Palabras clave: Batalla de ideas, política, crítica, transformación, diálogo, innovación, cambio de época, amplitud, bloque histórico, lectura, análisis, verdad, belleza, sueños, liberación.

martes, 13 de agosto de 2013

El viernes del atardecer púrpura


El viernes 19 de julio amaneció gris y templado, como escarmentado por la primera tormenta eléctrica de verano que había caído la noche anterior, y que se extendió hasta la mitad de la madrugada. Los eucaliptos y los pinos resonaban sus hojas y tambaleaban sus troncos. Tenía una leve resaca de ron que tenía tiempo sin padecer y mi cabeza parecía más pesada.

La telepantalla de mi pieza se encendió a las siete en punto. La había programado a esa hora porque debía asistir a un curso especial en el que me había anotado para no perder la oportunidad, aunque sin tener la seguridad de que podría terminarlo. Ya había faltado una vez, y esa ausencia me había privado del certificado. Una falta más y no aprobaría el curso. En esas meditaciones estaba mientras daba vueltas en la cama, y al final decidí no terminar el curso y quedarme en casa. Más aún, luego de constatar que las vías estaban trancadas por algún tronco caído y el siempre excesivo tránsito vehicular.

Con una sensación como de sueño interrumpido y con un leve mareo, hice mis ejercicios matutinos, los cuales en algo ayudaron a poner mi cabeza de nuevo en su lugar. Mientras saboreaba el café sentía la piel como reseca, y la brisita fría que se colaba por el resquicio de la ventana parecía exacerbar esa sensibilidad. El ron corría por mis venas, el gris del cielo de esa mañana parecía demasiado claro. Empecé mi rutina con suavidad. Abrí varias páginas web y di con un blog cuyo fondo blanco me pareció escandaloso. El contraste de ese blanco con las letras negras, extrañamente incomodó mis ojos.

Súbitamente, sobrevino un deslumbramiento y unas extrañas luminiscencias en la periferia de la mirada me saboteaban la lectura. Pensé en el fondo blanco del blog, que no era el sol, y me dije que algo extraño estaba pasando. Cerré los ojos y me tapé la cara con las manos. Ahí estaban las luces, como hacia la derecha, cínicas, como burlándose de mí. ¿El cuerpo, mi cerebro, me mandaban una señal? Una leve preocupación quiso invadirme, pero como no me sentía mal me dije que no podía ser nada grave salvo el efecto de haber tomado más ron de la cuenta.

Ese viernes se cumplían 34 años de la Revolución sandinista, y esa era una de las noticias del día, más allá de que fuera una efeméride, que las hay todos los días. Recibí la luz de las manos con cruces con toda la Fe de siempre, después de semanas alejado de su fuerza purificadora. El deslumbramiento duró cerca de media hora. Al sentarme frente a la pantalla luminosa, mis ojos tras los cristales leyeron como siempre y ningún fondo blanco pudo molestarme. La mañana avanzaba inexorable y, otra vez la resaca, recordé a Gina y quise tenerla a mi merced, al alcance de mi cuerpo.

Traté de ser dueño de mis pensamientos, habían pasado cuatro meses sin saber de ella. Sentí que debía llamarla y sorprenderla. La extensión de su oficina no respondió. Le escribo en inglés y de una le digo que la quiero ver y para mi sorpresa se muestra receptiva. Ese viernes 19 de julio sigue deparando detalles interesantes, me dije. Leí algunas páginas de Vicente Romano sobre la manipulación mediática y me salió un artículo sobre el tema. Esas páginas despertaron mi apetito lector para interrumpir el libro que estaba leyendo y tomar la obra periodística de García Márquez, la cual inicié con el placer y la voracidad del antropólogo que da con la prueba del “eslabón perdido”.

Cuando vi la hora habían pasado las cuatro. En eso sonó el móvil, el cual atendí ―inusualmente― sin ver el número en la pantalla. La voz preguntó por mí con una extraña seriedad, y sin preguntar de parte de quién respondí con expectante seriedad que sí, que hablaba con Mauro Gonzaga. De inmediato me dijo su nombre, de donde llamaba y para qué llamaba, y esa fue la verdadera noticia del día. Me informaban que era el ganador del Premio Stefanía Mosca, las Crónicas de la ciudad del bajo se lo habían merecido. Dije que no podía ser, que era un notición. La llamada fue breve, tanto, que después pensé que se trataba de una mala broma.

Pero era verdad. Al salir a darle la buena nueva a mi madre, con las manos juntas y benévolas, me dijo que ella lo sabía, que la noche anterior se había acordado del libro, que le había dicho a no sé quién que ganaría ese concurso. Ese día el atardecer fue púrpura, la resaca había desaparecido, y para cuando llegó la noche había dado con dos películas cuya trama giraba en torno a escritores, lectores y librerías. Entre las vueltas en la cama al amanecer de la tormenta, y el atardecer profundo y el buen cine, estaba el brillo plateado de las narraciones de Buenos Aires. Esa fue la noticia del día y para mi, puede que la noticia del año. Volví a saber que las señales existen.

Mauro Gonzaga