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martes, 4 de febrero de 2014

El país necesitaba enrumbarse definitivamente por un camino mejor


Después del 27 de febrero de 1989 se había hecho más o menos habitual escuchar ráfagas de ametralladora, y los tiroteos se habían hecho tan habituales como las protestas estudiantiles, gremiales, de todo tipo. Los rumores del pueblo arrecho y el sonido de la detonación lacrimógena se habían hecho parte del paisaje cotidiano.

Más de 20 años después, recurriendo a la memoria de la vida, rememorando las sensaciones de aquellos años, puedo decir que la marcha de los acontecimientos se había acelerado, había algo en movimiento. La explosión del 89 había sido sofocada solo en parte. Una llama se había encendido sin poderse apagar. Por eso, los estruendos que nos despertaron la madrugada del 4 de febrero no nos sorprendieron.

En los bloques de Pedro Camejo, en Sarría, concebidos y construidos hacia la mitad del siglo pasado para los militares, no se tenía un buen recuerdo de los primeros días de la “democracia”, porque lo primero que hizo Betancourt fue allanar violentamente cada apartamento en busca de alguna señal de apoyo al dictador Pérez Jiménez, cuando no algún símbolo que hablara de comunismo, ese “demonio” rojo e incomprendido que “por alguna razón” era perseguido con saña por los hombres de armas.

En aquellos días, la democracia había entrado a la pieza con todo su espíritu represor tumbando puertas. Mi abuelo les había dicho que no estaban metidos en política, y que la puerta del baño estaba cerrada porque su señora estaba haciendo sus necesidades, atacada tremendamente por los nervios. Ese 4 de febrero, cuando encendí el televisor, se hablaba de una intentona de golpe, de unos militares alzados. En ese momento, vi al Comandante, hidalgo, gigante, asumiendo la responsabilidad de lo que había sido un movimiento cívico-militar que había querido derrocar al “gocho”, un presidente que se había metido en tremendo peo con el pueblo y hasta con la alta dirigencia de su partido.

Me emocioné. Experimenté algo parecido a lo que siente el rehén que sabe que una operación de rescate se ha puesto en marcha para rescatarlo. Intuí, que esa madrugada muchos habían arriesgado la vida por el país, por la dignidad perdida de un país que era el país de los Libertadores, nada menos que eso. Despuntando el alba me asomé a la ventana y vi a la vecina, expectante, diciendo que había una lucha entre pandillas o una guerra entre policías y malandros, o algo así. De inmediato le di la primicia, recurriendo a la expresión golpe de Estado. Le dije que encendiera el famoso aparato, que nunca pareció ser tan útil como en ese momento.

Esa bizarría de Chávez y sus compañeros nunca la olvidamos. Y 22 años después, cumplida su alta misión, sabemos que aquella acción no fue un atentado contra el orden constitucional, porque este había sido quebrado desde 1989 y el país necesitaba enrumbarse definitivamente por un camino mejor. 

@maurogonzag