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viernes, 4 de abril de 2014

Entre guarimberos, infiltrados y piqueteros, la irracionalidad de la antipolítica

El pasado 12 de marzo ocurrió un hecho violento en medio de una vía pública de Buenos Aires, Argentina, que guarda interesantes similitudes con los hechos vandálicos que grupos violentos han venido perpetrando en varias ciudades del país desde principios del mes de febrero. Junto a las analogías, nos interesa destacar el contexto en el que ocurren ambas situaciones, con la intención contribuir al esclarecimiento de este confusionismo simbólico en el que los golpistas de cuarta generación han querido sumergirnos en las últimas semanas.

Ese día, trabajadores portuarios realizaban un piquete ―a continuación lo definiremos―  en el puente Nicolás Avellaneda, el cual une a dos localidades de la mencionada ciudad, cuando una pareja intentó pasar en moto a través de la protesta. De inmediato, algunos manifestantes se abalanzaron contra el motorizado y su compañera y los golpearon salvajemente. Pero además, al hombre lo lanzaron del puente, caída de algunos metros que lo dejó en estado de gravedad, toda vez que ya tenía serias heridas en la cabeza producto de los golpes que le dieron.

El hecho, si bien puede calificarse de brutal, se reviste de un especial dramatismo si consideramos que el motorizado era discapacitado, usaba una pierna ortopédica y su mujer estaba embarazada y estaba teniendo una pérdida, tal como lo informaron al día siguiente en el programa Visión 7 de la TV Pública Argentina. El ciudadano tenía una emergencia, y necesitaba ejercer su derecho al libre tránsito para afrontar una delicada situación de vida o muerte. Pero se encontró con el piquete y miren lo que le pasó.

Piquetes y guarimbas


Un piquete, es una forma de protesta que consiste en trancar las calles, caminos o rutas, con el claro objetivo de imposibilitar la circulación por esas vías. Quienes practican este tipo de protestas se llaman piqueteros, un tipo de activistas nacidos a mediados de los noventa en Argentina del movimiento de trabajadores y principalmente de los ciudadanos desempleados organizados. Un piquete se considera una medida de fuerza, algo así como el último recurso de protesta cuando los que manifiestan se encuentran en una situación desesperada o cuando no han sido tomados en cuenta en manifestaciones de otro tipo.

En Venezuela, las llamadas guarimbas o barricadas ―ambos términos que han sido mal utilizados―, que como los piquetes son acciones de “protesta” basadas en la tranca de calles o avenidas, hasta ahora se han cobrado la vida de 36 personas, de forma directa o indirecta. Sin duda, que la violencia de Venezuela desborda el episodio porteño, si consideramos factores como el uso de francotiradores para asesinar a quien se atreva a quitar los obstáculos de las vías, o la colocación de alambres de púas con la intención de asesinar a motorizados como el infortunado del Puente Avellaneda. Sin embargo, conviene que nos centremos en los hechos concretos de violencia y su relación con la “protesta”, lo cual nos llama a ser más contundentes con la definición de una realidad que, de cara al contexto internacional, está siendo difundida desde una perspectiva sesgada y manipuladora.

Las últimas muertes ocurridas en Venezuela relacionadas con estos “piquetes”, fueron las del Sargento Mayor de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) Miguel Antonio Parra, de 42 años de edad, asesinado este lunes por grupos vandálicos en la avenida Las Américas, ubicada en la parroquia Spinetti Dini del municipio Libertador de Mérida, mientras levantaba escombros de una unidad de transporte que fue incendiada el domingo. En ese momento, grupos terroristas armados de la oposición comenzaron a disparar hiriendo mortalmente al sargento ayudante de la GNB e hiriendo a otros presentes, tal como denunció Alexis Ramírez, gobernador de la entidad andina.

Por otra parte, la noche del pasado domingo, Adriana Urquiola, de 28 años de edad y con cinco meses de embarazo, fue alcanzada por una bala en el sector Los Nuevos Teques, municipio Guaicaipuro del estado Miranda. La joven, se había bajado de una unidad de transporte público que se había quedado atorada en el tráfico debido a los obstáculos que los guarimberos habían colocado, y que impedían la libre circulación. El alcalde de la entidad, Francisco Garcés, explicó que una persona que transitaba en un vehículo fue interceptada por grupos violentos y el conductor, ante los asomos de asedio y agresión, sacó un arma y descerrajó algunos disparos, hiriendo a una joven en un brazo y asesinando a Urquiola.

Ahora bien ¿Quién se responsabiliza por las agresiones y las muertes? Resulta interesante que el caso del Puente Avellaneda, los dirigentes del Sindicato de Trabajadores Portuarios SUPA, organizadores de la protesta, hayan esgrimido que ellos no tuvieron nada que ver con el hecho violento, atribuyéndolo a posibles “infiltrados”. Suena bastante familiar. Sin embargo, luego de los hechos el Secretario General de este sindicato no dudó en renunciar a su cargo. También, distintas crónicas dan cuenta de que hubo trabajadores que intentaron defender al motorizado y a su pareja, y que se generó una pelea entre ellos cuando lanzaron a aquel por el puente.

En Venezuela, si bien la determinación de las culpabilidades no está tan clara como en el caso de la agresión a un individuo y su pareja cuyos agresores todo el mundo pudo ver, las investigaciones y los dispositivos de seguridad han dado con los responsables de estas muertes en virtud de intensas y minuciosas investigaciones y trabajos de inteligencia. Pero ¿Qué dice la dirigencia política, en este caso, los líderes de la oposición venezolana, frente a la destrucción y la muerte que ha causado el vandalismo y las acciones terroristas que un sector de ellos instigaron? Nada, que hay que controlar a los “motorizados” y a los “colectivos armados”, los cuales se infiltran y causan las muertes, y en el mejor de los casos que no están de acuerdo con la violencia ―sin condenarla― dando a entender que el Gobierno es el responsable de las "protestas", debido a la  escasez y criminalidad. De tal manera, que en ambos casos se pretende recurrir al comodín de los infiltrados para escurrir el bulto, toda vez que en el caso venezolano no estamos hablando de una protesta, como sí lo fue la del puente Avellaneda.

¿Quién tranca las vías y por qué?


Explica Luis Bruschtein que los cortes de ruta comenzaron a mediados de los noventa “como expresión de una situación desesperada en poblaciones absolutamente alejadas, con sus industrias y comercios quebrados, con la mayoría de sus jóvenes desocupados, y absolutamente fuera del foco de atención en la Argentina”. “Fuera del foco de atención” significa poblaciones excluidas y abandonadas a su suerte, quienes empezaron a practicar los piquetes en las rutas como expresión de su desesperación para llamar la atención sobre una situación de vida o muerte para esas comunidades. Bruschtein, recuerda que los piquetes nacieron como un producto de la más cruda desesperación que obliga a tomar medidas de fuerza como último recurso para ser tomado en cuenta como comunidad o grupo social, y que estos llegaron a Buenos Aires, acentuándose, durante la crisis de 2001 en ese país.




Tiene sentido. Sin embargo, incluso este piquete no deja de tener un componente irracional, si consideramos que esta protesta no fue una manifestación de todo un gremio sindical, ni tuvo un carácter estrictamente patronal, sino que respondió a un conflicto intersindical en el que, como explica Bruschtein, 11 trabajadores decidieron desafiliarse de un sindicato para afiliarse a otro, lo cual descubre una lectura que nos dice que un motorizado discapacitado fue lanzado de un puente como producto de un piquete realizado por un sindicato que está en conflicto con otro sindicato. Con todo, si ese grupo de trabajadores hubiera estado en una situación desesperada, mermada su calidad de vida o con muchos meses de paro, tal brutalidad tampoco se hubiera justificado.

Al volver al caso venezolano, salta a la vista una cosa. Si este episodio, seguramente olvidado ya por los medios en Argentina, ciertamente causa indignación por el lamentable sino de sin sentido que lo señala ¿Cómo comprender el caso de la violencia practicada en las trancas de vías en Venezuela y las 36 muertes que estas han ocasionado en las últimas seis semanas? Cualquiera que venga a Venezuela, o que tenga la suficiente inteligencia para separar el grano de la paja en medio del maremágnum mediático, podrá darse cuenta de que lo que ocurre en este país se relaciona más con lo que dijo, agudamente, el escritor colombiano William Ospina o, lo que afirmó la periodista de The Guardian que estuvo cubriendo los hechos de las guarimbas violentas que realizaron en algunos municipios del país, que con lo que dice gente como la ex diputada María Machado y el conglomerado de medios nacionales e internacionales que se hacen eco de esas mentiras.

Cuando los ricos protestan y los pobres celebran, eso da cuenta de un país bastante raro, si bien en el resto del mundo ocurre lo contrario, dijo William Ospina, palabras más, palabras menos. En Venezuela lo que hay es “una revuelta de los ricos”, dijo por otro lado la periodista de The Guardian, desde la visión objetiva de alguien que viene de afuera y ve las cosas en perspectiva. El carácter conspirativo, insurreccional, violento y golpista de las acciones de los grupos que piden “la salida” del presidente Nicolás Maduro, explican por sí mismas el carácter ilegitimo, irracional y hasta fascista de las “guarimbas” “piquetes” o “barricadas” con las que han provocado la muerte de decenas de venezolanos, incluyendo seis efectivos de la guardia nacional.

Y si bien hoy está claro que dichas acciones no se pueden llamar protestas, nos parece que hubo cierta dilación en llamar a las cosas por su nombre desde las primeras de cambio. Recordemos que el mismo 12 de febrero hubo una marcha de los estudiantes opositores que degeneró en acciones vandálicas que destruyeron la fachada de la sede principal del Ministerio Público, la plaza adyacente, unidades de la policía científica y donde asesinaron a dos personas. En esa oportunidad, no parecía fácil distinguir entre protesta, marcha, vandalismo, violencia, colectivos, estudiantes, motorizados, guardias nacionales y policías, y las empresas mediáticas se encargaron de confundir a los actores de la escena para, de un lado, diluir responsabilidades, y de otro, endosar culpabilidades a los “infiltrados” del día: los tupamaros.

Pero, aparte el problema con las definiciones, difícilmente se pueda engañar a la población de un país en la era de los smart phones. Las imágenes y los videos tomados ese día y durante el resto de las aciagas jornadas guarimberas, no dejan lugar para dudas, salvo por el hecho de que muchos de los protagonistas de la violencia tapaban sus rostros. Y es que ¿Tenían algo que temer? Con todo, muchos serían identificados. Estamos en presencia entonces, de vulgares acciones golpistas que incluso están usando terroristas y mercenarios extranjeros solicitados por Interpol. Pero, volvamos a lo básico de la cuestión.

Volviendo al caso de Avellaneda, cuenta Bruschtein hacia el final de su intervención que hasta Facundo Moyano, hijo del dirigente máximo de la CGT, Hugo Moyano, repudió los hechos del Puente Avellaneda, calificando lo ocurrido como un abuso de las “medidas de fuerza” que terminan por favorecer las "posiciones autoritarias". Por su parte, la presidenta Cristina Fernández se preguntó, como muchos nos hemos preguntado acá, si 10 personas tienen derecho de realizar un corte de vías que impidan a miles de personas llegar a sus trabajos, escuelas y universidades o, generar situaciones graves de violencia. De tal manera, parecen haber límites ético-políticos en la práctica de “medidas de fuerza” como lo son los cortes de rutas que tienen la capacidad de afectar la vida de una ciudad y un país.

Nos parece que Bruschtein alude el meollo de la situación cuando afirma: “Cuando no hay una relación entre la medida de fuerza y el reclamo que se está planteando, esta medida termina siendo simple y llanamente una acción política y una forma de aprete que no tiene nada que ver con una medida de fuerza de tipo sindical; la termina desnaturalizando y genera una situación contraria para los mismos trabajadores.”

Efectivamente, en Venezuela no existe una relación entre las “medidas de fuerza” (el vandalismo, las guarimbas, la violencia), y los reclamos que se están planteando (Maduro vete ya). Estas son simple y llanamente acciones políticas (Esta vez subversivas y golpistas), formas de aprete (Medidas de presión y chantaje) que no tienen nada que ver con reivindicaciones legítimas de alguna organización social. Más aún, los guarimberos y sus aliados se han desnaturalizado y han generado situaciones contrarias para ellos mismos, las poblaciones que han asediado y bloqueado, y para la oposición que no nunca condenó categóricamente la violencia.

Finalizamos con un comentario dejado por una usuaria que leyó la reseña de los hechos de Avellaneda, publicada por Infobae.com. La usuaria se hace llamar “Anti Kirchner”, y dice:

“Llegó la hora de empezar a cortar los piquetes, empezaré a usar mi derecho a circular libremente, a quien me lo impida le pasaré por encima”.

La irracionalidad engendra irracionalidad, y hacia allí nos quieren llevar, pero fracasarán.

* Publicado originalmente el 26 de marzo de 2014 en PoderenlaRed.com
@maurogonzag