la sociedad capitalista más avanzada de la época que le tocó vivir: la Inglaterra de la Revolución Industrial, lo que es hablar de una específica sociedad europea de mediados del siglo XIX. Esto lo tuvo Ludovico siempre presente. Incluso el propio Marx, en el prólogo a la edición alemana de 1872 del Manifiesto Comunista, deja claro que las condiciones habían “cambiado mucho” desde su aparición en 1848, pero que sin embargo sus principios generales mantienen su validez, agregando que “el mismo “Manifiesto” explica que la aplicación práctica de estos principios dependerá siempre y en todas partes de las circunstancias históricas existentes, y que, por tanto, no se concede importancia exclusiva a las medidas revolucionarias enumeradas al final del capítulo II . Se manifiesta de forma clara en este pasaje, el carácter dialéctico del método marxista como pensamiento crítico en sí mismo, resaltando la importancia del devenir histórico y el análisis de los cambios ocurridos en su transcurso. Ahora bien, nosotros vivimos en la Venezuela del alba del siglo XXI, una de las repúblicas que se emancipó del imperio español hace casi ya 200 años, y que a lo largo del siglo XX se ubicó geopolíticamente en la “periferia”, y en el “Sur”, del sistema mundial.

    De ahí la importancia de un pensador como Ludovico Silva, quien desde un espacio-tiempo particular hace un esfuerzo teórico de interpretación y adaptación de la herencia teórica de Marx, trabajo que de la misma forma y en su época hiciera José Carlos Mariátegui, autor considerado como el fundador del marxismo latinoamericano, quien demostrando una actitud crítica-reflexiva frente a la propuesta del “materialismo histórico” como secuencia evolutiva-lineal de diversos modos de producción, planteó que en el Perú de su época coexistían los elementos de tres economías diferentes: un régimen feudal surgido de la conquista, dentro del que existían residuos –en la sierra- de la economía comunista indígena, y una economía burguesa retardada que emergía del suelo feudal de la costa. De esta manera, tanto Mariátegui como Ludovico, tuvieron la capacidad de ver con claridad lo específico de la realidad social de sus respectivas sociedades, negando ambos la adopción automática de los planteamientos y esquemas clásicos marxistas: en el caso del peruano, el “materialismo histórico”, y en el caso del venezolano, la categoría de la “lucha de clases”.

    Porque estamos enrumbados hacia el que podríamos llamar “socialismo para el siglo XXI”, ningún momento como este para reeditar un trabajo que contribuiría sustancialmente a clarificar muchos aspectos sobre lo que significa ese socialismo. Asimismo, la pertinencia de “Teoría del Socialismo” viene dada por el actual contexto mundial de crisis económica-financiera mundial, de crisis ecológica, alimentaria, energética, civilizatoria; sistémica, pues. El contexto en el que Ludovico desarrolló su obra, fue desde lo nacional la Venezuela de la Cuarta República y desde lo internacional el mundo catalizado geopolíticamente por la confrontación este-oeste, mejor conocida como guerra fría. En este contexto, el socialismo burocrático soviético fue objeto de las más duras críticas del autor, quien con claridad meridiana observó como se intercambiaba, en nombre del ideario socialista, justicia por libertad. Resultan elocuentes las palabras de Ludovico en algunos pasajes del texto, considerando la gravedad de lo que significa la disidencia de artistas y científicos de un régimen que en teoría estaba garantizando la realización de las potencialidades de todos:

“en los países llamados socialistas actuales se mantiene la propiedad privada de la conciencia y del derecho a la crítica y a la disensión”.

    En términos generales, se puede afirmar con seguridad que en Ludovico Silva estaba presente esa forma de pensar dinámica y dialéctica, por lo que sus enfoques se caracterizan tanto por su brillo como por la más lisa y llana sensatez. Estas cualidades, sin duda se ven realzadas por su prosa lúcida y fluida, no ajena ocasionalmente a las metáforas. No en balde Ludovico fue también poeta. En el capitulo uno, denominado “teoría y práctica del pensamiento socialista”, se plantea la vinculación necesaria que debe existir entre el campo de la letra y el de la praxis en la construcción del socialismo, aspecto que atraviesa el texto como una discusión inacabada que llega a nuestros días.

    El capítulo dos, denominado “Comunismo y Socialismo”, podría ser el más importante desde el punto de vista político y semántico. Las términos referidos a modos de organización social por lo general son palabras contestadas, sujetas a tantas interpretaciones como intereses políticos hayan, y ciertamente Ludovico deja claro lo que estas dos palabras significan. Que el comunismo es la sociedad sin clases a la que se llega luego de un periodo de transición, que sería el socialismo, es la interpretación que por lo general se le tiende a dar a dichos términos. Sobre este aspecto medular de su pensamiento, el propio Marx, en carta que dirigiera a su amigo Arnold Ruge, le refiere que “El comunismo no es en sí mismo otra cosa que la realización particular, unilateral, del principio socialista”. Pero si el propio Marx dejó claro los conceptos, Ludovico con una clara intención didáctica relaciona el significado de la dupla socialismo-comunismo, con la otra planteada en el primer capítulo de teoría-práctica. Con el interés y la convicción de ordenar la confusión y de esta manera zanjar muchos debates bizantinos, el filósofo afirma que “es preciso que afirmemos de una vez por todas que el socialismo es la teoría y el comunismo es la práctica”.

    El capítulo tres, denominado El socialismo como la utopía concreta, es un capítulo tan corto como esclarecedor. Aquí Ludovico profundiza en el significado del socialismo, destacándose aquí de nuevo su perspectiva crítica, al citar a uno de los autores más representativos y heterodoxos de la Escuela de Frankfurt, como lo fue Herbert Marcuse. En esta concisa parte de la obra, el autor nos dice dos cosas fundamentales: desde el punto de vista de la filosofía de la ciencia, el socialismo es un modelo teorético, ideal y simbólico. Desde el enfoque de la filosofía social, el socialismo es una utopía concreta, y la utopía concreta es la que es posible, la realizable, la que niega la realidad presente pero que parte de ella para la construcción de la nueva y necesaria. ¿En que andamos nosotros sino en esa construcción de la utopía concreta?

    En el capítulo cuatro Ludovico hace la exposición sistemática de las características del modelo socialista. En total se agrupan 21 características de ese modelo teorético-ideal de nueva sociedad. Entre los aspectos materiales-económicos, podemos destacar su propuesta de desaparecer “los tres factores histórico-genéticos de la alienación humana: la propiedad privada, la división del trabajo y la producción mercantil”. Los factores ideológico-culturales ocupan aquí un lugar fundamental, por lo que entre los rasgos socialistas enumerados se encuentra, en concordancia con lo que dijera el Che, la necesidad de formar el hombre nuevo. De esta forma, las características que delinea Ludovico muchas veces presentan clara imbricación. Es así como la “automatización del trabajo”, orientada a sustituir el trabajo del ser humano por el de la máquina (que merecería un debate a parte), va aunada al tema de la “reducción de la jornada laboral”, así como con la disposición de tiempo libre suficiente para la adquisición de los diversos conocimientos. Todo este proceso tendría como trasfondo la “socialización de la cultura”.

    Los controversiales aspectos sobre una supuesta maldad natural presente en el ser humano, además de las implicaciones presentes en la idea de igualdad son destacables de la propuesta del autor. Un rasgo central del modelo socialista (de los más decisivos) es la desaparición de la guerra, para lo que se advierte sobre la necesidad de superar los supuestos “psicológicos y biológicos” que afirman y justifican lo “innato” del “instinto de agresión”; una idea presente tanto en teóricos políticos clásicos como Maquiavelo o Hobbes, y que hoy día forma parte de un debate sobre el cual las ciencias humanas no han alcanzado consenso. Alcanzar la “Igualdad universal paradójica”, luego de la extinción de la sociedad de clases forma parte de la más cara aspiración política de la humanidad, por lo menos desde la isonomía y la isegoría de la antigua Polis Griega. Muy lejos de la simplificación de la realidad o de la disolución de la individualidad en el colectivo, Ludovico parte de una “igualación sustentada en la desigualdad entre los individuos”. Idea que estuvo presente, por demás, en Bolívar.

    En el capítulo cinco, el tema central es si Marx tuvo o no razón en su predicción sobre el surgimiento del socialismo, presentándose una crítica a las teorías que explicaron en su momento, por ejemplo, a la revolución rusa. El sexto capítulo destaca al humanismo como rasgo imprescindible y consustancial al socialismo; no era humanismo, siguiendo al autor, lo que estaba ocurriendo en las sociedades del “socialismo soviético”, donde la robotización y el colectivismo castrador de la individualidad, alejaba sensiblemente a este modelo del humanismo marxista.

    Ludovico Silva, en suma, nos dejó con esta obra su visión -como filósofo y por qué no, como poeta- del socialismo, como modelo teórico y como práctica (comunismo). Es así, como con esta preocupación por la vinculación de la táctica y la estrategia, del pensamiento y la acción, concluye la obra afirmando que sólo con este enlace de teoría y práctica y su comprensión científica, será posible la construcción del socialismo.

Amaury González Vilera, Agosto de 2009.

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