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martes, 21 de enero de 2014

La filosofía de Leo Strauss, el imperialismo y las guerras mediáticas

Recuerda Walter Graziano en su popular obra Nadie vio Matrix, que son las teorías del filósofo de origen alemán Leo Strauss, las que se erigieron en inspiración y base conceptual de los llamados “neocons” (Neoconservadores) del Partido Republicano estadounidense, y del CFR, el think tank desde el cual la elite globalizadora petrolero-financiera maneja los hilos de los acontecimientos mundiales.

Graziano, recuerda que Strauss emigró a Estados Unidos perseguido por motivos raciales por el Tercer Reich, y que fue muy bien recibido en la conocida Universidad de Chicago, casa de estudios fundada y dirigida por los intereses petroleros, y lugar donde florecieron las teorías monetaristas de Milton Friedman, base del neoliberalismo, y donde además trabajaron los físicos que llevaron a cabo los estudios para el desarrollo de la bomba atómica.

Añade el autor de Hitler ganó la guerra, que Strauss se convirtió en una especie de gurú para los neoconservadores republicanos quienes, después de los atentados del 11/09 en Nueva York, como lo expone Miguel Ángel Contreras en Una Geopolítica del Espíritu, configuraron un escenario discursivo “anclado en una restauración de la teología-política”. Esto implicaba una “filosofía política como retorno”, lo cual no le venía nada mal a los intereses de la elite globalizadora, desde siempre darwinista y malthusiana.

Lo interesante del pasaje del libro de Graziano, es que resume el pensamiento de Strauss, plasmándolo en una premisa básica y tres líneas de acción estratégicas. Agrega el autor, para más señas, que Strauss es un continuador de las tesis de Maquiavelo, cuyas conocidas máximas no le merecieron nunca la más mínima crítica. De tal manera, como esta es la filosofía-ideología de los neoconservadores en Estados Unidos, de los cuales por cierto se pueden encontrar algunos epígonos en la ultraderecha de nuestro país, conviene que nos detengamos en las implicaciones de este pensamiento, una vez aclarada su base filosófica. Empecemos con la premisa básica, según la cual:

Por derecho natural, los fuertes deben gobernar sobre los débiles.

La premisa recuerda a los “esclavos por naturaleza” de Aristóteles, un esencialismo peligroso que evoca la doctrina del “Destino manifiesto”, dotado de una teleología muy aristotélica; las palabras de Ginés de Sepúlveda en el debate con el padre De las Casas con las que pretendió justificar la guerra y exterminio indígena, y las afirmaciones sobre el supuesto “Excepcionalismo” de EE.UU. con las que Obama sugirió, desde la tribuna de la ONU, que su país puede atropellar el derecho internacional cuando sus intereses así lo reclamen.

Por otra parte, las líneas de acción, si bien son manejadas por la elite con fines de dominación mundial, podrían ser también la fuente nutricia del accionar político de personajes más conocidos por nosotros:

1.- La mentira como necesidad: como no existen verdades absolutas, sino solo relativas, es necesario que los gobiernos mientan. Las clases dirigentes, a través de la prensa, deben difundir solo un mínimo indispensable de información veraz. En términos generales, no cabe otra posibilidad que la mentira y el engaño, con el fin de mantener bien cohesionada la fe y el optimismo de las masas en el futuro y en un sistema de valores y creencias. Así, la mentira y el engaño serían las armas para impedir el mínimo brote de escepticismo o nihilismo en los pueblos, lo cual podría conducir al desorden.

- Claramente, esta línea straussiana nos habla del perverso papel que la ideología ―entendida como falsa consciencia o “imagen invertida”― desempeña en las modernas sociedades capitalistas, mediatizadas y en gran medida condicionadas por los “mass media”. Como puede verse, son múltiples las implicaciones de esta “línea”.

- De otro lado, como actitud y comportamiento político, en Venezuela hemos presenciado hasta la saciedad como los personajes más representativos de la ultraderecha venezolana, recurren a la mentira y al engaño de manera sistemática, muchas veces obedeciendo “líneas” de los entusiastas discípulos que dejó señor Strauss.

2.- Al contrario de lo que establece la mayoría de las constituciones democráticas modernas, de carácter laico y que por tanto separan Iglesia y Estado, Strauss pensaba, a la usanza de los neocons estadounidenses con los Bush a la cabeza, que la fe religiosa y las constantes invocaciones a un dios todopoderoso (Bush hijo, incluso, hablaba con Dios) ayudan significativamente a que ese nihilismo y ese escepticismo se mantenga en el mínimo posible. De tal manera, la religión, cualquiera que sea, es una potente arma de dominio, tal como la mentira, para lograr meter en cintura, disciplinar, encolumnar, a las masas tras un líder y tras la clase dominante que, de acuerdo a la premisa básica, debe gobernar una sociedad o país por “derecho natural”.

- Este lineamiento pretendería aprovecharse de la necesidad de trascendencia presente en el alma humana, dándole un uso convenientemente político. Recordemos con Ludovico Silva, que los sacerdotes fueron los “primeros ideólogos”, dotados de autoridad carismática y de conocimiento trascendental. En 15 años de Revolución bolivariana, si hacemos un repaso del papel de la iglesia nos daremos cuenta de cómo su autoridad ―hoy bastante maltratada y socavada― fue utilizada siempre para canalizar intereses políticos criminales y antipopulares. Estaríamos en presencia aquí de un importante factor teológico-político, escolástico-medieval, propio de Strauss, capaz incluso de poner entre paréntesis el supuesto laicismo de nuestras sociedades modernas.

3.- La base de cualquier Estado y de cualquier gobierno es la existencia de un enemigo. Luchar contra un enemigo común sirve para aglutinar y mantener cohesionadas a las masas. Si bien un enemigo externo a un Estado puede aparecer de manera espontánea o imprevisible, según Strauss, y aquellos que siguen y practican su pensamiento, si ese enemigo no aparece, no existe, es necesario crearlo. Si no se puede echar mano de uno, este debe ser fabricado, porque sin la existencia de un enemigo poderoso al acecho se corre el riesgo de que se den las condiciones para que surjan importantes grados de disenso interno, el cual podría poner en cuestión la conducción del Estado y el dominio de un país por la clase “ungida” por derecho natural, es decir, los más fuertes. Lógicamente, en un sistema capitalista, los más fuertes son por lo general los más ricos.

- Una línea aplicable sobre todo a estados territorialmente extensos y culturalmente heterogéneos, ciertamente como Estados Unidos, pero sobre todo a aquellos países de vocación imperialista dirigidos desde las sombras por élites capaces de asesinar presidentes, organizar increíbles auto-atentados y crear enemigos de la nada, incluso sacarlos de entre el viejo grupo de “aliados”.

En resumen, mentir, usar la fe religiosa, y crear enemigos de la nada, nos da un resultado interesante: hegemonía, una situación de dominación-dirección construida en lo esencial por ese conglomerado ideológico-condicionante, hoy en el ojo del huracán en Venezuela: las empresas de información y “entretenimiento” llamadas medios de comunicación.

@maurogonzag

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