Palabras clave: Batalla de ideas, política, crítica, transformación, diálogo, innovación, cambio de época, amplitud, bloque histórico, lectura, análisis, verdad, belleza, sueños, liberación.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Y tú ¿Qué eres? ¿Intelectual o trabajador intelectual?

Todavía más importante es advertir las consecuencias de la costumbre, cultivada con tesón por los ideólogos burgueses, de considerar que los llamados “valores” contenidos en el pueblo están fuera del alcance de la observación científica. Porque estos “valores” y “juicios éticos” que para los trabajadores del intelecto son sustancia intocable, no llueven del cielo. Ellos constituyen aspectos y resultados importantes del proceso histórico y no basta limitarse a tomar conocimiento de los mismos, sino que deben examinarse con relación a su origen y a la función que les cabe en el desarrollo histórico. En rigor, la desfetichización de los “valores”, “juicios éticos” y demás, la identificación de las causas sociales, económicas y físicas de su surgimiento, cambio y desaparición, así como la revelación de los intereses específicos a los cuales sirven en determinado momento, representan la mayor contribución que pueda hacer un intelectual a la causa del progreso humano”. Paul Baran

Eclosión intelectual

Cuando reflexionamos sobre el Comandante Chávez y su legado, sus lecciones, anécdotas, sus grandes logros, la influencia en la región y el mundo del proceso que él inauguró, no nos extraña aunque no deja de llamar la atención, el hecho de que Hugo Chávez haya sido el presidente, la figura, el líder político sobre el cual se ha escrito más en el mundo.

Así lo testimonia el libro de Rafael Ramón Castellanos Hugo Chávez Frías y la Revolución Bolivariana (2010), que recopila toda la bibliografía producida sobre el Comandante hasta el momento de la edición del libro. Han pasado tres años, y ahora con su lamentable desaparición física el pasado mes de marzo, podemos decir que seguirá siendo el centro de las preocupaciones y reflexiones de muchos ensayistas, biógrafos, poetas, historiadores y escritores en general.

Este singular hecho, equiparable a otro no menos trascendental que ubica a Chávez entre los líderes de mayor legitimidad democrática de la moderna historia republicana occidental, tiene que ver con un importante movimiento cultural crítico-reflexivo surgido en Venezuela con el advenimiento de la Revolución bolivariana; un movimiento que tiene que ver con la notable democratización del libro y la lectura que hemos vivido en Venezuela por lo menos en los últimos diez años, así como con la democratización del acceso a las Tecnologías de la Información y la Comunicación, apertura que ha producido y sigue produciendo un importante salto cualitativo en la población.

Si bien se ha dicho que “los pueblos no son pendejos”; sin bien Aníbal Nazoa habló de “los poderes creadores del pueblo”; si está fuera de discusión que el pueblo de Venezuela siempre ha sido un pueblo bravo, tierra de los centauros que barrieron con el colonialismo español desde Caracas hasta Ayacucho durante la guerra de independencia, no quedaba claro si el pueblo venezolano era un pueblo culto, en el sentido martiano de “cultura para la libertad”. Sin embargo, en los últimos años, algunos indicadores y sobre todo la renovada cultura política que ha demostrado el venezolano en cada manifestación, concentración y evento electoral, vienen dando cuenta de las nuevas cualidades, del proceso de maduración intelectual y política, complejo y sujeto a retrocesos, que ha vivido el pueblo venezolano durante el proceso bolivariano.

Es indudable que este proceso de maduración, de acceso masivo a la educación, a la red de redes, a los libros y lo más importante, a una experiencia política proteica, única y luminosa en la que todos han sido de alguna manera protagonistas, produjo una importante eclosión intelectual que ha rendido importantes frutos y que está produciendo una serie de fenómenos cualitativos, dignos de ser estudiados sistemáticamente. A los conocidos ―o re-conocidos― pensadores e intelectuales del país, donde se cuentan escritores, poetas, dramaturgos, artistas y creadores de todos los géneros y provenientes de los más disímiles espacios, se suman, en un proceso en pleno desarrollo, un conjunto de escritores-creadores reflexivos y críticos que, desde su formación y su experiencia, han desplegado su labor creativa motivados por ese fenómeno humano que fue Hugo Chávez y la dinámica política que inauguró.

Algunos estudios recientes, por ejemplo, han arrojado interesantes resultados en materia de lectura. Hablamos del Estudio de comportamiento lector, acceso al libro y a la lectura que desarrolló el Centro Nacional del Libro a través del equipo de Asesoría Goya, y que demostró que Venezuela se ubicaba como el tercer país que más leía en América Latina, después de Argentina y Chile. Si bien esto ya es un hecho destacable, el estudio también reveló que la mayoría de los lectores se inclinaba por temas históricos, políticos y sociales, según informaron en su oportunidad los responsables del estudio.


Intelectuales y trabajadores intelectuales

La investigación se hizo hace poco más de un año, y los libros y los procesos electorales han seguido fluyendo como una fuente inagotable de cultura y ricas experiencias. Hoy, talvez hiperbólicamente hablando, se habla de Revolución cultural, de pueblo culto. Creadores, intelectuales, cultores, artistas, escritores, bohemios, académicos, actores, se confunden en un mismo bloque multicolor en una confusión que agruparía a Gledys Ibarra con Gasolina, a Román Chalbaud con Winston Vallenilla, a Vladimir Acosta con Roberto Messuti, a Amaranta con los Cadillacs y a Víctor Álvarez con Susej Vera. En tal sentido, si bien el trabajo que hacen todos los mencionados se puede ubicar dentro del gran campo de los que trabajan con su mente y no con sus manos, y al mismo tiempo todo ese trabajo se podría ubicar dentro del campo de la “cultura”, queremos hacer un aporte a este debate desde la distinción planteada por Ludovico Silva entre intelectuales y “trabajadores intelectuales”.

De entrada, todo está relacionado con el vocablo cultura. Dice Ludovico “Cualquier ensayo que aspire a escudriñar los contenidos significados actualmente por el vocablo “cultura”, y que además aspire a ser un ensayo crítico, tiene que emprender la tarea de separar cuidadosa y radicalmente los valores significados por expresiones como “intelectual” y “trabajadores intelectuales”, términos entre los cuales hay una diferencia que, precisamente por ser radical, raizal, suele pasar inadvertida, y a veces interesadamente inadvertida”. En este sentido, para Ludovico es necesario aplicar a la “cultura” lo que un autor denominó “el poder subversivo de la razón”, el cual consiste en tres cosas fundamentales:

- Poner en tela de juicio el orden aparente, “natural”, de las cosas

- Denunciar los intereses que mantienen ese orden de cosas y que se esfuerzan por presentarlo como “natural” e “inevitable”.

- Indicar las vías, a corto, mediano y largo plazo, para derrocar y destruir efectivamente ese orden de cosas, con sentido revolucionario.

Ahora bien, la diferencia entre los “trabajadores intelectuales” y los intelectuales no es precisamente aquella que contrapone a los intelectuales integrados al sistema y los que son rebeldes frente al sistema. Para Ludovico, el rechazo a la distinción viene dado no porque esta sea “falsa en sí misma”, sino porque no ha sido producto de un riguroso análisis y no precisa bien que se entiende por “integración” y sobre todo por “rebeldía”, dada la existencia para el momento de un importante contingente de rebeldes integrados al sistema.

Siguiendo los planteamientos de Paul Baran, Ludovico afirma que para plantear una definición con un “mínimo de objetividad”, el concepto “trabajadores intelectuales” debe considerarse de manera casuística, homologándose a conceptos como “todos los sudamericanos” o “todos los hombres que fuman tabaco”. Partiendo de esta base, estos trabajadores intelectuales, en principio, serían “todos aquellos individuos que trabajan con su mente y no con sus músculos, que viven de sus ideas y no de sus manos”. Ahora, para Ludovico, trabajar con la cabeza no tiene nada de malo, pero lleva a una conclusión que, para el autor, no muchos están dispuestos a aceptar: la presencia de una capa de trabajadores intelectuales, que es la capa dentro de la que se constituye la clase dirigente de la sociedad, es el producto de un vasto proceso histórico que alcanza su más acabada expresión en el capitalismo: la división del trabajo.

En este punto, Ludovico hace un repaso de lo que ha significado, en el marco de la división del trabajo social, el dominio ideológico de una clase sobre otra. Asimismo, recuerda el papel que históricamente desempeñó el funcionalismo, esa corriente sociológica, predominantemente estadounidense, que naturaliza el hecho de que el trabajador manual sea dirigido por el intelectual, tal como las manos son dirigidas por el cerebro. Así las cosas, los trabajadores intelectuales son los responsables de la construcción de la hegemonía (Gramsci), de la dirección de los trabajadores manuales, proporcionándoles una concepción del mundo justificadora y sustentadora de ese estado de cosas, de esa situación.

¿Quiénes son, concretamente, los “trabajadores intelectuales”? Ludovico cita de nuevo a Baran, quien afirma que aquellos son “los médicos, los directivos de empresa y los propagadores de cultura, los bolsistas y los profesores universitarios”. Sobre tal afirmación, bien cabría preguntarse ¿Cómo sería el trabajo de un médico, profesor o propagador de cultura en una sociedad socialista? ¿Dejarían de ser trabajadores intelectuales en la nueva sociedad? ¿Resolveríamos la cuestión abordándola desde el planteamiento del intelectual orgánico gramsciano? También, sería natural pensar que durante la construcción de la sociedad socialista se iría desdibujando la división del trabajo manual y el trabajo intelectual, y por tanto se abrirían otras investigaciones y surgirían nuevas problemáticas. Por ahora, considerando que hablamos de los “trabajadores intelectuales” en el marco de una sociedad capitalista ―En nuestro caso, rentista―, hagamos la salvedad de que estos bolsistas, profesores y directivos, entran en la categoría en la medida en que abandonan la actitud crítica durante el ejercicio de sus actividades, convirtiéndose así en el clásico tornillo de la máquina, una pieza más del sistema y un agente de su sustento y reproducción.

Con lo dicho hasta ahora parece ir quedando claro qué es un “trabajador intelectual”, aunque aún nos quedaría por realizar el más importante de los trabajos: definir quién entraría dentro de esta categoría en nuestra realidad social concreta, en la sociedad venezolana caracterizada por un capitalismo rentista más o menos intervenido desde un Estado desde el cual se ha venido impulsando un proceso de emancipación y cambio social. Por ejemplo ¿Habría que considerar a un intelectual que ocupa un cargo de importancia en la estructura del Estado burgués como un “integrado” al sistema? ¿Cómo habría que entender, o cuáles serían los límites de la crítica en un pensador que es director de alguna fundación o institución del Estado?

Ahora bien, si un trabajador intelectual es alguien que, aparte de trabajar predominantemente con su mente lo hace de forma acrítica, perfectamente adaptado al statu quo, un intelectual, en contraste con aquel, es el que, haciendo ejercicio de la crítica, distingue y denuncia las estructuras detrás de las apariencias, y utiliza su pensamiento “para atacar y destruir todos los mitos y fetiches que el sistema elabora y difunde a fin de justificarse ante la conciencia de los hombres, para restituir la verdadera noción de conciencia…”, lo cual implica hacer el ejercicio del “poder subversivo de la razón” mencionado arriba. De tal manera, el intelectual es un destructor de la falsa conciencia, es un promotor de la crítica, alguien que devela o restituye el carácter histórico de todo aquello que siempre se consideró natural; alguien que con su trabajo introduce elementos conflictivos en la máquina que siempre “funcionó” sin problema.

En fin, un verdadero intelectual no se diferencia de cualquier revolucionario, y como dice Ludovico “es sensato atribuirle como finalidad específica la elaboración teórica de todos esos aspectos y su vinculación con la práctica subversiva”.

Entonces ¿Eres trabajador intelectual o intelectual?

Si utilizamos el concepto gramsciano de intelectual orgánico y lo incorporamos al análisis de la distinción que nos ha ocupado, en un primer momento, el pensador de la clase obrera pareciera equipararse al intelectual propiamente dicho, mientras que el pensador burgués se equipararía al “trabajador intelectual”. Sin embargo, un intelectual orgánico de la burguesía no necesariamente considera al sistema y sus instituciones como algo dado naturalmente. Al contrario, consciente de su labor ideológica y de su papel como justificador de la dominación, trabaja conscientemente para reproducir y mantener, desde la ideología, el estado de cosas. De otro lado, el intelectual orgánico de la clase obrera, que tampoco trabaja con sus manos, difícilmente pueda verse a sí mismo en su eventual ausencia de autocrítica o en su progresiva “integración”, que puede darse en variedad de matices, al sistema imperante.

Así las cosas, un trabajador intelectual, sería ese profesor, directivo, propagador de cultura, médico, jurista, actor, periodista, sacerdote, músico, que no manifiesta nunca una actitud crítica frente a una estructura que considera natural, y a la cual ha llegado y en la cual se ha posicionado, de acuerdo al discurso clásico, por mérito propio e indiscutible capacidad profesional. Es decir, un trabajador intelectual es un intelectual orgánico burgués que puede ser de dos tipos: el que es consciente de su labor ideológica y el que piensa que solo “hace su trabajo”. De otra forma, este último es el engranaje de la máquina; aquel, quien lo coloca y ajusta.

Finalmente, el intelectual es el crítico, el naturalmente crítico, con la formación necesaria para serlo, y preferiblemente con la capacidad de elaboración teórica de sus propuestas y vinculado con las prácticas subversivas o procesos de emancipación social. Es el intelectual orgánico de las clases oprimidas, aunque esas clases no estén para él exentas de crítica y en algunos casos no provenga necesariamente de ellas. He aquí, también, variados matices. A estos artistas y profesores los une, sobre todo, la voluntad de cambiar todo lo que debe ser cambiado.

Siendo una temática tan vasta, no estaría de más plantear una clasificación, y abogar por tratar de sumar a todos aquellos amigos y amigas, valiosos y talentosos, que tienen mucho de tornillo o engranaje. Por ahora, esa voluntad de cambio, e incluso el rechazo del viejo sistema, es el cemento que, hoy, unen a Roberto Messuti con Cecilia Todd, a Susej con Vladimir.
  
@maurogonzag