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jueves, 16 de mayo de 2013

La izquierda y el fascismo ¿Por qué?

El fascismo, como otras palabras que han figurado en el discurso político en los últimos años de proceso bolivariano, lamentablemente ha vuelto a la palestra política luego de los hechos que, hace un mes, dejaron el trágico saldo de 11 fallecidos, hechos que han llamado a algunos escritores y analistas a recordar de qué va esto del fascismo. En tal sentido, a continuación dejaré un humilde aporte para la comprensión de este fenómeno político, uno de los más oscuros generados por la modernidad capitalista.

De entrada, nos gustaría destacar que como signo, como vocablo, el fascismo forma parte de ese conjunto de palabras de las que se ha hecho un uso reiterado sin que se haya reparado muchas veces en sus orígenes y rasgos no sólo históricos, geográficos, económicos y sociales, sino también y sobre todo en los psicológicos y emocionales. Y qué decir del punto al que hemos llegado, que los representantes de la extrema derecha venezolana, en sus intentos de mimetización con el discurso chavista, han comenzado a usar el término para descalificar al actual Gobierno bolivariano.

Como suelen ser los temas relacionados con el comportamiento humano, el fascismo, debido las profundas marcas y secuelas que dejó como fenómeno político en la Europa de los años treinta y cuarenta del siglo XX, por lo general no se considera como una tragedia humana siempre latente y muchas veces presente ―en mayor o menor medida, escandalosa o silenciosamente― en toda sociedad capitalista, lo que es decir sociedades estratificadas, jerárquicas, desiguales, y tanto más opresoras, represoras y autoritarias cuanto más instaurado está el capitalismo en cuestión.

Sin embargo, siempre resulta sano para el análisis recordar el contexto en el que surgen los fenómenos sociopolíticos, a fin de salvar oportunamente los tiempos históricos y geográficos cuando hoy, en la segunda década del siglo XXI, parecieran asomarse algunos de los rasgos de este retoño fatal del capitalismo. A mediados de la década pasada, el escritor Vargas Llosa planteó algunos rasgos de lo que sería el “fascismo contemporáneo”, estableciendo comparaciones entre este y el original surgido en los años de la primera posguerra. Para el literato, los rasgos característicos del fascismo de los años 20 y 30 del siglo pasado fueron el militarismo y la voracidad territorial, a diferencia del “fascismo de nuestra época”, el cual estaría caracterizado por explícitas prácticas de odio y desprecio por la condición humana.

Cuando analizamos la diferencia entre ambos fascismos establecida por el peruano, nos damos cuenta de que en el primer caso estamos en presencia de lo que afirma Franz Leopold Neuman en Behemoth: The Structure & Practice of National Socialism, 1933-1944,  y que fue citado recientemente por  Luis Britto García en su artículo “Fascismo”: el fascismo es la complicidad absoluta entre el gran capital y el Estado. En el segundo caso, que es el del fascismo de nuestra época, el autor alude comportamientos, actitudes, prácticas. En este peculiar caso, no hay estados militaristas dirigidos por jefes alucinados, delirantes y racistas que quieren establecer un imperio mundial de mil años, aunque sí algunos comportamientos sociales, rasgos de carácter, ideologías y posturas presentes en algunos grupos políticos. En nuestro caso, lo preocupante es que importantes sectores de la población venezolana se identifican o apoyan a esos grupos políticos, aunque sean grupos minoritarios.

Contextos

El fascismo, como fenómeno político ―pero también como problema de psicología de masas, como veremos― tuvo lugar en una condiciones histórico-concretas muy particulares: las de la Europa de la primera posguerra, en pleno auge de la Revolución Rusa, años en los que sobrevendría la peor de las crisis capitalistas hasta ese momento (el crack de 1929), crisis que tuvo como expresión en el campo de la filosofía, el arte y de las ideas en general, el nihilismo, el decadentismo, un auge del misticismo y un clima general de pesimismo fatalista. Fueron los años donde se publicaron obras como La decadencia de occidente, de O. Spengler, y donde surgieron teorías estéticas como aquella de la “deshumanización del arte”, de Ortega y Gasset.

En el marco de esta atmósfera de pesimismo, contra la cual se levantaron por cierto autores como Gramsci o Roman Roland, escritores como John Maynard Keynes consideraron un error catastrófico los tratados de Versalles, ya que en su opinión estos producirían en Alemania una hiperinflación y darían lugar, inevitablemente, al militarismo nacionalista. Efectivamente, este agravamiento de la situación económica trajo depauperación al pueblo alemán, el empobrecimiento de su clase media, lo cual produjo la exaltación de los sentimientos de honor y del orgullo nacional. Alemania había sido humillada y, lamentablemente, el tiempo le daría la razón al economista inglés. Pero más allá –o más acá- de estas razones político-económicas del surgimiento del Nacionalsocialismo, están aquellas que explican el por qué, en un contexto revolucionario o, donde las condiciones de empobrecimiento de la clase media y de la clase trabajadora alemana en general, en teoría estaban creando las condiciones para una transformación revolucionaria de la sociedad, esa clase media y, lo que resultaba más llamativo aún, parte importante de la clase obrera, optó por la opción reaccionaria; la mayoría de los alemanes votaría por Hitler.

Tres trabajos resultan esclarecedores para comprender qué es el fascismo y cómo surgió. Uno es La psicología de masas del fascismo, del alemán Wilhelm Reich; el segundo es La lucha contra el fascismo, de León Trotsky, y el otro es La escena contemporánea y otros escritos, de José Carlos Mariátegui. Los tres estudiaron de cerca el fenómeno desde las entrañas de la Europa sacudida por la gran guerra y la Revolución rusa. Reich, desde las primeras páginas de la obra citada, explica cómo la izquierda en Alemania se vio imposibilitada, en gran medida por el mecanicismo, el positivismo y el economicismo vulgar dominantes en ese particular marxismo, de dar cuenta del fenómeno fascista, lo cual establece un importante elemento en el análisis de nuestro tema: la responsabilidad de la izquierda en el surgimiento del fascismo.

Por su parte, el revolucionario ruso, analizando el auge creciente del movimiento nazi en la Alemania de los 30, afirmó que “el fascismo, en tanto que movimiento de masas, es el partido de la desesperanza contrarrevolucionaria.” Detengámonos en una frase que tiene la capacidad de explicar todo el proceso del auge nacionalsocialista. Gabriel de los Santos, parafraseando a Trotsky, lo explica claramente cuando establece que “el crecimiento del nacionalsocialismo estaba relacionado, básicamente, con la pérdida de la esperanza en la revolución por parte de capas cada vez más importantes de la pequeña burguesía que, a su vez, arrastraron tras de sí, en su desesperación, a sectores también considerables del proletariado. El movimiento de estas capas sociales hacia el bando fascista se dio en medio de una fuerte crisis social y de la incapacidad demostrada por parte de los partidos de la clase obrera de impulsar la revolución hacia la victoria”. Otra vez, esta vez de la pluma de Trotsky, tenemos una reflexión que señala la responsabilidad de “los partidos de la clase obrera”.

Volviendo con Reich, en uno de los pasajes de su obra, el alemán se lamenta de que no se haya considerado la experiencia fascista italiana para comprender la experiencia fascista alemana, toda vez que la italiana reunía en su seno las dos funciones netamente antagónicas si las que no se podría comprender el fenómeno del fascismo como “miedo a la libertad”. Estas son:

1) Los intereses subjetivos de la base de masas de un movimiento reaccionario como lo es el fascismo: desde esta perspectiva, el fascismo fue desde sus inicios un movimiento de las clases medias, y Hitler nunca hubiera podido ganar para su causa a este grupo sin prometerles la lucha contra el gran capital, los grandes almacenes, los truts. Dice Reich, que los dirigentes del nacionalsocialismo, presionados por las clases medias, tuvieron que tomar medidas efectivamente anticapitalistas, medidas que posteriormente tuvieron que revocar obligadamente por una presión mayor: la del gran capital. ¿Donde estaban aquí los partidos obreros, revolucionarios? ¿Parlamentando?

2) La función reaccionaria objetiva del movimiento: opuesto tanto al liberalismo como al comunismo, objetivamente el fascismo propugnó la vuelta al pasado. De tener que plantear las palabras clave de este movimiento, a todas luces estas serían: tradición, nación, raza, familia, religión y autoridad… Pero si intentamos dilucidar los dos ingredientes explosivos que dieron lugar al fenómeno, tendríamos que citar, de un lado, el empobrecimiento de la clase media, su desesperanza, su “arrechera”, y de otro, la moral sexual represiva presente en la familia media pequeña burguesa, un elemento que por sí solo merecería análisis aparte. De tal manera, se hace necesario distinguir entre la función reaccionaria objetiva del movimiento y los intereses subjetivos de su base de masas.

Así, tanto Trotsky como Reich destacan lo ocurrido con la clase media, la pequeña burguesía, su empobrecimiento, su honor mancillado, su orgullo nacional exaltado, su represión sexual, su pérdida de confianza en el proletariado y por tanto su pérdida de esperanza en la revolución, todo lo cual hace que termine apoyando al “partido de la desesperanza contrarrevolucionaria. En palabras de Trotsky:

“…bajo las condiciones de desintegración capitalista y el atolladero de la situación económica, la pequeña burguesía procura, intenta y se esfuerza por liberarse de las ataduras de los antiguos amos y dirigentes de la sociedad [los capitalistas]. Es totalmente capaz de unir su destino al del proletariado. Para eso sólo se necesita una cosa: la pequeña burguesía debe adquirir confianza en la capacidad del proletariado de llevar a la sociedad por un nuevo camino. El proletariado sólo puede inspirar esa confianza por su fortaleza, por la firmeza de sus acciones, por una hábil ofensiva contra el enemigo, por el éxito de su política revolucionaria. Pero ¡ay si el partido revolucionario no está a la altura de la situación!… La pequeña burguesía podría resignarse temporalmente a privaciones crecientes si a través de su experiencia llega a la convicción de que el proletariado está en condiciones de llevarla por un nuevo camino. Pero si el partido revolucionario, a pesar de que la lucha de clases se acentúa incesantemente, se muestra una y otra vez incapaz de unificar a la clase obrera tras él, si vacila, se vuelve confuso, se contradice, entonces la pequeña burguesía pierde la paciencia y empieza a considerar a los obreros revolucionarios como los responsables de su propia miseria. Todos los partidos burgueses, incluida la socialdemocracia, piensan en ello. Cuando la crisis social asume una agudeza intolerable, aparece en escena un determinado partido con el objetivo declarado de agitar a la pequeña burguesía hacia un blanco de ira, y de dirigir su odio y su desesperación contra el proletariado. En Alemania, esta función histórica la realiza el nacionalsocialismo, amplia corriente cuya ideología está formada por todos los tufos pútridos de la sociedad burguesa en descomposición”.

Por último, el Amauta Mariátegui, quien estuvo en Italia entre 1919 y 1922 (El Partido Nacional Fascista nace en 1920) analiza en el capítulo de la obra citada “Biología del fascismo”, el surgimiento del fascismo en Italia de la mano de Benito Mussolini quien, recordemos, venía del partido socialista.

Llegado el año 1914, cuando resonaron los tambores de la gran guerra, los socialistas ―el partido de Mussolini― exigieron la neutralidad de Italia. Pero el frenético y beligerante duce defendió la intervención de Italia en la guerra, dándole a su punto de vista una perspectiva revolucionaria, afirmando que la conflagración precipitaría la revolución europea. Pero, dice el Amauta “…en realidad, en su intervencionismo latía su psicología guerrera que no podía avenirse con una actitud tolstoyana y pasiva de neutralidad.” Resulta interesante que Mariátegui aluda reiteradamente  los rasgos de carácter de Mussolini. El hecho es que Italia participaría en la guerra junto a una Entente (alianza Inglaterra, Francia y Rusia contra Alemania) que, luego de su triunfo, no retribuyó de la mejor manera la participación de Italia, para quien la guerra terminó siendo un mal negocio. Italia sería ninguneada en el Tratado de Versalles, lo cual produjo descontento, desencanto, resentimiento.

Italia pudo sentirse ofendida y humillada. A pesar de que el clima era ciertamente revolucionario ―dice Mariátegui que Mussolini fue derrotado en las parlamentarias por los socialistas, quienes ganaron 155 escaños―, los extendidos sentimientos de depresión y decepción estaban creando las condiciones para una “violenta reacción nacionalista”. Mariátegui afirma que esta fue la raíz del fascismo en Italia. Ahora bien, el tema de las clases medias es, por supuesto, central en el surgimiento del fascismo en Italia, razón por la que el Amauta ensaya una importante caracterización de la clase media y su papel en el proceso, planteando un análisis inusitadamente similar al que hace Trosky respecto al caso alemán, con lo cual coincide también en importantes puntos con Reich. Dice Mariátegui:

“La clase media es peculiarmente accesible a los más exaltados mitos patrióticos. Y la clase media italiana, además, se sentía distante y adversaria de la clase proletaria socialista. No le perdonaba su neutralismo. No le perdonaba los altos salarios, los subsidios del Estado, las leyes sociales que durante la guerra y después de ella había conseguido del miedo a la revolución. La clase media se dolía y sufría de que el proletariado neutralista y hasta derrotista, resultase usufructuario de una guerra que no había querido. Y cuyos resultados desvalorizaba, empequeñecía y desdeñaba. Estos malos humores de la clase media encontraron un hogar en el fascismo”.

Finalmente. Toda esta reflexión no nos serviría de mucho si Venezuela no fuera un país con una gran clase media, si parte importante de esa clase media no hubiera votado ―incluyendo sectores “proletarios― por un candidato fascista semi-camuflajeado pero que pudo mostrar su verdadero rostro hace un mes; si no tuviéramos dentro de nuestro sistema de partidos políticos un partido de clara ideología y prácticas fascistas; si no tuviéramos un partido socialista que debe renovarse y replantearse. El debate, como siempre, queda abierto.

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@maurogonzag