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viernes, 29 de marzo de 2013

Palabras en tu honor, camarada

Cuando nuestras vidas se cruzaron en la artillería del pensamiento, al poco tiempo recordé un correo que hacía un par de años había recibido con un amable comentario de un artículo en el que criticaba a un conocido personaje de la Cuarta República. El remitente y él tenían el mismo nombre. Más adelante, le pregunté si había sido él quien me había enviado ese correo y su respuesta fue una sonrisa, una evasiva sonrisa. Así era el camarada, sugerente, reservado. Hoy, me pregunto sobre la vida de una persona, de un compañero, cuyo mundo personal mantuvo siempre en infranqueable discreción; hoy, me pregunto sobre lo que la tribulación pudo haber acumulado en su pecho y en su mente.

Ese acumulado, ese dolor, el trabajo y el estudio sin descanso, la incomprensión, la muerte del Comandante, todo eso pudo haberlo matado. Nunca supo sobre la jodedera que mantuvimos cuando era nuevo por su parecido con un conocido diputado de la oposición, con quien también compartía el apellido. Activo en todos los proyectos, como queriendo recuperar algún tiempo perdido, vivir a plenitud esta maravillosa época bolivariana, en cada debate sabía escuchar cada intervención, sintetizar, tomar nota, replicar si era necesario, cualidades de las que muchos carecían y que hicieron de él alguien culto, en el parecer de Galeano que es el parecer de nosotros. Al poder del conocimiento unía el de su voz, la cual sabía administrar, esconder y enseñar en función del escenario.

Ingeniero sin el papel, pero también lector voraz y apasionado de la historia, nos acompañó en los diálogos que se iniciaron a propósito del bicentenario del primer germen independentista, en los espacios de Tiuna El Fuerte junto al historiador Alexander Torres, quien supo apreciar su aporte, toda vez que la pregunta que nos hicimos y que abrió los fuegos del foro, fue si realmente teníamos algo que celebrar, conmemorar, recordar o reflexionar, por los doscientos años de aquella declaratoria de fidelidad a aquel rey. Su sentido de la responsabilidad era rígido, sin concesiones, asfixiante, innegociable. Solo después de tu imprevista y súbita partida, distanciados, reciente la muerte del Comandante, comprendí que actuabas contra el tiempo, en rebelión permanente contra la entropía, con la conciencia del final siempre presente. Nunca nos dijiste nada, hermano, pero sabía de tu mariateguiana agonía.

Hombre de familia, riguroso en el trabajo, fue siempre de los primeros en llegar y de los últimos en irse. Solidario, compañero de lucha a toda prueba, amigo de sus amigos, prefirió reservarse las críticas y optar siempre por el diálogo, la diplomacia. Asimismo, creo sinceramente que no hubiera titubeado al momento de tomar el fusil, y orgulloso hubiera combatido y caído en la refriega. Pero igual, en esta Revolución pacífica, más difícil aún, cayó combatiendo en el lugar de trabajo, en el frente complejo y turbulento de la burocracia.

Confieso que no quise verte en la caja. Preferí llevarme la imagen del compañero que estuvo conmigo en la presentación de la biblioteca José Carlos Mariátegui en el Parque Francisco de Miranda, en ese lluvioso noviembre de 2010; prefiero recordar las amables palabras que tuviste a bien pronunciar durante la presentación de mi libro, hace apenas dos años. Siempre estuviste ahí, como un hermano misterioso, como un guardián. No sé si lograste todos tus cometidos en el terreno, lo que sí sé es que fuiste un ejemplo, y desde acá te recordaremos.



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