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sábado, 22 de noviembre de 2014

Ascensión, muerte y resurrección en el Barolo

El palacio Barolo, edificio ecléctico alusivo a La Divina Comedia, del Dante.

Crucé el umbral del Palacio Barolo, acaso el edifico más interesante de la Buenos Aires monumental. La última vez, me había limitado a captar sus formas eclécticas desde alguna esquina de la Av. de Mayo. Había leído que el arquitecto Mario Palanti era un discípulo del Dante, y que el edificio era alusivo a La Divina Comedia. También, que en Montevideo habían erigido al hermano del Barolo.

El día anterior había hecho mi reserva por teléfono, antes de entrompar la calle. Después de dar mi nombre, compré mi ticket a la joven de la taquilla. Llevaba un sombrero negro que le lucía muy bien, y se lo dije. Se mostró receptiva, simpática. Resultó que el palacio tiene su propio vino, sus anécdotas, su misterio. En pocos minutos empezaba la visita guiada hasta la cúspide de la estructura, de 100 metros de alto por los cien cantos de la obra, y de 22 pisos por los 22 capítulos que estructuran el impresionante poema del Dante. Cada columna, detalle, forma, tiene un significado y guarda alguna relación con la excelsa pieza literaria; nada es casual entre el piso y las bóvedas de ese palacio. Flores de liz en la punta de las manecillas del ascensor grande, señales de la masonería a la que el empresario Barolo y el arquitecto Palanti estaban vinculados.

Sobre el hermano uruguayo del Barolo había charlado hacía pocas semanas con el compañero Miguel Guaglianone, desde la Casa de las Primeras Letras Simón Rodríguez, en Caracas, lugar que nos reunió en varias oportunidades durante este singular año; especial por lo duro, por lo vertiginoso de las transiciones, reacomodos y repliegues. Cuando aparece la incertidumbre, cuando se siente que todo recomienza y los hechos convalidan las viejas críticas, la estética, más que un refugio, se convierte en oportunidad para seguir creando desde la magia profunda de la belleza, aprovechando la riqueza de los personajes circundantes.

Así como Virgilio lleva al Dante, y con el al lector, por un recorrido espiritual simbólico desde los 9 círculos infernales hasta el paraíso, pasando por el purgatorio, quien decida dejarse guiar por el templo de la Av. de Mayo deberá entender que será conducido desde “el infierno”, la planta del edificio, hasta el paraíso, el poderoso faro que volvió a iluminar a la ciudad con la llegada del bicentenario, ubicado en la cúspide de la torre.

Una visita mística, puedo decir. Un paseo interesante que sugiere que vivimos en un infierno del que solo podemos salir por breves interregnos, mientras mantenemos la lucha por una mejor sociedad o cuando ascendemos al faro del palacio, desde donde se siente la respiración de la hermosa la grande, y se puede divisar el río plateado. Calvino (Ítalo), decía que el infierno no era algo que, como el paraíso, podía venir después de la muerte, sino que el averno era el conglomerado de los hombres y mujeres que hacían la vida cotidiana del mundo. Calvino era de la opinión de que existían dos maneras de no quemarse con esas llamas: hacerte parte del infierno hasta el punto de no sentirlo y dejar de verlo, o buscar y asociarte con todo aquello que no sea hades, y que seas capaz de encontrar en medio de los caminos del mundo moderno, empedrado de tecnologías al servicio del carretero.

Ascendí por los ascensores y escaleras del Barolo hasta el estrecho paraíso, un faro que te puede dejar tieso con un pase de corriente, por lo que recomiendan no tocarlo. Allí nos sentamos siete ocho personas, escuchando al joven Virgilio, cuya charla tenía duplicada en el idioma inglés. Allí sentados, todos vimos la ciudad del bajo en un día normal, una aglomeración moderna que, como muchas o todas, pueden ser llamadas “infernales”, aunque puedan ser también ciertos purgatorios y cielos abiertos al paraíso. Guaglianone, dirigió por mucho tiempo el barómetro de la geopolítica internacional, fue premio nacional de crítica de arte y leyó con avidez las Crónicas de la Ciudad del Bajo; perteneció, sin duda, al contingente de los que rehusaron siempre aceptar las líneas del infierno. Por buscar espacios libres de su tormento y tratar de liberar otros más, fue perseguido por sus furibundos gorilas

La noticia de su muerte me llegó esa mañana. Lamenté no estar en Caracas para despedirlo, pero desde el paraíso del Barolo lo saludé, tratando de extender la mirada hasta el faro del palacio erigido en la capital de su patria natal.

@maurogonzag