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miércoles, 18 de junio de 2014

Den Xiaoping está en Caracas, y quiere la cabeza de Mao

Reflexiones en torno al artículo ¿Qué hacer en esta etapa de la Revolución?

El ambivalente discurso latinoamericano sobre la modernidad, que rechaza la dominación europea pero que internaliza su misión civilizadora, ha adoptado la forma de un proceso de auto-colonización que asume formas diferentes en distintos contextos políticos y períodos históricos”. Fernando Coronil, El Estado Mágico.

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Después de leer el texto de Temir Porras y constatar el incipiente debate que está generando, aprovechamos para hacer algunos comentarios y aportes sobre algunos de los temas sensibles en discusión. Aunque no sea nada pragmático, parece que intercambiar y discurrir sobre abstracciones como los tipos de liderazgo, los modelos económicos y modos de organizar la sociedad, aún puede incidir en los procesos de intervención en la realidad social concreta.

Soy optimista, y creo sinceramente que todos debemos pensar que Venezuela y el proceso político que le devolvió su dignidad estarán a la altura del desafío, que sin duda es uno de los más grandes por tratarse de superar el “período crítico” que se inició en la Revolución con la desaparición física de su motor fundamental, el Comandante Hugo Chávez. Sin embargo, mi optimismo no es panglossiano como el de muchos compañeros con los que uno se topa con frecuencia, quienes ante la crítica fundada te responden que nada peor como la cuarta república, que hay que ver como cambió este país. Nadie duda ni niega que el país cambió, pero no todos entienden la importancia de la crítica.

Ciertamente, después del 5 de marzo de 2013, con todo y la clara directriz que había dejado el Comandante el 8 de diciembre de 2012 en la que definió con absoluta claridad quien tomaría el timón político de la Revolución, se inauguró un período de incertidumbre política, propiciado más por el dolor de la fatalidad que por no tener la certeza de qué hacer y cómo actuar. Pero, como también era verdad que Chávez era el dique político y moral que supo derrotar a la reacción, y como estadista mantener controlada a la oposición y sus alocados planes, la guerra económica que se inició a finales de 2012, aunado a los errores cometidos, a la fecha ha generado un “escenario económico complejo” que, como dice Porras, podría afectar negativamente la base social de la Revolución.

El autor, de un lado reconoce que las amenazas externas se han recrudecido desde la partida del Comandante y no es un dato menor, dado que solo por ahí tendríamos criterio para destacar la magnitud del reto que tuvo que afrontar Maduro ―y que hoy lo sigue haciendo― luego de haber derrotado una campaña nacional, regional e internacional que no la vimos ni con Chávez pues. Además, toda esta conspiración se tuvo que afrontar en el marco del debilitamiento general en que quedó el portaaviones revolucionario en ausencia de su “gran timonel”.

Dice Porras que “en este momento debemos concentrar nuestros esfuerzos en examinar nuestra propia capacidad de generar políticas que nos hagan avanzar”. No podemos estar en desacuerdo, sobre todo porque es un planteamiento que se hace luego de superar varios meses de cruda incitación a la guerra civil, por lo cual cabría el acuerdo con el fragmento que sigue, donde se pide no “fijar el foco en quienes buscan distraernos y desestabilizarnos”, algo solo posible ahora, solo ahora, con todo y que los planes conspirativos no se detienen.

Aunque no lo dice directamente, hay un claro llamado a trabajar para derrotar ciertos flagelos “que tienen que ver con nosotros mismos”, como la corrupción, la desorganización, el burocratismo, toda vez que en un Gobierno donde la Revolución es la que está en el poder, nadie puede atribuir sus problemas como “principal responsable”, a la oposición. En este punto, no compartiría la responsabilidad en partes iguales, pero cuidado con el grado de responsabilidad que puede tener una oposición que casi nunca ha asumido el rol que le corresponde y que parece haberse quedado enganchada en el golpismo, tal vez por lo lucrativo que para ella suele ser.

Ahora bien, antes de comentar críticamente los planeamientos hechos por el autor en los tres ejes centrales que define como las tres grandes áreas donde habría que cambiar o rectificar, me permito hacer una lectura del párrafo en el que reflexiona sobre los grandes logros de la Revolución:

“Cada logro constituye el piso sobre el cual se debe construir otro logro superior, y no solamente en términos cuantitativos, sino, lo que es más complejo, cualitativos también. Venezuela debe seguir teniendo el mayor sistema público de educación, el más masivo sistema público de salud y el acceso más democrático a las tecnologías, pero debe también  construir escuelas y universidades de excelencia, garantizar la mejor calidad de servicio médico, así como la más alta velocidad de conexión a la red, a la par de los mejores estándares internacionales. Una cosa no es pretexto para sacrificar la otra”. (Cursivas nuestras).

Lo hemos dicho en otras oportunidades, y puede que estemos en el mejor momento para pasar de una etapa de inclusión masiva en una estructura, a la transformación de esa estructura. Sería un error concebir a la Revolución como un mero proceso de inclusión, con toda la belleza y el perfil romántico de la escena del adulto mayor aprendiendo a leer en la Misión Robinson. Venezuela puja por un salto cualitativo, por una radicalización de la democracia como democratización real, constante y permanente, lo cual quiere decir, junto al acceso a lo que estaba vedado, acceso a todo lo demás y acceso a una mejor calidad.

Añadamos, que existe en el “polémico” artículo, un llamado transversal a la revisión de la estrategia, lo cual no puede menos que recordarnos los reiterados llamados a la aplicación de las fementidas tres erres que en su momento hiciera el Comandante, y más recientemente, de nuevo de la mano del estadista cuya visión y creatividad lo llevaban a plantear virajes en la orientación política cuando así lo dictaban las circunstancias, el “golpe de Timón”.

También, manifestemos nuestro acuerdo con la necesidad de que la discusión de los grandes temas centrales que todo proceso al socialismo debe plantearse, sea “abierta y profunda”, un debate de altura que debe permitir que se expresen todas las tendencias, corrientes y sensibilidades revolucionarias, con la madurez necesaria para que este debate, que puede caldearse en el más diverso grado, no afecte la unidad del movimiento bolivariano. Como signo de nuestros tiempos, consideramos un imperativo la divisa de la cooperación, la complementariedad y la construcción de la unidad en un todo integral que sea producto de la condensación de la diversidad de los imaginarios revolucionarios, bajo el sencillo método de centrar el debate en las coincidencias teórico-metodológicas y ético-políticas y no en las diferencias, para que el debate pueda llegar a buen puerto o, a algún puerto. Y para esto se necesita, si Fidel Castro tiene razón, más que disciplina consciencia revolucionaria.

Sobre el liderazgo del presidente Nicolás Maduro

Evidentemente, el liderazgo carismático es un fenómeno político que hemos visto en América Latina en diversos períodos históricos, y sería bastante raro que se repitiera en un mismo país en intervalos de tiempo de unos pocos años, para no decir que son irrepetibles. Así como hubo un solo Perón en Argentina, así habrá un solo Chávez en Venezuela.

Ahora, la necesidad de avanzar hacia la construcción de un liderazgo colectivo, siempre bajo la dirección de Chávez, fue una propuesta que se planteó en 2009 durante una reunión de intelectuales realizada en el Centro Internacional Miranda, ante la evidencia de que el Comandante se estaba echando el país al hombro y que dicha situación no podía sostenerse en el tiempo. Pero también, un liderazgo colectivo sería la continuación lógica y necesaria luego del paso tempestuoso del liderazgo telúrico, el cual sobrevino, como recuerda Porras, para hacer renacer a Venezuela de sus cenizas.

De tal manera, que sobre el punto coincido con el compañero Víctor Hugo Majano, cuando este afirma que no hay contradicción entre el liderazgo personal y la necesidad de construir un liderazgo colectivo, considerando que el liderazgo de Maduro es diferente al del Comandante. Esto último, por cierto, es tan tautológico como aquello de “Maduro no es Chávez”. También, agreguemos que un liderazgo colectivo no es que no sea algo propiamente chavista, sino que no se correspondía ni logró corresponderse, dadas las circunstancias del país, con la personalidad de Hugo Chávez. Y es que el “mande comandante” ¿No fue siempre una expresión de lo avasallante de este tipo de liderazgo?

Sin embargo, coincidimos en que la jefatura política de Nicolás Maduro no puede limitarse sólo a la preservación del legado del Comandante, ni pude seguir considerándose al presidente como un mero hijo de Chávez. Lo primero, sería recortar las expectativas revolucionarias y darnos por incapaces; lo segundo, podría resultar contraproducente para la construcción de un liderazgo propio. Es un hecho, que el Presidente se ha metido de frente con problemáticas que en el marco de la épica lucha política Revolución y patria Vs. golpismo y antipolítica, quedaron inevitablemente descuidadas. Dos ejemplos: la violencia y el carácter rentista de nuestra economía. Ningún pueblo del mundo puede depender eternamente de un Savonarola, y en el caso de Venezuela, recordemos que hasta la oposición vivió y se desvivió en su oposición a Chávez. Desaparecido físicamente este, hasta ella quedó desconcertada.

Considero clave el siguiente párrafo: “a Nicolás Maduro se le ha reconocido en su función de Presidente de la República, pero no como jefe político del chavismo , con el derecho y el deber de imprimirle su visión personal a la construcción de la Revolución, trascendiendo la simple función de conservador del legado del Comandante”. Esta afirmación, podría alimentarse de la idea según la cual la obediencia y la lealtad hacia Maduro de algunos cuadros medios y dirigentes ubicados en distintos sectores políticos e institucionales, viene exclusivamente de la memorable alocución de Chávez del 8 de diciembre de 2012. Desde este punto de vista, esa es una visión que comienza a trascenderse.

¿Ha llegado para la revolución la etapa del pragmatismo?

Ciertamente el liderazgo de Maduro es “más flexible” y ciertamente tiene rasgos fuertemente pragmáticos. En más de una oportunidad, sus críticas a la reflexión intelectual y su manifiesta molestia con algunos señalamientos han dejado ver ese pragmatismo, y nos parece que en la mayoría de los casos ha tenido la razón. La pérdida de contacto con la vida social concreta, como producto de análisis enmarcados en teorías que son presentadas a veces como más reales que la propia realidad, es una de las razones que desprestigian la reflexión intelectual y que abre paso al pragmatismo, aunque lo sensato siempre sea la dialéctica entre un proceso intelectual amplio, transdiciplinario y holístico, y el mundo real, el cual siempre desbordará a las teorías particulares.

El pragmatismo, como corriente de pensamiento nació en Estados Unidos a finales del siglo XIX. Fundada por Charles Sanders Pierce y William James ―quien lo definió más como un modo de pensar― se caracteriza por su énfasis en la utilidad y en las consecuencias prácticas como componentes esenciales de la verdad. El pragmatismo, como el empirismo, se opone a la idea de que los conceptos y el intelecto representan la realidad. Tolstoi decía que “hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego”, frase que plasma ejemplarmente la visión pragmática. Y en un país que quiere industrializarse, hace falta gente que, al caminar por un pedazo de tierra yerma, no vea sino producción de alimentos.

Es verdad, de otro lado, que resultaría peligroso para la construcción del socialismo que ese pragmatismo adoptara la famosa divisa del camarada Deng Xiaoping, según la cual es irrelevante si el gato es negro o blanco, siempre que cace ratones. Una cosa sí que está clara: hace falta producir, más y mejor. Imposible aquí no recordar lo que fue la Nueva Política Económica (NEP) ejecutada por Lenin en los comienzos de la URSS. Esto habría que repasarlo muy bien, dada la propuesta de Porras, que no es otra cosa sino la aplicación de una NEP a la venezolana.

Sobre el pragmatismo económico que debería aplicarse

La economía del país no atraviesa su mejor momento, y si los problemas actuales de la Revolución son predominantemente económicos, ese es un hecho que en gran medida tiene que ver con la revancha que cierta burguesía le planteó al bolivarianismo cuando constató que Chávez no podría continuar dirigiendo los destinos de la Patria. Tiene que ver con la guerra económica, pues.

Pero si esto es cierto, también lo es que se han cometido algunos errores en el manejo de la economía en términos macros, como lo han venido dejando por escrito desde hace tiempo varios de nuestros analistas más agudos, para no mencionar que el “Chicago boy” de izquierda ―como a veces le decía Chávez jocosamente―, Rafael Correa, se permitió declarar ―y estamos seguros que con toda la fundamentación y buena Fe del mundo― que en Venezuela se habían cometido “errores económicos”.

Dice Porras que “la despreocupación por el mañana,  y la confianza de que el futuro será mejor que el presente, para uno mismo y para sus hijos, es uno de los cimientos más sólidos sobre los cuales construir un proyecto profundamente republicano”. En tal sentido, es innegable que la Revolución bolivariana inició un movimiento de expansión económica de crecimiento vertiginoso, que logró colocar la experiencia a la altura de las expectativas del pueblo, e incluso superarlas en varios aspectos. Esto significa, como mencionamos en una oportunidad, que la Revolución reescribió el estribillo de una conocida canción del grupo La Mosca, cuyo coro dice: “Hoy estoy peor que ayer, pero mejor que mañana, vamos a gritar señor, hasta que no quede nada”.

¿Qué es lo que ha generado este turbio escenario económico? El autor habla de “grandes desequilibrios macroeconómicos”, que deben ser corregidos con decisiones coyunturales apropiadas, las cuales habría que ejecutar con pragmatismo. Esto, permitiría alcanzar los objetivos políticos sin poner en riesgo los grandes logros sociales que tanto esfuerzo costaron a la Revolución. De tal manera, el autor lo que plantea es que la implementación de estas medidas económicas coyunturales no necesariamente implican una traición a la revolución, toda vez que en el hoy por hoy ya existe la sensación de que vivimos cierta regresión social, dado el desenvolvimiento de la economía.

Estas consideraciones, han llevado a algunos a plantear, por ejemplo al compañero Majano, que la propuesta de Porras no es otra cosa que una “vuelta al capitalismo como opción revolucionaria”. En este punto, no coincidimos con el autor de La-tabla, porque ¿Es que acaso ya estamos en socialismo para plantear que ciertas decisiones económicas nos “regresarían” al capitalismo? Por cierto que Porras no es el primero que “recuerda” que vivimos en un sistema capitalista, muy particular, pero capitalista. Un optimista panglossiano nos diría ¡Bueno, no estamos en un capitalismo neoliberal, y además estamos en una transición al socialismo!

Pero, yo diría que están planteadas aquí dos transiciones: una de corto plazo y una de más largo aliento. La primera de ellas, hacia el “capitalismo serio”, o capitalismo productivo ― ¿o es que la batalla contra la usura y los precios justos es para ir al socialismo?―, cuyos esfuerzos están orientados a superar la economía rentista. La segunda, sería la transición hacia el socialismo bolivariano, un sistema o modo de organización social cuya fórmula de construcción nadie tiene; porque esa es la cuestión actual: superar el rentismo petrolero generador de consumismo, facilismo, cortoplacismo y todos los ismos culturalmente más atentatorios contra los objetivos supremos de la Patria.

También, es verdad que un Estado de bienestar a la venezolana, lo que es hablar de un Estado fuerte que distribuye la riqueza petrolera con criterios de equidad y justicia, tiene algo de socialista. Pero, incluso en el mejor de los casos de perfecta redistribución de nuestra riqueza y el mantenimiento de la ingente inversión social, subyace una realidad: que seguimos siendo una economía de puertos, un país importador. Además, todo el proceso de distribución se ha dado en un marco sin el que no se podrían entender muchas cosas: la lucha política, la puja por la captación de esta renta entre distintos actores políticos entre los cuales llegó a existir un conflicto de tipo agónico-existencial, es decir, una guerra a muerte.

Así las cosas, conviene no hacer tanta alharaca cuando se trata de reconocer que vivimos en un sistema capitalista que se alimenta de la renta que produce el hidrocarburo más preciado del mundo, por ser la sangre de la parafernalia moderno-capitalista mundial. Acotemos, que no hay nada tan corporativizado como el negocio petrolero, y que Pdvsa estableció recientemente un convenio con la Halliburton, ¿Pragmatismo? En este discurrir, es pertinente recordar al Comandante Chávez, cuando hizo aquella reflexión en la que nos pidió que no nos engañáramos porque la economía venezolana seguía siendo no solo capitalista, sino rentista. Lo que hizo Chávez en aquel momento fue “bajarle dos” al idealismo exacerbado de algunos sectores cuya realidad teórica parece sin duda predominar sobre la realidad social concreta. De la misma forma, sería mezquino negar los rasgos “socialistas” que han surgido durante el movimiento político del bolivarianismo.

Seamos idealistas, pero sin ingenuidades. Seamos materialistas, pero con creatividad; y de modo transversal, seamos realistas.

Sumado a lo anterior, debemos recordar que no fue una reflexión más, aquella de Fidel Castro en la que reconoció que uno de los mayores errores históricos que cometieron en los años iniciales de la Revolución cubana fue pensar que alguien sabía cómo se construía el socialismo. Sobre esto, no albergamos duda alguna de que el Comandante Fidel, lo que quiso fue enviar un mensaje de humildad para los que hoy pensamos y trabajamos para transformar la sociedad capitalista, en Venezuela y en otras naciones hermanas. Siendo justos, hay que considerar que Marx tuvo la idea más acabada sobre cómo hacerlo, aunque haya sido sobre todo para su sociedad y su tiempo, sin caer en historicismos.

Finalmente, el autor señala las políticas macroeconómicas generales que estarían generando la “regresión social”, y propone que tales políticas no se pueden aplicar todo el tiempo en el devenir de un proceso complejo como la Revolución bolivariana. Para justificar su posición, agrega: “Conducir con racionalidad la política económica no es sinónimo de neoliberalismo, así como practicar la heterodoxia hasta la irracionalidad no es sinónimo de socialismo”. Si bien tales cuestiones deben ser analizadas en profundidad ―como seguro está ocurriendo― por un equipo transdiciplinario formado no solo por economistas, colegimos que lo que Porras propone es que la aplicación de medidas ortodoxas de factura tecnocrática podrían sanear el desbarajuste en el corto plazo, y que la fijación inamovible en la heterodoxia económica podría causar más problemas.

En todo caso, si hubo algo que demostró la gestión económica chavista, es que actuar a contracorriente de las sugerencias del común de los economistas por lo general se traducía en beneficios para las grandes mayorías del país. En tal sentido, una fórmula, podría ser la siguiente: de la ortodoxia sólo lo necesario y por el menor tiempo, de la heterodoxia todo lo posible por el mayor tiempo.

Sobre la necesidad de “construir una mayoría amplia para transformar en profundidad”

Sobre este tema, son interesantes y variados los análisis que se han hecho, particularmente después de las elecciones del 7 de octubre de 2012, y después de las del 14 de abril de 2013. Tanto en una como en otra, y con más fuerza en la segunda, se evidenció un crecimiento notable del caudal de votos de la oposición. En la primera, los “oligarcas” habían llegado a seis millones, en la segunda, a más de siete, quedando a menos de 300 mil votos de los “socialistas”.

Porras, inicia esta parte de su escrito con una idea que fue planteada después de las presidenciales de 2012 y, antes de eso, después del referéndum sobre la Propuesta de Reforma Constitucional de 2007. Aquel 2 de diciembre, luego de saber que los opositores a la reforma habían triunfado, se llegó a una conclusión fundamental: si el 50% más 1 había votado por el No, ganaba el no. Sin embargo, no ocurría así con la opción del Sí, que de haber obtenido una mayoría simple habría ganado la opción de reformar la Constitución, pero con la mitad del país opuesta al socialismo.

Indudablemente, la mayoría que hoy en día apoya la Revolución bolivariana no es la misma que aprobó la Constitución, y mucho menos aquella que derrotó ampliamente a la oposición en las presidenciales de 2006. De cara a la construcción del socialismo, ya se sabe que es absolutamente necesario hacer de la propuesta un proyecto hegemónico, para lo cual estuvo claro en su momento la necesidad de construir una hegemonía popular. En este nivel de la exposición, Porras introduce el complejo tema de las clases sociales, y en pocas palabras plantea recuperar el apoyo total de las clases pertenecientes a los estratos D y E, “aliadas naturales de la revolución”, y sumar a cada vez más gente del estrato C, mejor conocido como el sector de las “clases medias”.

En este punto, a mi parecer se alude una de las problemáticas más complejas que enfrenta todo proyecto político de liberación pos capitalista, más aún si ese proceso es pacífico y apegado a las normas del liberalismo burgués. Como tal, el desafío debe ser encarado discutiendo los temas que haya que discutir por la calle del medio, con total franqueza y de la forma más transparente posible. Dice Porras: “Hacer que millones de personas salgan de la pobreza quiere decir, por deducción lógica, que la clase media (en su expresión más modesta inicialmente) crece en proporción correspondiente”. Digamos de antemano que uno de los problemas a la hora de analizar este tema de las clases sociales y la “movilidad social”, es precisamente la utilización de las nomenclaturas economicistas tradicionales, lo cual genera otro problema, más complejo aún, que se produce cuando se traslada el debate a terrenos en los que al parecer aún tenemos preocupantes debilidades simbólicas.

Para muestra, algunas citas:

Dice Porras: “Este hecho extraordinario, del cual tendríamos que enorgullecernos ruidosamente, a veces pareciera generarnos incomodidad, como si nos hubiéramos terminado creyendo la caricatura miserabilista que ha construido la derecha sobre nosotros. Aquella que pretende que el chavismo busca una nivelación hacia abajo de las clases sociales, y sueña con destruir a las clases medias por ser la materialización de la pequeña burguesía”.

Por otra parte, en su comentario al artículo de Porras, dice Majano:

El problema, otra vez, es que plantearnos la construcción de una mayoría a partir de los paradigmas fundamentales de la dominación no sirve. La noción de “clase media” (categoría sobre la cual Porras ni siquiera reflexiona), es un producto ideológico de la burguesía para construirle una base social al capitalismo. No se trata del tradicional concepto de pequeña burguesía, más relacionado con los sectores que actúan como mediadores entre la burguesía y los trabajadores, sino de un recurso para vincular las expectativas y las posibilidades de una extensa capa social a los intereses de sus dominadores y explotadores”.

También, opinó recientemente Javier Biardeau, que:

Hay que hacer que millones de personas salgan de la pobreza y la exclusión, con conciencia ético-cultural de que se trata de un transformación post-capitalista, que no se trata de reproducir la verdadera “caricatura miserabilista”, cuyo imaginario es creer que se está mejor sólo porque SE TIENEN más bienes y servicios… El “arte de lo posible” de Bismarck consistía precisamente en evitar pretextos para la radicalización social y política. Una política sin antagonismo de sectores dominantes es precisamente el mejor indicador de que no hay Revolución alguna”.

¿Qué decimos nosotros?
 
Cuando el ministro Héctor Rodríguez comentó en un acto público que el Gobierno “no sacaría de la pobreza a la gente para que estos se conviertan en escuálidos”, palabras más, palabras menos, estaba, por un lado, aludiendo el complejo proceso ideológico según el cual la entrada a otra clase social que está “más arriba” llega a producir un cambio de mentalidad. Este “cambio de mentalidad”, implica el abandono del proyecto socialista que me sacó de la pobreza puesto que ya no soy pobre y por tanto ya no me identifico con él. Problemas de ética-política y alienación.

De otro lado, el ministro también reconocía indirectamente que el proyecto moderno-capitalista seguía ostentando su hegemonía cultural sobre la población venezolana, y que el chavismo hasta ahora no ha sido capaz de construir una alternativa hegemónica ―de dirección intelectual y moral― que evite que nos creamos o que reproduzcamos caricatura miserabilista alguna: ni aquella según la cual la igualación que quiere la Revolución es “hacia abajo”, ni aquella según la cual estamos mejor porque tenemos la “casa bien equipada”. El dilema está, y aquí el Gobierno ha sido realmente pragmático, entre avanzar en la construcción del buen vivir bajo el imperio del sistema de valores y creencias predominante, y construir el Sumak Kawsay (Buen Vivir), desde una ética-cultural diferente, realmente asumiendo la transformación del modo de vida y superando los esquemas que tienden a dejarnos como el burro tras la zanahoria.

Ahora bien, crear una nueva consciencia se dice rápido, pero es el más grande de los desafíos, en la medida que hablamos de los factores mediáticos, educativos, subjetivos; del terreno de lo simbólico. Es aquí, donde entra la inestimable labor de los medios alternativos y de todos los proyectos culturales-educativos de carácter contra-hegemónico. Al momento de escribir esto, escucho el encendido discurso del presidente José “Pepe” Mujica en la Cumbre del g-77, en el que con su habitual tono imperativo de musical imprecación, decía:

“Es más fácil cambiar relaciones de propiedad que relaciones culturales, pero si no cambia la cultura, no cambia nada”.

Finalmente, si lo vemos desde al ángulo de “las dos corrientes”, tendríamos que el debate está planteado entre los que piensan que hay que avanzar sobre la escala de valores existente y predominante, sin formar al hombre nuevo pues, y los que son de la convicción de que el socialismo democrático humanista del siglo XXI necesita una escala de valores distinta, un hombre y una mujer matinal -diría Mariátegui-, lo cual implica un desafío formidable, el camino de mayor resistencia y por tanto el más susceptible de ser descartado o postergado.

Entonces, qué, ¿Hay que sumar? Sin duda, ¿Qué hay que producir más? Por supuesto. ¿Qué hace falta más pragmatismo? Donde sea realmente necesario. Porque, si Den Xiaoping está de visita en Caracas, puede que tenga algo que decir, pero no olvidemos que el objetivo trascendente es hacer una Revolución cultural.
Por cierto, que nuestro deseo no es que esa Revolución cultural sea la de Mao Zedong, así como pensamos también que el pragmatismo que necesita el proceso bolivariano no debe ser el del camarada Xiaoping.

@maurogonzag