En Venezuela, la renta petrolera y la sociedad rentista que esta produce, ciertamente configuran un cuadro sociocultural y sociopolítico complejo, de ahí que sea pertinente empezar por ahí al emprender cualquier análisis de la sociedad venezolana, y más aún cuando ensayamos un análisis del proceso político venezolano, de la Revolución bolivariana.
En los últimos años ―como todo el mundo― he tenido conversaciones (discusiones) sobre política con allegados, familiares y amigos. En una de las más recientes, noté que surgió de nuevo una “crítica” dirigida a lo que se podría llamar “contradicciones de la revolución” o, “incoherencias de los revolucionarios”. De entrada, señalo que cabe aquí el tema de nuestro consuetudinario consumismo, las viejas críticas del Che Guevara de hacer la revolución con las armas melladas del capitalismo, la mentalidad “pequeño burguesa” que caracterizaría ―de acuerdo a las últimas investigaciones de Hinterlaces― al venezolano y a la venezolana, nuestro modo de vida, cosmovisión, sistema de creencias y valores, educación, y todo aquello que desde la perspectiva antropológica defina nuestra cultura.
Esta “crítica”, todos la hemos escuchado en algún momento y tiene que ver con aquellos funcionarios, directivos, cuadros medios, y a fin de cuentas con todos aquellos que, al tiempo que manifiestan y defienden su filiación política socialista, portando su camisa roja y sosteniendo un discurso abundante en consignas revolucionarias y frases de Marx y el Che, se declaran partidarios “del vino, las mujeres y los perfumes” de la burguesía, para decirlo con palabras de Trotsky, quien en su momento opinó que los tres elementos citados era lo mejor que tenia para ofrecer la clase dominante. Apartemos esos tres elementos simbólicos y hablemos de las “cosas buenas”, “cosas caras” y demás exquisiteces que se tienden a asociar con status o que han llegado a convertirse, dadas ciertas condiciones históricas, en verdaderos fetiches del mercado. Un ejemplo entre muchos, los blackberrys.
“Miren a esos socialistas, comiendo en McDonalds”, “Mira la camionetota que se compró ese socialista”, “Eres socialista y te gustan las cosas buenas, no entiendo”, “¿Eres socialista y compras en el imperio?”, “Miren a este socialista usando pura ropa de marca”, “¿Eres socialista y usas la tecnología del imperio?”, “Tremendo socialista, admirador de Michael Jackson!”, “Este es el peor, socialista tomando puro Whisky 18 años”; son expresiones que seguramente hemos escuchado en estos últimos años de Revolución bolivariana, provenientes de gente de oposición pero también de muchos chavistas que, ya sea en nombre de sinceras posturas éticas-revolucionarias o por mera pretensión de pureza o pedigrí socialista, no hacen sino condenar y atacar a los “pequeño-burgueses” que tienen alrededor porque, a fin de cuentas, todos son víctimas de penosas contradicciones excepto ellos.
Mucha tinta tendrá que correr para demostrar cuánto daño le han hecho al proceso bolivariano las posturas tipo “Torquemada”, actitudes y comportamientos sectarios que ciertamente no suman gente a la revolución. Y es que ¿hay alguien aquí libre de contradicciones? Por ahora, nos interesa destacar la idea de que socialismo no es sinónimo de pobreza, de carestía, de volver al guayuco, de no comerciar con los centros metropolitanos del capitalismo histórico, o de rechazo y condena al cambio tecnológico y sus consecuencias.
“Dadle un martillo a un niño, y verás como para él todo se hará merecedor de un martillazo”, dijo una vez Gastón Bachelard para criticar la forma ciega, vertiginosa, irreflexiva y acrítica que tendían a adoptar ciertos investigadores sociales en la aplicación de una determinada metodología, dada la validez y aceptación de esta, indistintamente de los contextos y realidades concretas. Pero además, un niño con un martillo simboliza un sujeto, un infante, alguien sin la madurez suficiente, sin el criterio necesario, al cual se le ha entregado una herramienta que, por sus características, se hace peligrosa en sus manos, cuando no impertinente y torpe.
Ahora bien, hacer una extrapolación de esta idea a una comunidad o sociedad entera resultaría jalado de los pelos, y no es eso lo que se pretende. Otro sí, comprender que la Revolución bolivariana, como proceso de democratización de todos los aspectos de la vida, de redistribución de la riqueza y de inclusión de las mayorías históricamente excluidas, de los seres invisibles, se impulsó con las herramientas y los funcionarios y cuadros que se tenían a la mano dado el momento histórico. Pero también, esa gran voluntad política llamada Hugo Chávez, para hacer, para transformar, fue un toque de rebato que puso a prueba la formación y la capacidad de mucha gente que no necesariamente era socialista ni por formación ni por convicción. Agreguemos que el proceso se da en un contexto ideológico, es decir, en el marco de una ideología dominante, que formando parte de la estructura social (Silva, 2011), desempeña un papel en el funcionamiento y la dinámica social.
Dicho de otra forma, la redistribución de la riqueza, real y efectiva, se da en el marco de un determinado sistema de valores y de creencias. De tal manera, el debate, se centraría en lo sucesivo en evaluar el proceso de democratización que ha vivido Venezuela, incluyendo reflexionar sobre qué ha significado, hasta ahora, la inclusión social. Preguntarnos, por ejemplo, en qué totalidad o estructuras estamos incluyendo o, también, si inclusión es transformación. Es verdad, de otro lado, que la cantidad afecta la cualidad. El tema es complejo y puede resultar espinoso. Sin embargo, podemos citar dos investigaciones realizadas, una por Hinterlaces y otra por GISS XXI, que aluden precisamente los gustos, preferencias, actitudes, manera de ver y entender el mundo del venezolano y que pueden ilustrar lo que venimos diciendo.
No está demás aclarar que, indistintamente de lo que se pueda decir sobre estas “contradicciones”, estas nunca tendrán tanto peso como los grandes logros en materia de inclusión y dignificación del pueblo pobre, alcanzados gracias a Dios y a Chávez.
Fue en la campaña presidencial previa al 7 de octubre, que Oscar Schemel presentó los resultados de una investigación realizada en el marco de la lucha política venezolana, y que consideró en su análisis la confrontación socialismo-capitalismo. Empleando la metodología de los grupos focales, en distintos estratos sociales y a nivel nacional, Hinterlaces concluyó que en Venezuela había una “lucha de clases no antagónica”, basada en una exigencia de democratización social por parte del pueblo. En este contexto, varios de los testimonios manifestaban la “comprensión” de que los ricos lo eran por su trabajo y que ellos, los pobres, lo que querían era “oportunidades” para trabajar y progresar.
Por otra parte, fue en noviembre de 2011 cuando Jesse Chacón, en compañía de Fernando Buen Abad, presentó los resultados de una investigación sobre “Sociología del gusto de los venezolanos”, cuyos resultados fueron comentados por el director de GISS XXI en términos de los grandes desafíos que tenía por delante la construcción del socialismo en Venezuela. Uno de los resultados arrojados por la investigación, establecía que el venezolano se caracterizaba por ser alguien que quiere acceder al “capital cultural” para poder así acceder al “capital económico”. Este resultado coincide con las últimas apreciaciones ofrecidas por Schemel en el reciente encuentro de las encuestadoras. “El venezolano es muy aspiracional, muy pequeño burgués”, fueron las palabras de Schemel. Aquí podríamos hacernos una pregunta ¿Cómo encajaría esta idiosincrasia pequeño-burguesa con las ideas de justicia, igualdad, solidaridad, cooperación y humanismo, propias del socialismo?
¿Dónde queda, o cómo fortalecer la “Conciencia del deber social” postulada por Antonio Aponte en el contexto saudita de la superabundancia petrolera?
Dichas señales, comprendidas en el marco de una sociedad rentista, deben hacernos comprender que la lucha por el socialismo, como utopía concreta, se está dando en el marco de una batalla de ideas donde la hegemonía cultural parece seguirla ostentando el proyecto burgués, el cual podríamos resumir parcialmente con estas palabras: progreso, desarrollo, conocimiento experto, orden, industrialización, tecnología, individuo, razón, Estado-nación, capital, mercado, etc., palabras que en nuestro contexto de cambio de época, siendo optimistas, están en proceso de resignificación en el marco de la lucha política por una sociedad diferente, pos capitalista.
Así las cosas, estas “contradicciones” son completamente normales en un contexto que sería una combinación de un discurso radical antiimperialista ―lo cual no significa rechazar al pueblo habitante del Estado identificado con el imperio, su cultura, sus valores, etc.―, un proyecto de modernización ―industrialización socialista, satélites, canaimitas, transferencia de tecnología, urbanización, integración física de la nación, adopción de valores culturales propios de la modernidad― y una gran sensibilidad social expresada en el discurso y las acciones concretas del líder carismático que se conecta poderosa y afectivamente con la mayoría del pueblo, todo lo cual emparenta al proceso político chavista con otros procesos históricos como, por ejemplo, el peronismo.
Venezuela, en fin, sigue siendo un país capitalista, y como el socialismo y la conciencia revolucionaria no se decretan, es natural, comprensible, aunque por supuesto de ninguna manera deseable, que sigamos siendo un país consumista, importador, con una burguesía parasitaria y donde suelen verse este tipo de “contradicciones” entre los que defendemos ―porque no me considero libre de contradicción― una sociedad alternativa a la capitalista. De otro lado, solo una ceguera criminal o una imperdonable ingratitud ignoraría el bienestar que ha generado en los últimos años la ingente inversión social hecha por el Estado venezolano para beneficio de todas y todos.
Quizá, una manera de entender un proceso donde las acusaciones de incoherencia y contradicción provienen de distintos sectores ―quiero decir, vienen de la izquierda también―, sea analizarlo a la luz de lo que Enrique Dussel definió como Transmodernidad. Varios autores han visto en la Revolución bolivariana una revolución transmoderna, una visión, una propuesta que está planteada en el país.
Venezuela, por ahora sigue siendo una condensación de tamunangue con informática, de hayacas con nuggets, y de blackberrys con sueldo mínimo; un país donde el que no es “papa de los helados” es un pendejo. En fin, soy contradictorio, viva la Revolución bolivariana.
amauryalejandrogv@gmail.com
@maurogonzag
Palabras clave: Batalla de ideas, política, crítica, transformación, diálogo, innovación, cambio de época, amplitud, bloque histórico, lectura, análisis, verdad, belleza, sueños, liberación.
lunes, 22 de abril de 2013
sábado, 20 de abril de 2013
Crónicas del cierre de campaña: los retos que tiene Nicolás Maduro
El 11 de abril despuntó con un brillante sol abrazador, purificador, sin brisa. En los Altos Mirandinos, los pinos y eucaliptos parecían estar petrificados. Ni la más fina rama se movía. La luz del cielo parecía perenne, eterna. Se cumplían 11 años del golpe de Estado, y la memoria de tan importante acontecimiento se conjugaba con el cierre de campaña de Nicolás Maduro, el candidato obrero, hijo de Chávez.
Tomé la primera camioneta, la que atraviesa la principal arteria de la parroquia. Al llegar a un conocido sector comercial, vi que un autobús venía entrando a la avenida proveniente de la transversal. Ese autobús estaba lleno de alegría y combatividad porque se dirigía hacia el gran evento. De un estacionamiento adyacente se acercaban tres hombres delgados, sonriendo, uniformados. Eran los vigilantes del estacionamiento, quienes respondiendo a las consignas que salían del bus, exclamaban “Chávez vive, la lucha sigue”.
De inmediato me bajé de la camioneta para abordar el autobús, que no era el del progreso, pero sí el que nos llevaría por el camino, con el que continuaríamos la senda de la emancipación, de la prosperidad, de la liberación. Agarramos carretera. Era inevitable no recordar el cuatro de octubre, el día en que el cordonazo de San Francisco bendijo el cierre de campaña del Comandante Chávez, evento que anticipó la victoria popular del 7 de octubre. Este 11 de abril sería muy particular porque sería una reedición del 4 de octubre, a once años del golpe de Estado y sin la presencia física de Hugo Chávez. El pueblo, como siempre, respondería.
Llegamos a Plaza Venezuela más rápido de lo previsto. Como el 4 de octubre, mucha gente había llegado a la capital desde la noche anterior o desde tempranas horas de la mañana. Ahí nos bajamos y aproveché para preguntarle a Emilio Rojas Farfán cual era a su parecer el principal desafío que tenía Nicolás Maduro una vez ganara las elecciones presidenciales, único escenario posible que arrojan los estudios de las principales agencias de opinión, dicho sea de paso y valga la acotación…
“En estos momentos Nicolás tiene una responsabilidad en el proceso revolucionario. Lo hacen ver como el legado del presidente Chávez, hacia uno de los alumnos principales que estuvo con él acompañándolo hasta sus últimos momentos. Hablando de responsabilidades después de los comicios electorales, le queda (a Maduro) construir un liderazgo utilizando la estructura del poder popular, pero bajo las bases de la ideología chavista, ya que Chávez trasciende lo físico y pasa al pensamiento y la forma ideológica. Nosotros de ahora en adelante tenemos que ver a Chávez como una ideología pura dentro del proceso revolucionario, acompañado al Árbol de las Tres Raíces para sumar la cuarta raíz entre Bolívar, Zamora, Rodríguez y Chávez”.
Caracas ardía. A poco más de un mes de la desaparición física de Chávez, era impresionante ver el entusiasmo, la festividad y la combatividad de un pueblo que aún peregrina en el Cuartel de la Montaña para rendirle honor al Comandante. A mediodía, a pleno sol, llegamos a la sede principal de la Cantv del pueblo, donde tomamos un refrigerio antes de continuar la marcha a la Av. Bolívar. Ahí me despedí de los compañeros con los que había llegado para perderme entre la multitud, bañarme de pueblo, captar imágenes para la historia, y pasar por la Av. México, donde me encontraría con otros compañeros de la lucha por la organización y la conciencia. Reflexiones sobre si esta lucha era nacional o de clases ―o si incluye las dos perspectivas―, la importancia de sistematizar el ideario chavista, la construcción del Estado comunal en condiciones hegemónicas adversas, el combate a la violencia, la especulación, el burocratismo y la corrupción, afloraban naturalmente durante la marcha.
La avenida México se llenaba de color, de música, del fervor patrio que ya podía sentirse y respirarse a tres días del gran evento. Empiezo mi caminata en dirección a Bellas Artes y me encuentro con viejos amigos, grupos institucionales, camiones con música resplandeciendo bajo el sol voraz. Las maravillosas franelas con los ojos de Chávez por todos lados, ahora junto con las que llaman a votar por Maduro, muchas mujeres con bigotes o con su plátano en mano. No faltaban las pequeñas ventas de bebidas varias. A mi izquierda, un grupo de samba pone a mover las caderas a un grupo de exuberantes compatriotas. De repente me encontré en una sombra, bajo el toldo de un comercio, y reflexiono por un momento sobre el hecho de que haya gente aún, después de 14 años de proceso político de cambio, capaz de equipar una concentración como la de hoy con la del candidato de la derecha, el cual se está enfrentando, recordemos, al suicidio político de perder dos elecciones presidenciales seguidas en menos de seis meses.
Una comparación que, cuando no tiene que ver con el músculo, con la capacidad, con lo cuantitativo, alude a supuestos comportamientos agresivos “tanto de un lado como de otro”. Se trata de verdades objetivas contra opiniones sesgadas o auto-mutiladas. Ojos que no quieren ver, cerrados al amor, a la verdad, a la belleza. Son los momentos en los que la ciencia, en tanto conocimiento susceptible de validación empírica, adquiere una redonda importancia.
Ya en la Av. México, me encuentro con el poeta y militante de Caracas José Javier Sánchez. Le hice la misma pregunta. Para el vate, el mayor reto de Maduro es
“…primero, es darle continuidad al proyecto revolucionario y seguirlo profundizando, el segundo reto mayor es generar las condiciones para que la unidad en torno al movimiento revolucionario se mantenga, para que no puedan existir confrontaciones entre el poder militar, que es tan importante y que le ha dado tanta fortaleza al proyecto y que el Comandante Chávez supo darle su lado justo dentro de la construcción de la revolución y lo que tiene que ver con el proyecto social. Esa unidad cívico-militar que Chávez mantuvo con tanta fuerza es un compromiso y un reto para Nicolás mantenerlo. Y por otra parte, es seguir profundizando los proyectos revolucionarios que tienen que ver, primero con la materialización del verdadero poder popular, la materialización del poder popular, creo que Nicolás en su discurso lo ha mantenido, siento que lo que ha dicho se acerca mucho a ese sueño revolucionario que hemos tenido nosotros donde el pueblo asume las riendas de la construcción de su proceso, quizá ese es el mayor reto. El otro reto, es saber, entender, que la burguesía, el capitalismo, juega de distintas maneras, con distintas manos, y saber leer esas lecturas que le pueda prestar, que le puede ofrecer el capitalismo a él, y que en algún momento si no se hace una lectura sana pueda desviar el proceso revolucionario. El compromiso para él es un compromiso fuerte porque, como lo decía ayer Soto Rojas “Esta es nuestra primera batalla sin Chávez”, sin Chávez vivo, porque Chávez es un espíritu que se mantiene en todos nosotros y nos toca asumir este primer reto sin él en vida, pero también el primer reto de Maduro, y Maduro significa la continuidad política. Entonces el papel de él va a ser importante, creo que Chávez le dejó un reto muy grande porque es la continuidad después de Chávez. Con el apoyo y la solidaridad del pueblo venezolano creo que vamos a materializar ese sueño pero él tiene que tener mano dura y conciencia clara para que eso no se le vaya de las manos”.
La tarde apenas comenzaba. La cerveza se evaporaba en el cuerpo, canciones y consignas, discursos y puños en alto, aplausos y bailes, daban cuenta de un pueblo rodilla en tierra, preparado para la nueva batalla, para seguir haciendo historia.
En la Av. Bolívar, algún facineroso intentó ensuciar el armónico, fluido y pacifico evento. Fueron actos fallidos que se estrellaron contra la grandeza de la presencia divina del pueblo del amor. Este domingo, Venezuela escogerá el camino de la luz.
amauryalejandrogv@gmail.com
@maurogonzag
Tomé la primera camioneta, la que atraviesa la principal arteria de la parroquia. Al llegar a un conocido sector comercial, vi que un autobús venía entrando a la avenida proveniente de la transversal. Ese autobús estaba lleno de alegría y combatividad porque se dirigía hacia el gran evento. De un estacionamiento adyacente se acercaban tres hombres delgados, sonriendo, uniformados. Eran los vigilantes del estacionamiento, quienes respondiendo a las consignas que salían del bus, exclamaban “Chávez vive, la lucha sigue”.
De inmediato me bajé de la camioneta para abordar el autobús, que no era el del progreso, pero sí el que nos llevaría por el camino, con el que continuaríamos la senda de la emancipación, de la prosperidad, de la liberación. Agarramos carretera. Era inevitable no recordar el cuatro de octubre, el día en que el cordonazo de San Francisco bendijo el cierre de campaña del Comandante Chávez, evento que anticipó la victoria popular del 7 de octubre. Este 11 de abril sería muy particular porque sería una reedición del 4 de octubre, a once años del golpe de Estado y sin la presencia física de Hugo Chávez. El pueblo, como siempre, respondería.
Llegamos a Plaza Venezuela más rápido de lo previsto. Como el 4 de octubre, mucha gente había llegado a la capital desde la noche anterior o desde tempranas horas de la mañana. Ahí nos bajamos y aproveché para preguntarle a Emilio Rojas Farfán cual era a su parecer el principal desafío que tenía Nicolás Maduro una vez ganara las elecciones presidenciales, único escenario posible que arrojan los estudios de las principales agencias de opinión, dicho sea de paso y valga la acotación…
“En estos momentos Nicolás tiene una responsabilidad en el proceso revolucionario. Lo hacen ver como el legado del presidente Chávez, hacia uno de los alumnos principales que estuvo con él acompañándolo hasta sus últimos momentos. Hablando de responsabilidades después de los comicios electorales, le queda (a Maduro) construir un liderazgo utilizando la estructura del poder popular, pero bajo las bases de la ideología chavista, ya que Chávez trasciende lo físico y pasa al pensamiento y la forma ideológica. Nosotros de ahora en adelante tenemos que ver a Chávez como una ideología pura dentro del proceso revolucionario, acompañado al Árbol de las Tres Raíces para sumar la cuarta raíz entre Bolívar, Zamora, Rodríguez y Chávez”.
Caracas ardía. A poco más de un mes de la desaparición física de Chávez, era impresionante ver el entusiasmo, la festividad y la combatividad de un pueblo que aún peregrina en el Cuartel de la Montaña para rendirle honor al Comandante. A mediodía, a pleno sol, llegamos a la sede principal de la Cantv del pueblo, donde tomamos un refrigerio antes de continuar la marcha a la Av. Bolívar. Ahí me despedí de los compañeros con los que había llegado para perderme entre la multitud, bañarme de pueblo, captar imágenes para la historia, y pasar por la Av. México, donde me encontraría con otros compañeros de la lucha por la organización y la conciencia. Reflexiones sobre si esta lucha era nacional o de clases ―o si incluye las dos perspectivas―, la importancia de sistematizar el ideario chavista, la construcción del Estado comunal en condiciones hegemónicas adversas, el combate a la violencia, la especulación, el burocratismo y la corrupción, afloraban naturalmente durante la marcha.
La avenida México se llenaba de color, de música, del fervor patrio que ya podía sentirse y respirarse a tres días del gran evento. Empiezo mi caminata en dirección a Bellas Artes y me encuentro con viejos amigos, grupos institucionales, camiones con música resplandeciendo bajo el sol voraz. Las maravillosas franelas con los ojos de Chávez por todos lados, ahora junto con las que llaman a votar por Maduro, muchas mujeres con bigotes o con su plátano en mano. No faltaban las pequeñas ventas de bebidas varias. A mi izquierda, un grupo de samba pone a mover las caderas a un grupo de exuberantes compatriotas. De repente me encontré en una sombra, bajo el toldo de un comercio, y reflexiono por un momento sobre el hecho de que haya gente aún, después de 14 años de proceso político de cambio, capaz de equipar una concentración como la de hoy con la del candidato de la derecha, el cual se está enfrentando, recordemos, al suicidio político de perder dos elecciones presidenciales seguidas en menos de seis meses.
Una comparación que, cuando no tiene que ver con el músculo, con la capacidad, con lo cuantitativo, alude a supuestos comportamientos agresivos “tanto de un lado como de otro”. Se trata de verdades objetivas contra opiniones sesgadas o auto-mutiladas. Ojos que no quieren ver, cerrados al amor, a la verdad, a la belleza. Son los momentos en los que la ciencia, en tanto conocimiento susceptible de validación empírica, adquiere una redonda importancia.
Ya en la Av. México, me encuentro con el poeta y militante de Caracas José Javier Sánchez. Le hice la misma pregunta. Para el vate, el mayor reto de Maduro es
“…primero, es darle continuidad al proyecto revolucionario y seguirlo profundizando, el segundo reto mayor es generar las condiciones para que la unidad en torno al movimiento revolucionario se mantenga, para que no puedan existir confrontaciones entre el poder militar, que es tan importante y que le ha dado tanta fortaleza al proyecto y que el Comandante Chávez supo darle su lado justo dentro de la construcción de la revolución y lo que tiene que ver con el proyecto social. Esa unidad cívico-militar que Chávez mantuvo con tanta fuerza es un compromiso y un reto para Nicolás mantenerlo. Y por otra parte, es seguir profundizando los proyectos revolucionarios que tienen que ver, primero con la materialización del verdadero poder popular, la materialización del poder popular, creo que Nicolás en su discurso lo ha mantenido, siento que lo que ha dicho se acerca mucho a ese sueño revolucionario que hemos tenido nosotros donde el pueblo asume las riendas de la construcción de su proceso, quizá ese es el mayor reto. El otro reto, es saber, entender, que la burguesía, el capitalismo, juega de distintas maneras, con distintas manos, y saber leer esas lecturas que le pueda prestar, que le puede ofrecer el capitalismo a él, y que en algún momento si no se hace una lectura sana pueda desviar el proceso revolucionario. El compromiso para él es un compromiso fuerte porque, como lo decía ayer Soto Rojas “Esta es nuestra primera batalla sin Chávez”, sin Chávez vivo, porque Chávez es un espíritu que se mantiene en todos nosotros y nos toca asumir este primer reto sin él en vida, pero también el primer reto de Maduro, y Maduro significa la continuidad política. Entonces el papel de él va a ser importante, creo que Chávez le dejó un reto muy grande porque es la continuidad después de Chávez. Con el apoyo y la solidaridad del pueblo venezolano creo que vamos a materializar ese sueño pero él tiene que tener mano dura y conciencia clara para que eso no se le vaya de las manos”.
La tarde apenas comenzaba. La cerveza se evaporaba en el cuerpo, canciones y consignas, discursos y puños en alto, aplausos y bailes, daban cuenta de un pueblo rodilla en tierra, preparado para la nueva batalla, para seguir haciendo historia.
En la Av. Bolívar, algún facineroso intentó ensuciar el armónico, fluido y pacifico evento. Fueron actos fallidos que se estrellaron contra la grandeza de la presencia divina del pueblo del amor. Este domingo, Venezuela escogerá el camino de la luz.
amauryalejandrogv@gmail.com
@maurogonzag
lunes, 15 de abril de 2013
La primera batalla electoral sin Chávez fue una gran advertencia
![]() |
| Chávez en su último discurso del 8/12/12 |
Es cierto que a lo largo del proceso bolivariano, con elecciones cada año, el presidente Chávez nos acostumbró a las victorias amplias, contundentes. Ahora, dada la victoria por menos de dos puntos del candidato de la Patria, se tuvo que hacer cierto esfuerzo discursivo para dejar claro que una victoria cerrada era también una victoria, como si nuestro sistema electoral automatizado y tecnológicamente blindado, perdiera sus cualidades en situaciones donde la brecha entre dos contendientes resulta bastante corta; como si la autoridad del poder electoral dependiera de las victorias contundentes de amplia brecha.
Ni el CNE y ni el campo revolucionario pueden aceptar chantajes. En 2007, durante el Referéndum de la Propuesta de Reforma Constitucional, todo indicaba, por lo que estaba en juego ―aunque la aprobación de la reforma no decretara el socialismo así sin más―, que si ganaba la propuesta esta debía ganar por un amplio margen, dada la necesidad de garantizar la gobernabilidad en la construcción de una sociedad socialista, antagónica de la capitalista. Ahora, si la “mitad del país” se estaba oponiendo a la reforma, bastaba un voto a favor para que no se aprobara la revolucionaria propuesta. A partir de ahí, pareció quedar instalada la idea de que las victorias socialistas, para ser tales, debían ser necesariamente amplias, mientras que las victorias de la derecha podían contentarse con ser cerradas, por un voto, pírricas.
Pero desde la óptica electoral y las leyes electorales las victorias cerradas son también victorias; incluso las pírricas, como fue el triunfo del No en el referéndum de diciembre de 2007. Ahora bien, otra cosa es la lectura de los resultados desde la perspectiva del propósito de construir el socialismo. Si Nicolás Maduro representa, así como representó Chávez, la posibilidad de construcción de la Venezuela socialista, del Estado comunal, el autogobierno, la diversificación de las formas de propiedad de los medios de producción, siempre con la presencia, la potenciación, regulación y facilitación de un Estado al servicio de las clases más vulnerables, ese proyecto debe ser hegemónico o hacerse progresivamente hegemónico.
Pero los dos últimos resultados electorales, victorias del chavismo, vienen indicando todo lo contrario, una pérdida de terreno hegemónico desde la perspectiva socialista.
Los análisis comienzan. Tal vez la indignación de constatar que el chavismo sacó 615.626 votos menos en relación al 7 de octubre, y que Capriles sacó 711.337 votos más en relación a la misma fecha, sea suficiente esta vez para asumir la autocrítica de manera sincera, más allá del discurso.
amauryalejandrogv@gmail.com
@maurogonzag
viernes, 5 de abril de 2013
Ahora es que comienza tu era, Comandante
Escuchando al presidente Nicolás Maduro en el acto con la Fuerza Armada Bolivariana, me doy cuenta de cómo ha comprendido y asumido lo que me parece es uno de los legados más importantes del Comandante Chávez.
A un mes de la desaparición física del huracán Chávez, no nos queda duda de que esa parte de su legado es la que convertirá a Venezuela en una auténtica potencia, en lo político, económico, militar, cultural y moral. Ese legado, cuya fuerza telúrica dejó profunda impronta, es el de la voluntad.
Si algo demostró el presidente Chávez con su pujanza, su personalidad, su potencia, sensibilidad, energía y compromiso, es que para hacer, para transformar, para construir, para concretar lo que se plasma en un papel, para aterrizar los sueños, hay algo de lo que no puede prescindirse y que incluso, dadas ciertas condiciones puede llegar a ser determinante: la voluntad. Chávez fue, ante todo, una gran voluntad, la estrepitosa voluntad política quebradora de los pesimismos de la inteligencia.
En el apogeo de su intervención ante los compañeros militares, Maduro planteó la posibilidad de que la Fuerza Armada Bolivariana desarrollara la capacidad de fabricar sus propios aviones, sus propios helicópteros; incluso sus propios alimentos. El hijo de Chávez reflexionó sobre algo que siempre ha sido una verdad, y que fue un objeto constante de las inquietudes y preocupaciones de Chávez: si somos inteligentes, si tenemos la capacidad, si tenemos los recursos materiales, si lo tenemos todo ¿Por qué no podemos? ¿Es que acaso somos seres inferiores, incapaces?
Nadie duda que los venezolanos tenemos la capacidad para realizar las tareas más nobles, emprender los proyectos más ambiciosos, concretar los más grandes proyectos. El problema, el obstáculo, no es ni ha sido nunca de inteligencia o capacidad. Afirmar lo contrario sería asumir el viejo mito moderno de que como nos tocó en suerte nacer en el territorio de lo “incivilizado”, de lo “subdesarrollado” y “bárbaro”, en la tierra de Calibán, somos inferiores por naturaleza, tal como lo eran los esclavos para Aristóteles. Y si la cosa es así, el problema se escaparía de nuestras manos y tendríamos que asumirnos eternamente dependientes de la ciencia y la tecnología; del pensamiento, europeo o euro-norteamericano.
En este sentido, recordamos como hace algunos años, ya formando parte del torbellino político desatado con la Revolución, una reflexión nos llevó a plantear que Chávez era una gran voluntad política que estaba forzando a las fuerzas del cambio a levantarse, a despertarse, a sacudirse la modorra de la desesperanza y el pesimismo y ponerse a la altura de esa voluntad irrefrenable, al nivel del desafío. Nuestra propia formación teórica-política, salvo las excepciones de siempre, no parecía estar en sintonía con lo que ese dinamo incansable proponía, concebía, inventaba.
Como líder revolucionario, Chávez se rebeló contra un conjunto de "situaciones cristalizadas" que habíamos heredado de la cuarta república, situaciones frente a las que muchos, o habían abdicado o consideraban parte del paisaje político-social del país que teníamos. Una de esas situaciones fue evocada hace poco por Aristóbulo Istúriz, quien recordó como en los primeros años del chavismo, en un Consejo de Ministros en el que él participaba, el presidente hizo la siguiente pregunta: ¿Ustedes creen que vale la pena gobernar este país sin tomar el control de Pdvsa? Cuenta Istúriz, que de inmediato saltó Miquilena a decir que meterse con Pdvsa implicaba golpe de Estado, que mejor no tocara la gran empresa.
Pero Chávez aceptó el reto, no encogió los hombros ante lo que “siempre había sido así”, y en lo sucesivo Pdvsa no seguiría siendo un Estado intocable dentro del Estado. Ya sabemos lo que pasó. Ahora bien ¿Fue la inteligencia, la mentalidad filosófica, la sabiduría de los doctores, los lineamientos de algún gurú de la planificación lo que hizo que el gobierno tomara el control de la principal industria del país? No, compañeros, fue una decisión política movida por un sentimiento patriótico y una gran sensibilidad social, es decir, la recuperación o, democratización de Pdvsa se llevó a cabo gracias a la voluntad política.
Recordemos a Gramsci “Ante el pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad”
¿Cuál es la enseñanza? Esta: ¿Hay o no hay voluntad política? That`s the question.
Es necesario destacar que el anterior es solo un ejemplo de todos los que se pueden citar. Imaginémonos el gran trabajo de sistematización que habrá que emprender con los miles de testimonios que quedaron de esta brillante y compleja historia en la que la acerada voluntad de un hombre, Hugo Chávez, despertó conciencias, rompió paradigmas y nos demostró que, efectivamente, vivimos en la tierra de lo posible.
A 14 años del inicio del fenómeno político que se llamó ―y que continua llamándose― Revolución bolivariana, pensamos que es mucho lo que se ha aprendido, muchos los espacios que nacieron, las instituciones que se crearon, los recursos invertidos en el desarrollo del país, todo lo cual generará necesariamente un salto cualitativo en Venezuela. Se vislumbra en el horizonte un legado monstruoso, y desde ya podemos decir que, si se mantiene esa voluntad ―y Nicolás está demostrando haber asumido ese legado fundamental― y a esta se suma una preparación y capacidad a la altura de esa voluntad, más temprano que tarde tendremos una nueva potencia en el mundo.
amauryalejandrogv@gmail.com
@maurogonzag
A un mes de la desaparición física del huracán Chávez, no nos queda duda de que esa parte de su legado es la que convertirá a Venezuela en una auténtica potencia, en lo político, económico, militar, cultural y moral. Ese legado, cuya fuerza telúrica dejó profunda impronta, es el de la voluntad.
Si algo demostró el presidente Chávez con su pujanza, su personalidad, su potencia, sensibilidad, energía y compromiso, es que para hacer, para transformar, para construir, para concretar lo que se plasma en un papel, para aterrizar los sueños, hay algo de lo que no puede prescindirse y que incluso, dadas ciertas condiciones puede llegar a ser determinante: la voluntad. Chávez fue, ante todo, una gran voluntad, la estrepitosa voluntad política quebradora de los pesimismos de la inteligencia.
En el apogeo de su intervención ante los compañeros militares, Maduro planteó la posibilidad de que la Fuerza Armada Bolivariana desarrollara la capacidad de fabricar sus propios aviones, sus propios helicópteros; incluso sus propios alimentos. El hijo de Chávez reflexionó sobre algo que siempre ha sido una verdad, y que fue un objeto constante de las inquietudes y preocupaciones de Chávez: si somos inteligentes, si tenemos la capacidad, si tenemos los recursos materiales, si lo tenemos todo ¿Por qué no podemos? ¿Es que acaso somos seres inferiores, incapaces?
Nadie duda que los venezolanos tenemos la capacidad para realizar las tareas más nobles, emprender los proyectos más ambiciosos, concretar los más grandes proyectos. El problema, el obstáculo, no es ni ha sido nunca de inteligencia o capacidad. Afirmar lo contrario sería asumir el viejo mito moderno de que como nos tocó en suerte nacer en el territorio de lo “incivilizado”, de lo “subdesarrollado” y “bárbaro”, en la tierra de Calibán, somos inferiores por naturaleza, tal como lo eran los esclavos para Aristóteles. Y si la cosa es así, el problema se escaparía de nuestras manos y tendríamos que asumirnos eternamente dependientes de la ciencia y la tecnología; del pensamiento, europeo o euro-norteamericano.
En este sentido, recordamos como hace algunos años, ya formando parte del torbellino político desatado con la Revolución, una reflexión nos llevó a plantear que Chávez era una gran voluntad política que estaba forzando a las fuerzas del cambio a levantarse, a despertarse, a sacudirse la modorra de la desesperanza y el pesimismo y ponerse a la altura de esa voluntad irrefrenable, al nivel del desafío. Nuestra propia formación teórica-política, salvo las excepciones de siempre, no parecía estar en sintonía con lo que ese dinamo incansable proponía, concebía, inventaba.
Como líder revolucionario, Chávez se rebeló contra un conjunto de "situaciones cristalizadas" que habíamos heredado de la cuarta república, situaciones frente a las que muchos, o habían abdicado o consideraban parte del paisaje político-social del país que teníamos. Una de esas situaciones fue evocada hace poco por Aristóbulo Istúriz, quien recordó como en los primeros años del chavismo, en un Consejo de Ministros en el que él participaba, el presidente hizo la siguiente pregunta: ¿Ustedes creen que vale la pena gobernar este país sin tomar el control de Pdvsa? Cuenta Istúriz, que de inmediato saltó Miquilena a decir que meterse con Pdvsa implicaba golpe de Estado, que mejor no tocara la gran empresa.
Pero Chávez aceptó el reto, no encogió los hombros ante lo que “siempre había sido así”, y en lo sucesivo Pdvsa no seguiría siendo un Estado intocable dentro del Estado. Ya sabemos lo que pasó. Ahora bien ¿Fue la inteligencia, la mentalidad filosófica, la sabiduría de los doctores, los lineamientos de algún gurú de la planificación lo que hizo que el gobierno tomara el control de la principal industria del país? No, compañeros, fue una decisión política movida por un sentimiento patriótico y una gran sensibilidad social, es decir, la recuperación o, democratización de Pdvsa se llevó a cabo gracias a la voluntad política.
Recordemos a Gramsci “Ante el pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad”
¿Cuál es la enseñanza? Esta: ¿Hay o no hay voluntad política? That`s the question.
Es necesario destacar que el anterior es solo un ejemplo de todos los que se pueden citar. Imaginémonos el gran trabajo de sistematización que habrá que emprender con los miles de testimonios que quedaron de esta brillante y compleja historia en la que la acerada voluntad de un hombre, Hugo Chávez, despertó conciencias, rompió paradigmas y nos demostró que, efectivamente, vivimos en la tierra de lo posible.
A 14 años del inicio del fenómeno político que se llamó ―y que continua llamándose― Revolución bolivariana, pensamos que es mucho lo que se ha aprendido, muchos los espacios que nacieron, las instituciones que se crearon, los recursos invertidos en el desarrollo del país, todo lo cual generará necesariamente un salto cualitativo en Venezuela. Se vislumbra en el horizonte un legado monstruoso, y desde ya podemos decir que, si se mantiene esa voluntad ―y Nicolás está demostrando haber asumido ese legado fundamental― y a esta se suma una preparación y capacidad a la altura de esa voluntad, más temprano que tarde tendremos una nueva potencia en el mundo.
amauryalejandrogv@gmail.com
@maurogonzag
viernes, 29 de marzo de 2013
Palabras en tu honor, camarada
Cuando nuestras vidas se cruzaron en la artillería del pensamiento, al poco tiempo recordé un correo que hacía un par de años había recibido con un amable comentario de un artículo en el que criticaba a un conocido personaje de la Cuarta República. El remitente y él tenían el mismo nombre. Más adelante, le pregunté si había sido él quien me había enviado ese correo y su respuesta fue una sonrisa, una evasiva sonrisa. Así era el camarada, sugerente, reservado. Hoy, me pregunto sobre la vida de una persona, de un compañero, cuyo mundo personal mantuvo siempre en infranqueable discreción; hoy, me pregunto sobre lo que la tribulación pudo haber acumulado en su pecho y en su mente.
Ese acumulado, ese dolor, el trabajo y el estudio sin descanso, la incomprensión, la muerte del Comandante, todo eso pudo haberlo matado. Nunca supo sobre la jodedera que mantuvimos cuando era nuevo por su parecido con un conocido diputado de la oposición, con quien también compartía el apellido. Activo en todos los proyectos, como queriendo recuperar algún tiempo perdido, vivir a plenitud esta maravillosa época bolivariana, en cada debate sabía escuchar cada intervención, sintetizar, tomar nota, replicar si era necesario, cualidades de las que muchos carecían y que hicieron de él alguien culto, en el parecer de Galeano que es el parecer de nosotros. Al poder del conocimiento unía el de su voz, la cual sabía administrar, esconder y enseñar en función del escenario.
Ingeniero sin el papel, pero también lector voraz y apasionado de la historia, nos acompañó en los diálogos que se iniciaron a propósito del bicentenario del primer germen independentista, en los espacios de Tiuna El Fuerte junto al historiador Alexander Torres, quien supo apreciar su aporte, toda vez que la pregunta que nos hicimos y que abrió los fuegos del foro, fue si realmente teníamos algo que celebrar, conmemorar, recordar o reflexionar, por los doscientos años de aquella declaratoria de fidelidad a aquel rey. Su sentido de la responsabilidad era rígido, sin concesiones, asfixiante, innegociable. Solo después de tu imprevista y súbita partida, distanciados, reciente la muerte del Comandante, comprendí que actuabas contra el tiempo, en rebelión permanente contra la entropía, con la conciencia del final siempre presente. Nunca nos dijiste nada, hermano, pero sabía de tu mariateguiana agonía.
Hombre de familia, riguroso en el trabajo, fue siempre de los primeros en llegar y de los últimos en irse. Solidario, compañero de lucha a toda prueba, amigo de sus amigos, prefirió reservarse las críticas y optar siempre por el diálogo, la diplomacia. Asimismo, creo sinceramente que no hubiera titubeado al momento de tomar el fusil, y orgulloso hubiera combatido y caído en la refriega. Pero igual, en esta Revolución pacífica, más difícil aún, cayó combatiendo en el lugar de trabajo, en el frente complejo y turbulento de la burocracia.
Confieso que no quise verte en la caja. Preferí llevarme la imagen del compañero que estuvo conmigo en la presentación de la biblioteca José Carlos Mariátegui en el Parque Francisco de Miranda, en ese lluvioso noviembre de 2010; prefiero recordar las amables palabras que tuviste a bien pronunciar durante la presentación de mi libro, hace apenas dos años. Siempre estuviste ahí, como un hermano misterioso, como un guardián. No sé si lograste todos tus cometidos en el terreno, lo que sí sé es que fuiste un ejemplo, y desde acá te recordaremos.
Ese acumulado, ese dolor, el trabajo y el estudio sin descanso, la incomprensión, la muerte del Comandante, todo eso pudo haberlo matado. Nunca supo sobre la jodedera que mantuvimos cuando era nuevo por su parecido con un conocido diputado de la oposición, con quien también compartía el apellido. Activo en todos los proyectos, como queriendo recuperar algún tiempo perdido, vivir a plenitud esta maravillosa época bolivariana, en cada debate sabía escuchar cada intervención, sintetizar, tomar nota, replicar si era necesario, cualidades de las que muchos carecían y que hicieron de él alguien culto, en el parecer de Galeano que es el parecer de nosotros. Al poder del conocimiento unía el de su voz, la cual sabía administrar, esconder y enseñar en función del escenario.
Ingeniero sin el papel, pero también lector voraz y apasionado de la historia, nos acompañó en los diálogos que se iniciaron a propósito del bicentenario del primer germen independentista, en los espacios de Tiuna El Fuerte junto al historiador Alexander Torres, quien supo apreciar su aporte, toda vez que la pregunta que nos hicimos y que abrió los fuegos del foro, fue si realmente teníamos algo que celebrar, conmemorar, recordar o reflexionar, por los doscientos años de aquella declaratoria de fidelidad a aquel rey. Su sentido de la responsabilidad era rígido, sin concesiones, asfixiante, innegociable. Solo después de tu imprevista y súbita partida, distanciados, reciente la muerte del Comandante, comprendí que actuabas contra el tiempo, en rebelión permanente contra la entropía, con la conciencia del final siempre presente. Nunca nos dijiste nada, hermano, pero sabía de tu mariateguiana agonía.
Hombre de familia, riguroso en el trabajo, fue siempre de los primeros en llegar y de los últimos en irse. Solidario, compañero de lucha a toda prueba, amigo de sus amigos, prefirió reservarse las críticas y optar siempre por el diálogo, la diplomacia. Asimismo, creo sinceramente que no hubiera titubeado al momento de tomar el fusil, y orgulloso hubiera combatido y caído en la refriega. Pero igual, en esta Revolución pacífica, más difícil aún, cayó combatiendo en el lugar de trabajo, en el frente complejo y turbulento de la burocracia.
Confieso que no quise verte en la caja. Preferí llevarme la imagen del compañero que estuvo conmigo en la presentación de la biblioteca José Carlos Mariátegui en el Parque Francisco de Miranda, en ese lluvioso noviembre de 2010; prefiero recordar las amables palabras que tuviste a bien pronunciar durante la presentación de mi libro, hace apenas dos años. Siempre estuviste ahí, como un hermano misterioso, como un guardián. No sé si lograste todos tus cometidos en el terreno, lo que sí sé es que fuiste un ejemplo, y desde acá te recordaremos.
domingo, 24 de marzo de 2013
La violencia y el papaheladismo patológico
Venezuela entera celebra la creación del Movimiento por la Paz y la Vida, una política de Estado que se espera movilice a la sociedad en su conjunto en el propósito de combatir y erradicar definitivamente el complejo mal de la violencia. En este contexto, aprovecharé para hacer una breve reflexión como forma de aportar al debate abierto sobre un tema que, a pesar de sus complejidades, fue y sigue siendo utilizado políticamente por los sectores que se oponen al Gobierno bolivariano.
Históricamente, la pobreza, la genética, las drogas, se han aludido como causantes de la violencia en nuestro país. Las tesis sobre el por qué del comportamiento violento abundan. Sobre el tema se encuentran trabajos de la mayor seriedad, así como otros sin mucha fundamentación, simplificadores, jalados por los pelos. De otro lado, la politización del asunto no ha colaborado en nada para solucionar el problema, aunque sí para ampliar un poco nuestra visión sobre la situación.
Si escogemos el tema de la pobreza como el nodo crítico entre los factores causantes de la violencia en Venezuela, de inmediato recordamos la intervención en CNN en español del sociólogo venezolano Roberto Briceño León, quien tiene años dirigiendo un instituto especializado en el tema que nos ocupa. Todos recordamos como en ese programa, el investigador, debatiendo en vivo con el entonces ministro de comunicación Andrés Izarra, argumentaba que si la pobreza en Venezuela se había reducido sustancialmente, tal como lo afirmaba el gobierno, y la pobreza era la principal causa de la violencia, entonces la violencia registrada en el país constituía el mentís de la primera afirmación: la reducción de la pobreza en el país.
Ahora bien, si la pobreza se redujo en Venezuela y sin embargo los niveles de violencia siguen siendo preocupantes ―partiendo de la premisa de que la pobreza es la causante de la violencia―, eso nos estaría indicando una de dos cosas: que es falso que la pobreza se ha reducido en el país o, que la pobreza ―entendida como mera pobreza material― no es entonces lo que causa la violencia, o por lo menos no es la causa fundamental en este momento de la historia del país, toda vez que pudo serlo en otra época o en otro contexto.
Con esta afirmación no nos referimos exclusivamente a la idea de que la pobreza también puede ser espiritual, cultural, lo cual constituye otro factor a considerar, sino que existe un correlato más perverso de la exclusión material, un factor que alude directamente elementos ideológicos, psicológicos, subjetivos, y que generan un sufrimiento mayor que la carencia material o el hambre en sí misma. No me refiero a otra cosa sino a la indiferencia, el desprecio y la discriminación que, junto al hambre, tienden a sufrir los pobres por su condición, en el contexto de todas las modernas sociedades capitalistas.
Efectivamente, estamos recordando la investigación citada por Oscar Schemel, de la agencia Hinterlaces, durante un foro realizado en el marco de la pasada campaña presidencial, previa al 7 de octubre. El estudio citado, consistió en una encuesta realizada a 60 mil personas en sesenta países, en la que se le preguntó a la gente que era lo que más dolía de ser pobre. Una respuesta se impuso por encima del hambre, y fue “la mirada de desprecio”. Los resultados de este estudio fueron citados hoy, y no por casualidad, por Eleazar Díaz Rangel en su columna dominical.
¿Qué lectura podemos dar de los resultados de esta curiosa encuesta? En el documental Zeitgeist Moving Forward, por medio de la voz de diversos profesores y voces acreditadas para ello, se da cuenta de que la violencia es inherente a las sociedades estratificadas y jerárquicas, y en algún momento llegan a una conclusión similar a la del estudio mencionado: la violencia es producto de la discriminación, del irrespeto, de la formas más inverosímiles de humillación y sometimiento propias de sociedades donde las desigualdades o jerarquías económicas son sólo las más visibles entre un conjunto de formas de opresión que terminan expresándose en distintas formas de violencia.
De esta manera, conviene entonces analizar el conjunto de valores y creencias dominantes en nuestra sociedad, siempre en relación con nuestra economía rentista que todo lo permea y distorsiona.
A mi modo de ver, bien valdría la pena preguntarnos sobre los actuales fundamentos del estatus social, considerando que estamos, como se ha dicho hasta la saciedad, en un proceso de cambio de época.
Esto nos llevaría a preguntarnos, en primer lugar, que es eso del “estatus social”, en un país caracterizado por lo que he llamado el “papaheladismo patológico”. Recordemos que a Chávez lo llamaban el “malhablado”, el “inquilino”, así como ahora llaman a Maduro “el autobusero”.
amauryalejandrogv@gmail.com
@maurogonzag
Históricamente, la pobreza, la genética, las drogas, se han aludido como causantes de la violencia en nuestro país. Las tesis sobre el por qué del comportamiento violento abundan. Sobre el tema se encuentran trabajos de la mayor seriedad, así como otros sin mucha fundamentación, simplificadores, jalados por los pelos. De otro lado, la politización del asunto no ha colaborado en nada para solucionar el problema, aunque sí para ampliar un poco nuestra visión sobre la situación.
Si escogemos el tema de la pobreza como el nodo crítico entre los factores causantes de la violencia en Venezuela, de inmediato recordamos la intervención en CNN en español del sociólogo venezolano Roberto Briceño León, quien tiene años dirigiendo un instituto especializado en el tema que nos ocupa. Todos recordamos como en ese programa, el investigador, debatiendo en vivo con el entonces ministro de comunicación Andrés Izarra, argumentaba que si la pobreza en Venezuela se había reducido sustancialmente, tal como lo afirmaba el gobierno, y la pobreza era la principal causa de la violencia, entonces la violencia registrada en el país constituía el mentís de la primera afirmación: la reducción de la pobreza en el país.
Ahora bien, si la pobreza se redujo en Venezuela y sin embargo los niveles de violencia siguen siendo preocupantes ―partiendo de la premisa de que la pobreza es la causante de la violencia―, eso nos estaría indicando una de dos cosas: que es falso que la pobreza se ha reducido en el país o, que la pobreza ―entendida como mera pobreza material― no es entonces lo que causa la violencia, o por lo menos no es la causa fundamental en este momento de la historia del país, toda vez que pudo serlo en otra época o en otro contexto.
Con esta afirmación no nos referimos exclusivamente a la idea de que la pobreza también puede ser espiritual, cultural, lo cual constituye otro factor a considerar, sino que existe un correlato más perverso de la exclusión material, un factor que alude directamente elementos ideológicos, psicológicos, subjetivos, y que generan un sufrimiento mayor que la carencia material o el hambre en sí misma. No me refiero a otra cosa sino a la indiferencia, el desprecio y la discriminación que, junto al hambre, tienden a sufrir los pobres por su condición, en el contexto de todas las modernas sociedades capitalistas.
Efectivamente, estamos recordando la investigación citada por Oscar Schemel, de la agencia Hinterlaces, durante un foro realizado en el marco de la pasada campaña presidencial, previa al 7 de octubre. El estudio citado, consistió en una encuesta realizada a 60 mil personas en sesenta países, en la que se le preguntó a la gente que era lo que más dolía de ser pobre. Una respuesta se impuso por encima del hambre, y fue “la mirada de desprecio”. Los resultados de este estudio fueron citados hoy, y no por casualidad, por Eleazar Díaz Rangel en su columna dominical.
¿Qué lectura podemos dar de los resultados de esta curiosa encuesta? En el documental Zeitgeist Moving Forward, por medio de la voz de diversos profesores y voces acreditadas para ello, se da cuenta de que la violencia es inherente a las sociedades estratificadas y jerárquicas, y en algún momento llegan a una conclusión similar a la del estudio mencionado: la violencia es producto de la discriminación, del irrespeto, de la formas más inverosímiles de humillación y sometimiento propias de sociedades donde las desigualdades o jerarquías económicas son sólo las más visibles entre un conjunto de formas de opresión que terminan expresándose en distintas formas de violencia.
De esta manera, conviene entonces analizar el conjunto de valores y creencias dominantes en nuestra sociedad, siempre en relación con nuestra economía rentista que todo lo permea y distorsiona.
A mi modo de ver, bien valdría la pena preguntarnos sobre los actuales fundamentos del estatus social, considerando que estamos, como se ha dicho hasta la saciedad, en un proceso de cambio de época.
Esto nos llevaría a preguntarnos, en primer lugar, que es eso del “estatus social”, en un país caracterizado por lo que he llamado el “papaheladismo patológico”. Recordemos que a Chávez lo llamaban el “malhablado”, el “inquilino”, así como ahora llaman a Maduro “el autobusero”.
amauryalejandrogv@gmail.com
@maurogonzag
viernes, 22 de marzo de 2013
Prólogo a "Ensayos heterodoxos en derechos humanos", de Gregorio Pérez Almeida
“Esta bien, luchemos por los derechos humanos, pero hagamos la revolución anticapitalista... que la barbarie arrecia y amenaza con arrasar a la humanidad”
Gregorio P. Almeida
Resulta para este servidor un verdadero placer, haber tenido la oportunidad de plasmar las palabras introductorias de una obra que, por su temática y por la perspectiva con que esta se examina, no sólo nos llega en el mejor momento posible, sino que constituye para nosotros una referencia de lo que significa el abordaje y análisis de nuestra realidad sociopolítica contemporánea desde una visión crítica-reflexiva, particularmente utilizando de manera aguda y brillante las categorías y conceptos de la teoría crítica decolonial.
Efectivamente no hay retórica alguna en la afirmación de que la presente obra nos llega en el mejor momento posible. Al momento de escribir estas palabras, para no extenderme en la ilustración de nuestro actual contexto político y geopolítico mundial signado por el conflicto y la guerra, es noticia y debate de alcance mundial, la filtración por parte de un bizarro colectivo informático-mediático internacional y su visibilización a la opinión pública mundial, de la más que apreciable cantidad de 250 mil documentos –de diversa índole pero en general considerados secretos- que, en su carácter de cables diplomáticos, develan descarnadamente los “secretos” de la política exterior imperial estadounidense, con énfasis en diversos actos que constituyen flagrantes violaciones a los “derechos humanos”, particularmente en la guerra imperialista que estos llevan a cabo en Irak y Afganistán. Wikileaks, ciertamente, no es el tema del presente trabajo; si lo constituye el de los renombrados y no muy respetados “derechos humanos”.
Ciertamente, la expresión entre comillas señala el objeto de la crítica del autor en el presente trabajo quien, inscribiéndose –como lo afirma al principio de la obra- dentro de la llamada cultura de la sospecha, abre fuegos desde el principio contra la concepción que hasta ahora nos han presentado sobre los derechos humanos, quitando el velo mítico de luz que los ha recubierto –labor por excelencia del pensamiento crítico- detrás del cual encontramos suficiente oscuridad como para, en un principio, sospechar de ellos. Hasta podemos decir que a lo largo de su trabajo, el profesor Pérez Almeida hace con ellos algo así como lo que Wikileaks está haciendo con la diplomacia estadounidense, dejándolos en paños menores, abriendo al mismo tiempo un feraz campo de investigación y de crítica con gran potencial político-transformador, en los ámbitos del revigorizado pensamiento crítico de la Venezuela enrumbada hacia el Socialismo para el siglo XXI, que no es tanto expresión de una época de cambios –como dice Rafael Correa- como de un cambio de época.
Desde el capitulo inicial, el autor deja claro cual es la idea central del texto: existen dos historias sobre los derechos humanos, una bonita –que es la que conocemos porque es la que nos han contado- y otra fea –que nos han encubierto y escamoteado-, a partir de la cual el autor despliega una importante labor crítica, desmitificando lo que para el autor es, recurriendo a la categoría Diseño Global planteada por Walter Mignolo, un constructo epistémico o ético-político bien localizado desde la perspectiva de la Geopolítica del Conocimiento: el norte euro-norteamericano en el contexto de la entronización de los EEUU como potencia hegemónica mundial post Segunda Guerra Mundial. De tal manera, los derechos humanos no tienen un “origen divino”, ni forman parte de la naturaleza humana, ni tienen una esencia eterna cuya expresión acabada y perfecta este plasmada en la redacción -por parte de los voceros del liberalismo burgués angloamericano y francés- de los 30 artículos que en 1948 se aprobaron como Declaración Universal de los “Derechos Humanos”.
Es así como el profesor Pérez Almeida hace énfasis en una idea que atraviesa transversalmente la obra. Los voceros de la modernidad capitalista y del mentado progreso como uno de sus mitos fundantes, han presentado a la historia de la humanidad como un trayecto que parte en un supuesto “estado de naturaleza”, donde primaría una suerte de guerra o conflicto permanente -el desorden y la barbarie como producto de la ausencia de una normatividad que regule la vida social-, y que tiene como término o punto de llegada –el súmmum- la Europa moderna, cristiana, capitalista, blanca y patriarcal, como la expresión más acabada o estadio más “avanzado” de sociedad en la historia de la especie humana. Una concepción que tiene en Hegel a uno de sus más importantes pilares y que por demás simboliza al capitalismo triunfante en la Europa de la segunda mitad del siglo XIX. Con este mito de fondo en el centro de su planteamiento, nuestro autor enfila sus baterías contra “la concepción universalista de los derechos humanos como eje de la evolución de la humanidad”.
En este sentido, según el mito básico de la modernidad y de acuerdo a los teóricos del imperialismo euro-norteamericano dominante a partir de 1945, la Declaración Universal de Derechos Humanos viene a ser el estado evolutivo más avanzado –e insuperable- de una vocación normativa que forma parte de la esencia humana y que ha venido evolucionando a través del tiempo, tal como lo ha hecho la ciencia y la tecnología en el marco general del progreso como visión diacrónica y unilineal de la historia y de la vida. Así las cosas, queda claro el mensaje revolucionario que transmite Pérez Almeida en su crítica: los derechos humanos son la notoria expresión, en el ámbito normativo de las relaciones internacionales –en la superestructura jurídica, diría Marx-, de lo que para Ramón Grosfoguel es el “sistema mundo Europeo/Euro-norteamericano moderno/colonial capitalista/patriarcal, cuya estructuración comienza en el 1492 y cuya consolidación ocurre en el siglo XVIII con la Revolución industrial y la Revolución Francesa, siempre con la visión universalista propia del despliegue histórico de la modernidad como una perspectiva del mundo, local, provinciana, expansiva y totalizante.
Sin dudas ni ambages, el autor nos dice que:
“En este sentido, debemos concluir que los derechos humanos son un producto histórico y de naturaleza clasista, que son una creación humana surgida al fragor de la lucha de clases y que, como expresión de la ideología liberal triunfante desde la Revolución francesa, ha servido de amalgama para construir la hegemonía política y cultural de la burguesía en el sistema-mundo- capitalista”.
El papel de la geopolítica del conocimiento y del entendimiento, en este sentido resulta la clave para entender el origen de lo que bien podríamos llamar la falacia jurídica de los derechos universales (en alusión a aquella otra falacia -la desarrollista mencionada por Dussel-). Siempre que se nos presenta alguna teoría, con todos sus postulados, conceptos y categorías, sobre todo si tienen que ver con el complejo tema del comportamiento humano, el cambio social y las formas de autoridad, se hace necesario hacernos una pregunta que encierra en si misma la cultura de la sospecha como postura teórica y actitud epistemológica: quien dice qué y desde donde. Partiendo de este principio, podemos constatar con el autor que lo que se dio en llamar “derechos humanos” –tal como la modernidad misma- tiene unos orígenes espacio-temporales bien definidos: el mundo configurado alrededor de la hegemonía estadounidense a partir de los genocidios de Hiroshima y Nagasaky, y que inauguró toda una era: la era nuclear, que es decir la era del terror por la posibilidad cierta de la destrucción de la humanidad en una guerra donde se utilice la mortífera arma.
Luego del triunfo definitivo de los aliados en 1945, y sobretodo desde la firma de los acuerdos de Bretton Woods unos meses antes, desde Estados Unidos se comienza a impulsar lo que se dio en llamar el Estado de Bienestar, llamado también Estado keynesiano de Posguerra, el cual inauguró la llamada edad de oro del capitalismo y que tuvo como rasgos fundamentales una distribución más o menos equitativa de las ganancias de la productividad entre capital y trabajo, lo que permitió la expansión del consumo en unas sociedades donde se comenzaba a promover con fuerza el estilo de vida americano, un sindicalismo fuerte y combativo, una fuerte campaña de difusión de los valores modernos y de los procesos de modernización, donde el llamado por Arturo Escobar “discurso del desarrollo” logró erigirse en la gramática fundamental que definió los senderos por los que cada país debía transitar para lograr el bienestar general, además de la promoción y defensa de la democracia liberal burguesa que, como bien lo expresa el autor es una forma de gobierno donde los derechos civiles y políticos individuales, garantistas, tuvieron siempre la primacía por sobre los derechos sociales, económicos y culturales.
Es en este contexto donde se entroniza la aplicación de la ciencia y la tecnología como la indiscutible forma de alcanzar el “progreso” y el “desarrollo” –luego de que Estados Unidos demostrara al mundo hasta donde era capaz de llegar en la carrera científico-tecnológica-militar- y donde surgen los “derechos humanos” como marco jurídico regulador de las relaciones entre los estados del sistema internacional. De tal manera, en el espíritu del planteamiento del “desarrollo como discurso” del pensador decolonial Arturo Escobar, podríamos de la misma forma esbozar que así como esta gramática del desarrollo se orientó siempre a influir sobre los procesos y ámbitos político, económico y cultural de las sociedades, esta vez con un alcance global, los derechos humanos –como ideología, como discurso- configuraron otra gramática –asociada a la anterior- orientada a definir e influir en los procesos jurídicos a nivel mundial. Como bien lo reitera nuestro autor, los derechos humanos tienen una historia bonita y otra fea; otro tanto se puede decir de la historia del desarrollo. Luego de décadas de este último podemos constatar, como resultado de la colonización en nuestro imaginario por esta mitología, el aumento de la pobreza y la exclusión; lo contrario de lo que vende el desarrollo. En el mismo orden de ideas, luego de 62 años de derechos humanos, enfrentamos una realidad que es ilustrada con mordacidad por Pérez Almeida cuando nos dice que el imperialismo, después de destruir casas y matar mucha gente, sus mismos aviones sobrevuelan las zonas devastadas –de un tiempo para acá humanitariamente- lanzando comida y medicamentos por las mismas compuertas por las que salió el fósforo blanco que asesinó a muchos civiles inocentes; claro, estas acciones “humanitarias” se realizan con la intención de garantizar los derechos humanos de los sobrevivientes. Ya se sabe, por lo demás, que las víctimas inocentes de los ataques a objetivos militares no son tales sino daños colaterales.
El tono sarcástico que se percibe en el estilo del autor, es el tono que usa el intelectual crítico que en el hallazgo de su análisis, devela una realidad indignante que lo mueve a hacer un llamado a través de su obra, dirigido a todos aquellos colectivos que hoy, desde distintos lugares geográficos y teóricos, impugnan el sistema capitalista y a sus intelectuales orgánicos que, con el apoyo de las grandes corporaciones mediáticas de alcance mundial, son capaces de crear realidades con definiciones y discursos encubridores de realidades que, muchas veces, más allá de las posibilidades del lenguaje al servicio de la dominación, el control y la mentira, no son fácilmente escamoteables por más que esta perversa creatividad produzca oximorons como los se han planteado y difundido mas o menos recientemente como ese del "capitalismo popular", o uno que toca al tema de este libro como es el de la "guerra humanitaria"; no hablemos del cínico "fuego amigo".
Quizá de todos los valiosos planteamientos y puertas que abre nuestro autor para la investigación militante y revolucionaria en materia de derechos humanos, el más importante sea aquel que denuncia estos “derechos” como una especie de ideología catalizadora o discurso lubricante del sistema mundo capitalista. En tal sentido, el autor sacude la ironía presente en la supuesta defensa de los derechos humanos por parte de algunos estados-naciones y actores políticos, preguntándose si es posible que un defensor de tan sagrados derechos pueda ejercer la violencia produciendo muerte y destrucción. En efecto, la respuesta que se da el autor ante las inhumanas prácticas que llevan a cabo estos “defensores de la humanidad” –como por ejemplo en Haití o Irak- y que constituyen un claro mentís de su discurso, es la siguiente:
“el problema más grave en derechos humanos no es que “la brecha entre lo que se dice y lo que se hace es cada día más grande”, sino que esa brecha es el fundamento y la razón de ser de dichos derechos y sin ella no podríamos hablar de ellos. Esquizofrenia pura”.
Así las cosas, en completo acuerdo con Pérez Almeida, vivimos en un mundo esquizofrénico donde por una parte nos venden la idea de que efectivamente existen unos derechos humanos para todos los hombres y mujeres que vivimos en este mundo –siempre con el mito de fondo de que vivimos en el mejor de los mundos jurídicos posibles-, pero por otra lo que se constata es que se siguen violando de manera descarada y salvaje la humanidad de pueblos que tuvieron la desgracia de nacer en tierras con grandes reservas de minerales e hidrocarburos, necesarias para mantener el funcionamiento de un sistema mundo cuya violencia es inherente a su naturaleza y funcionamiento. En otras palabras, en el mundo patas arriba del que nos habla Galeano y como bien nos dice nuestro autor, este camino mitológico nos monta en algo así como la rueda del Hámster, pero ideológica; es el burro de la humanidad persiguiendo eternamente la zanahoria del respeto a sus sagrados derechos mientras recibe el azote de los adláteres de los jefes-dirigentes del sistema mundo moderno/colonial capitalista/patriarcal.
Finalmente, entre todos las discusiones que deja abiertas con variedad de preguntas problematizadoras, el autor participa de un importante debate en el campo de la teoría crítica decolonial, cuyo eje central es la inclusión de la "Declaración universal de los Derechos Humanos”, dentro de lo que W. Mignolo llama Diseño Global. Luego de llamar la atención y de criticar el hecho de que Mignolo no considere los derechos humanos un Diseño Global como constructo epistémico o ético-político -entre otros que han impulsado históricamente los países centro-imperiales- preguntándose si entonces este autor considera que estos derechos, en el momento de su aprobación en 1948, recogían las esperanzas y aspiraciones de los estados periféricos en proceso de descolonización, Pérez Almeida afirma que, efectivamente
“…el constructo derechos humanos es un “diseño global” (Mignolo) o una “estrategia ideológica/simbólica global” (Grosfogel), que ha calado en la raíz de los imaginarios sociales de los pueblos del Sur, lo que habla de su éxito como estrategia hegemónica”.
Afirmación a partir de la cual el autor, incorporando la categoría de colonialidad del poder de Aníbal Quijano y citando los aportes que a esta ha hecho el pensador Ramón Grosfoguel, afirma que además del control de los recursos y productos del trabajo, de los recursos y productos del sexo, de la autoridad política y de sus mecanismos de coacción y del conocimiento y la subjetividad, se puede incluir en este patrón de poder colonial “el control de la utopía y los ideales de emancipación por medio del diseño global de los derechos humanos”, todo lo cual constituye un desafío para los grupos progresistas, movimientos sociales y actores políticos revolucionarios, que hoy utilizan el discurso de los derechos universales en su lucha por la liberación y que constituye otra de las cuestiones a dilucidar por la intelectualidad crítica-revolucionaria y radical contemporánea.
Estos Ensayos heterodoxos en derechos humanos, como análisis político-crítico, como diagnóstico y como visibilización de una realidad que muchos no observan en su convicción de que el mundo “ha avanzado”, constituyen un aporte significativo a la batalla de las ideas en la cual estamos inmersos y una demostración del potencial político transformador que encierra una propuesta teórico-epistémica que, difundida en los nuevos espacios comunicativos, políticos y educativos que han surgido en los últimos años de proceso político, podrían erigirse en el gran impulso que este necesita para avanzar hacia el carácter cultural que tiene que adoptar definitivamente la Revolución bolivariana.
Invito pues, al pueblo venezolano y dentro de este a la intelectualidad crítica que apoya la transformación del país, de la región y del mundo, a leer y estudiar con la mayor atención y rigurosidad, individual y colectivamente, este valioso aporte al pensamiento crítico venezolano y nuestramericano, con la esperanza de que contribuya, en el espiritu de Alfredo Maneiro, a fortalecer la eficacia política y la calidad revolucionaria de todos aquellos que pensamos y sentimos que el camino a recorrer es el que conduce al socialismo indoafroamericano.
Amaury González Vilera
Altos Mirandinos, diciembre de 2010
Gregorio P. Almeida
Resulta para este servidor un verdadero placer, haber tenido la oportunidad de plasmar las palabras introductorias de una obra que, por su temática y por la perspectiva con que esta se examina, no sólo nos llega en el mejor momento posible, sino que constituye para nosotros una referencia de lo que significa el abordaje y análisis de nuestra realidad sociopolítica contemporánea desde una visión crítica-reflexiva, particularmente utilizando de manera aguda y brillante las categorías y conceptos de la teoría crítica decolonial.
Efectivamente no hay retórica alguna en la afirmación de que la presente obra nos llega en el mejor momento posible. Al momento de escribir estas palabras, para no extenderme en la ilustración de nuestro actual contexto político y geopolítico mundial signado por el conflicto y la guerra, es noticia y debate de alcance mundial, la filtración por parte de un bizarro colectivo informático-mediático internacional y su visibilización a la opinión pública mundial, de la más que apreciable cantidad de 250 mil documentos –de diversa índole pero en general considerados secretos- que, en su carácter de cables diplomáticos, develan descarnadamente los “secretos” de la política exterior imperial estadounidense, con énfasis en diversos actos que constituyen flagrantes violaciones a los “derechos humanos”, particularmente en la guerra imperialista que estos llevan a cabo en Irak y Afganistán. Wikileaks, ciertamente, no es el tema del presente trabajo; si lo constituye el de los renombrados y no muy respetados “derechos humanos”.
Ciertamente, la expresión entre comillas señala el objeto de la crítica del autor en el presente trabajo quien, inscribiéndose –como lo afirma al principio de la obra- dentro de la llamada cultura de la sospecha, abre fuegos desde el principio contra la concepción que hasta ahora nos han presentado sobre los derechos humanos, quitando el velo mítico de luz que los ha recubierto –labor por excelencia del pensamiento crítico- detrás del cual encontramos suficiente oscuridad como para, en un principio, sospechar de ellos. Hasta podemos decir que a lo largo de su trabajo, el profesor Pérez Almeida hace con ellos algo así como lo que Wikileaks está haciendo con la diplomacia estadounidense, dejándolos en paños menores, abriendo al mismo tiempo un feraz campo de investigación y de crítica con gran potencial político-transformador, en los ámbitos del revigorizado pensamiento crítico de la Venezuela enrumbada hacia el Socialismo para el siglo XXI, que no es tanto expresión de una época de cambios –como dice Rafael Correa- como de un cambio de época.
Desde el capitulo inicial, el autor deja claro cual es la idea central del texto: existen dos historias sobre los derechos humanos, una bonita –que es la que conocemos porque es la que nos han contado- y otra fea –que nos han encubierto y escamoteado-, a partir de la cual el autor despliega una importante labor crítica, desmitificando lo que para el autor es, recurriendo a la categoría Diseño Global planteada por Walter Mignolo, un constructo epistémico o ético-político bien localizado desde la perspectiva de la Geopolítica del Conocimiento: el norte euro-norteamericano en el contexto de la entronización de los EEUU como potencia hegemónica mundial post Segunda Guerra Mundial. De tal manera, los derechos humanos no tienen un “origen divino”, ni forman parte de la naturaleza humana, ni tienen una esencia eterna cuya expresión acabada y perfecta este plasmada en la redacción -por parte de los voceros del liberalismo burgués angloamericano y francés- de los 30 artículos que en 1948 se aprobaron como Declaración Universal de los “Derechos Humanos”.
Es así como el profesor Pérez Almeida hace énfasis en una idea que atraviesa transversalmente la obra. Los voceros de la modernidad capitalista y del mentado progreso como uno de sus mitos fundantes, han presentado a la historia de la humanidad como un trayecto que parte en un supuesto “estado de naturaleza”, donde primaría una suerte de guerra o conflicto permanente -el desorden y la barbarie como producto de la ausencia de una normatividad que regule la vida social-, y que tiene como término o punto de llegada –el súmmum- la Europa moderna, cristiana, capitalista, blanca y patriarcal, como la expresión más acabada o estadio más “avanzado” de sociedad en la historia de la especie humana. Una concepción que tiene en Hegel a uno de sus más importantes pilares y que por demás simboliza al capitalismo triunfante en la Europa de la segunda mitad del siglo XIX. Con este mito de fondo en el centro de su planteamiento, nuestro autor enfila sus baterías contra “la concepción universalista de los derechos humanos como eje de la evolución de la humanidad”.
En este sentido, según el mito básico de la modernidad y de acuerdo a los teóricos del imperialismo euro-norteamericano dominante a partir de 1945, la Declaración Universal de Derechos Humanos viene a ser el estado evolutivo más avanzado –e insuperable- de una vocación normativa que forma parte de la esencia humana y que ha venido evolucionando a través del tiempo, tal como lo ha hecho la ciencia y la tecnología en el marco general del progreso como visión diacrónica y unilineal de la historia y de la vida. Así las cosas, queda claro el mensaje revolucionario que transmite Pérez Almeida en su crítica: los derechos humanos son la notoria expresión, en el ámbito normativo de las relaciones internacionales –en la superestructura jurídica, diría Marx-, de lo que para Ramón Grosfoguel es el “sistema mundo Europeo/Euro-norteamericano moderno/colonial capitalista/patriarcal, cuya estructuración comienza en el 1492 y cuya consolidación ocurre en el siglo XVIII con la Revolución industrial y la Revolución Francesa, siempre con la visión universalista propia del despliegue histórico de la modernidad como una perspectiva del mundo, local, provinciana, expansiva y totalizante.
Sin dudas ni ambages, el autor nos dice que:
“En este sentido, debemos concluir que los derechos humanos son un producto histórico y de naturaleza clasista, que son una creación humana surgida al fragor de la lucha de clases y que, como expresión de la ideología liberal triunfante desde la Revolución francesa, ha servido de amalgama para construir la hegemonía política y cultural de la burguesía en el sistema-mundo- capitalista”.
El papel de la geopolítica del conocimiento y del entendimiento, en este sentido resulta la clave para entender el origen de lo que bien podríamos llamar la falacia jurídica de los derechos universales (en alusión a aquella otra falacia -la desarrollista mencionada por Dussel-). Siempre que se nos presenta alguna teoría, con todos sus postulados, conceptos y categorías, sobre todo si tienen que ver con el complejo tema del comportamiento humano, el cambio social y las formas de autoridad, se hace necesario hacernos una pregunta que encierra en si misma la cultura de la sospecha como postura teórica y actitud epistemológica: quien dice qué y desde donde. Partiendo de este principio, podemos constatar con el autor que lo que se dio en llamar “derechos humanos” –tal como la modernidad misma- tiene unos orígenes espacio-temporales bien definidos: el mundo configurado alrededor de la hegemonía estadounidense a partir de los genocidios de Hiroshima y Nagasaky, y que inauguró toda una era: la era nuclear, que es decir la era del terror por la posibilidad cierta de la destrucción de la humanidad en una guerra donde se utilice la mortífera arma.
Luego del triunfo definitivo de los aliados en 1945, y sobretodo desde la firma de los acuerdos de Bretton Woods unos meses antes, desde Estados Unidos se comienza a impulsar lo que se dio en llamar el Estado de Bienestar, llamado también Estado keynesiano de Posguerra, el cual inauguró la llamada edad de oro del capitalismo y que tuvo como rasgos fundamentales una distribución más o menos equitativa de las ganancias de la productividad entre capital y trabajo, lo que permitió la expansión del consumo en unas sociedades donde se comenzaba a promover con fuerza el estilo de vida americano, un sindicalismo fuerte y combativo, una fuerte campaña de difusión de los valores modernos y de los procesos de modernización, donde el llamado por Arturo Escobar “discurso del desarrollo” logró erigirse en la gramática fundamental que definió los senderos por los que cada país debía transitar para lograr el bienestar general, además de la promoción y defensa de la democracia liberal burguesa que, como bien lo expresa el autor es una forma de gobierno donde los derechos civiles y políticos individuales, garantistas, tuvieron siempre la primacía por sobre los derechos sociales, económicos y culturales.
Es en este contexto donde se entroniza la aplicación de la ciencia y la tecnología como la indiscutible forma de alcanzar el “progreso” y el “desarrollo” –luego de que Estados Unidos demostrara al mundo hasta donde era capaz de llegar en la carrera científico-tecnológica-militar- y donde surgen los “derechos humanos” como marco jurídico regulador de las relaciones entre los estados del sistema internacional. De tal manera, en el espíritu del planteamiento del “desarrollo como discurso” del pensador decolonial Arturo Escobar, podríamos de la misma forma esbozar que así como esta gramática del desarrollo se orientó siempre a influir sobre los procesos y ámbitos político, económico y cultural de las sociedades, esta vez con un alcance global, los derechos humanos –como ideología, como discurso- configuraron otra gramática –asociada a la anterior- orientada a definir e influir en los procesos jurídicos a nivel mundial. Como bien lo reitera nuestro autor, los derechos humanos tienen una historia bonita y otra fea; otro tanto se puede decir de la historia del desarrollo. Luego de décadas de este último podemos constatar, como resultado de la colonización en nuestro imaginario por esta mitología, el aumento de la pobreza y la exclusión; lo contrario de lo que vende el desarrollo. En el mismo orden de ideas, luego de 62 años de derechos humanos, enfrentamos una realidad que es ilustrada con mordacidad por Pérez Almeida cuando nos dice que el imperialismo, después de destruir casas y matar mucha gente, sus mismos aviones sobrevuelan las zonas devastadas –de un tiempo para acá humanitariamente- lanzando comida y medicamentos por las mismas compuertas por las que salió el fósforo blanco que asesinó a muchos civiles inocentes; claro, estas acciones “humanitarias” se realizan con la intención de garantizar los derechos humanos de los sobrevivientes. Ya se sabe, por lo demás, que las víctimas inocentes de los ataques a objetivos militares no son tales sino daños colaterales.
El tono sarcástico que se percibe en el estilo del autor, es el tono que usa el intelectual crítico que en el hallazgo de su análisis, devela una realidad indignante que lo mueve a hacer un llamado a través de su obra, dirigido a todos aquellos colectivos que hoy, desde distintos lugares geográficos y teóricos, impugnan el sistema capitalista y a sus intelectuales orgánicos que, con el apoyo de las grandes corporaciones mediáticas de alcance mundial, son capaces de crear realidades con definiciones y discursos encubridores de realidades que, muchas veces, más allá de las posibilidades del lenguaje al servicio de la dominación, el control y la mentira, no son fácilmente escamoteables por más que esta perversa creatividad produzca oximorons como los se han planteado y difundido mas o menos recientemente como ese del "capitalismo popular", o uno que toca al tema de este libro como es el de la "guerra humanitaria"; no hablemos del cínico "fuego amigo".
Quizá de todos los valiosos planteamientos y puertas que abre nuestro autor para la investigación militante y revolucionaria en materia de derechos humanos, el más importante sea aquel que denuncia estos “derechos” como una especie de ideología catalizadora o discurso lubricante del sistema mundo capitalista. En tal sentido, el autor sacude la ironía presente en la supuesta defensa de los derechos humanos por parte de algunos estados-naciones y actores políticos, preguntándose si es posible que un defensor de tan sagrados derechos pueda ejercer la violencia produciendo muerte y destrucción. En efecto, la respuesta que se da el autor ante las inhumanas prácticas que llevan a cabo estos “defensores de la humanidad” –como por ejemplo en Haití o Irak- y que constituyen un claro mentís de su discurso, es la siguiente:
“el problema más grave en derechos humanos no es que “la brecha entre lo que se dice y lo que se hace es cada día más grande”, sino que esa brecha es el fundamento y la razón de ser de dichos derechos y sin ella no podríamos hablar de ellos. Esquizofrenia pura”.
Así las cosas, en completo acuerdo con Pérez Almeida, vivimos en un mundo esquizofrénico donde por una parte nos venden la idea de que efectivamente existen unos derechos humanos para todos los hombres y mujeres que vivimos en este mundo –siempre con el mito de fondo de que vivimos en el mejor de los mundos jurídicos posibles-, pero por otra lo que se constata es que se siguen violando de manera descarada y salvaje la humanidad de pueblos que tuvieron la desgracia de nacer en tierras con grandes reservas de minerales e hidrocarburos, necesarias para mantener el funcionamiento de un sistema mundo cuya violencia es inherente a su naturaleza y funcionamiento. En otras palabras, en el mundo patas arriba del que nos habla Galeano y como bien nos dice nuestro autor, este camino mitológico nos monta en algo así como la rueda del Hámster, pero ideológica; es el burro de la humanidad persiguiendo eternamente la zanahoria del respeto a sus sagrados derechos mientras recibe el azote de los adláteres de los jefes-dirigentes del sistema mundo moderno/colonial capitalista/patriarcal.
Finalmente, entre todos las discusiones que deja abiertas con variedad de preguntas problematizadoras, el autor participa de un importante debate en el campo de la teoría crítica decolonial, cuyo eje central es la inclusión de la "Declaración universal de los Derechos Humanos”, dentro de lo que W. Mignolo llama Diseño Global. Luego de llamar la atención y de criticar el hecho de que Mignolo no considere los derechos humanos un Diseño Global como constructo epistémico o ético-político -entre otros que han impulsado históricamente los países centro-imperiales- preguntándose si entonces este autor considera que estos derechos, en el momento de su aprobación en 1948, recogían las esperanzas y aspiraciones de los estados periféricos en proceso de descolonización, Pérez Almeida afirma que, efectivamente
“…el constructo derechos humanos es un “diseño global” (Mignolo) o una “estrategia ideológica/simbólica global” (Grosfogel), que ha calado en la raíz de los imaginarios sociales de los pueblos del Sur, lo que habla de su éxito como estrategia hegemónica”.
Afirmación a partir de la cual el autor, incorporando la categoría de colonialidad del poder de Aníbal Quijano y citando los aportes que a esta ha hecho el pensador Ramón Grosfoguel, afirma que además del control de los recursos y productos del trabajo, de los recursos y productos del sexo, de la autoridad política y de sus mecanismos de coacción y del conocimiento y la subjetividad, se puede incluir en este patrón de poder colonial “el control de la utopía y los ideales de emancipación por medio del diseño global de los derechos humanos”, todo lo cual constituye un desafío para los grupos progresistas, movimientos sociales y actores políticos revolucionarios, que hoy utilizan el discurso de los derechos universales en su lucha por la liberación y que constituye otra de las cuestiones a dilucidar por la intelectualidad crítica-revolucionaria y radical contemporánea.
Estos Ensayos heterodoxos en derechos humanos, como análisis político-crítico, como diagnóstico y como visibilización de una realidad que muchos no observan en su convicción de que el mundo “ha avanzado”, constituyen un aporte significativo a la batalla de las ideas en la cual estamos inmersos y una demostración del potencial político transformador que encierra una propuesta teórico-epistémica que, difundida en los nuevos espacios comunicativos, políticos y educativos que han surgido en los últimos años de proceso político, podrían erigirse en el gran impulso que este necesita para avanzar hacia el carácter cultural que tiene que adoptar definitivamente la Revolución bolivariana.
Invito pues, al pueblo venezolano y dentro de este a la intelectualidad crítica que apoya la transformación del país, de la región y del mundo, a leer y estudiar con la mayor atención y rigurosidad, individual y colectivamente, este valioso aporte al pensamiento crítico venezolano y nuestramericano, con la esperanza de que contribuya, en el espiritu de Alfredo Maneiro, a fortalecer la eficacia política y la calidad revolucionaria de todos aquellos que pensamos y sentimos que el camino a recorrer es el que conduce al socialismo indoafroamericano.
Amaury González Vilera
Altos Mirandinos, diciembre de 2010
sábado, 16 de marzo de 2013
Chávez contra "los estúpidos de Fox News"
14 Mar. PoderenlaRed.com.- Veamos el siguiente video, y recordemos como el presidente Chávez tuvo la oportunidad de decirle unas cuantas verdades a un periodista de la corporación mediática Fox News, luego de que este lo abordara para hacerle una pregunta que, a grandes rasgos, concentró la “línea editorial” de la conocida cadena estadounidense.
El periodista inició su pregunta afirmando que “hay mucha gente confundida por su amistad” (La de Chávez) con el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad, que según la voz de Fox News es un presidente que ha negado el holocausto judío y cuyos policías y ejército han matado a mucha gente después de las elecciones realizadas en ese país.
Chávez fue contundente. Lo primero que dijo fue “Me río de Fox News“, para seguidamente recordar y suscribir la opinión que en su momento expresara el actor estadounidense Sean Penn: “Los estúpidos de Fox News”. Chávez acotó que el estúpido no era él, aunque, agregamos nosotros, cada vocero de la mentira tenga algo de estúpido. “Tu pregunta, tu eleboración es artificiosa, tu mente tiene ahí confusiones, veneno”, añadió Chávez.
El periodista respondió diciendo que su mente estaba bien, e insistió con el tema del holocausto y las “imagenes” en las que se ve como matan gente en Irán. Chávez ripostó enseguida y le recordó el genocidio del ejército estadounidense en Irak y Afganistán, entre otras barbaries que la cadena ha encubierto reiterada y sistemáticamente.
Todo esto nos recuerda a Marcuse, quien en en un pasaje de El hombre unidimensional, nos dice que “Todavía existe el legendario héroe revolucionario que puede derrotar incluso a la televisión y la prensa: su mundo es el de los países subdesarrollados”. En Venezuela tuvimos y tendremos por siempre, quien lo duda, a un “legendario héroe revolucionario” que fue capaz de derrotar a la televisión y la prensa durante el golpe de Estado de 2002, y que lo hizo en cada una de sus intervenciones públicas: Hugo Chávez.
Publicado el 14 de marzo en PoderenlaRed.com
jueves, 14 de marzo de 2013
El Deja Vu del 11 de marzo en la plaza Diego Ibarra
![]() |
| Comunicadores esperan el discurso de Maduro |
Nueve meses transcurrieron para que se repitiera la escena de la plaza Diego Ibarra. No dejaba se impresionar, en medio de la gran concentración, el hecho de que Chávez ya no estaba. Desde que abordé el primer autobús hacia mi destino, pude notar las señales de un duelo que solo cesará con la gran victoria que se espera para el próximo 14 de abril en homenaje al Presidente Chávez.
El chofer, como todos los choferes, tenía la radio puesta. Había tráfico, y en un determinado momento se empezó a escuchar la voz de Chávez entonando “Patria, patria, patria querida…” Ahí, en ese preciso momento, pude ver como se fruncía el ceño del señor como tratando de contener las lágrimas. Al instante, sus ojos se tornaron vidriosos. Luego, en el metro, aparte el elocuente silencio imperante, el dolor y el vacío en hombres y mujeres que se dirigían, con tristeza pero con firmeza, a la plaza del centro de Caracas para apoyar al hombre en quien Chávez depositó toda su confianza, o también a la capilla ardiente de la Academia Militar para darle un último saludo al Comandante, prestarle solemne juramento o persignarse delante de sus restos mortales.
El día era de un sol inclemente, como han sido todos los de este histórico mes de marzo. El calor que hacía era como el de aquel 11 de junio de 2012, cuando un Chávez hinchado pero vigoroso inscribía su candidatura con el Programa de la Patria en la mano, en medio de la lealtad de un pueblo que no esperaba que hablara durante cuatro horas, como al final lo hizo. Así, el 11 de marzo tuvo mucho de Deja vu. Esta vez, el candidato llegó manejando un autobús, oficio que desempeñó en el pasado, formalizó su candidatura como “hijo de Chávez”, con el mismo Programa de la Patria en la manos, para luego asomarse en el balcón ubicado en el extremo oeste de la Diego Ibarra, donde funciona el Consejo Nacional Electoral, y enviar un saludo a la multitud. Así lo hizo Chávez.
Aplaudimos y gritamos consignas, silbamos y esgrimimos el puño izquierdo en señal de combatividad escuchando el discurso de Maduro, pero el dolor era inocultable. Encontrarse a los amigos de la universidad y de la vida no fue lo mismo esta vez. No podía ser lo mismo.
No podemos desplomarnos, dice Maduro ahora en TeleSur.
*Publicado el 12 de marzo en PoderenlaRed.com
@maurogonzag
miércoles, 6 de marzo de 2013
Gracias Comandante, misión cumplida
El último parte médico ofrecido por el ministro Ernesto Villegas en la noche del lunes 4 de marzo no auguraba buenas noticias. La primicia de la muerte física del gran Hugo Chávez parecía inminente. Luego, durante la mañana del 5 de marzo, Nicolás Maduro sugirió que la enfermedad del presidente pudo haber sido inoculada, al tiempo que anunciaba la expulsión de un agregado diplomático estadounidense por conspirador.
El ambiente se había enrarecido. El asesinato del cacique Sabino Romero había golpeado a los revolucionarios, en otro duro golpe a un proceso que ha sido pacífico solo en un sentido. La rueda de prensa con el Alto Mando Militar adquirió un aspecto grave. A la desalentadora información ofrecida sobre la salud de Chávez la noche anterior, se sumaba la sugerencia de la posible inoculación de la enfermedad y la expulsión del gringo injerencista. Las especulaciones aumentaron después de mediodía. Finalmente, lo que era inminente, uno de los escenarios probables, fue sin embargo un golpe imprevisto.
En horas de la tarde, El vicepresidente de la República, rodeado de dirigentes civiles y militares y en cadena nacional, dio la terrible noticia: Hugo Chávez, el huracán de Sabaneta, el presidente más democrático y legítimo de la historia occidental, el líder político más amado y odiado del continente, acaso del mundo, había fallecido.
Chávez fue el Jefe de Estado sobre el que se escribió más, el protagonista de miles de artículos de opinión, de crónicas, ensayos, décimas y poemas, tesis y antítesis. Si bien así lo demuestra el libro Hugo Chávez Frías y la Revolución Bolivariana, de Rafael Ramón Castellanos, creemos que aún es mucho lo que queda por plasmar sobre la obra multitudinaria y eterna del arañero de Sabaneta, ahora que viene el momento de la sistematización, del balance histórico, de la evaluación, del destape de algunas situaciones, de la desclasificación de documentos, de las tribulaciones de un ser humano que cargando con una enfermedad tan dura fue capaz de alcanzar una nueva y aplastante victoria electoral el pasado 7 de octubre.
El dolor nos embarga en esta hora. Sin embargo, convendrán conmigo en que si hay alguien en el mundo que no puede llamarse muerto, ese es el Comandante Chávez, el libertador del alba del siglo XXI. Son muchos los recuerdos, las ideas, las vivencias que a todos nos marcaron y nos recordarán siempre a Hugo Chávez. La huella dejada fue profunda, indeleble. Desde principios de siglo la ola bolivariana se venía sintiendo con fuerza. El renacimiento del debate político, la politización de la gente, un despertar mágico y poético en el seno del pueblo, un nuevo sentido de la vida que movilizó ―a favor o en contra― a Venezuela entera. Chávez era como una gran locomotora arrastrando vagones oxidados, una poderosa inyección de idealismo, un reencantamiento de la cotidianidad, una bocanada de vida; alguien a quien seguir y a quien oponerse en medio de la nada, de la desesperanza.
Chávez, eres grande. Refundaste la República. Fuiste el único dirigente político que, derrocado en golpe de Estado mediático-patronal, logró regresar a la silla presidencial en 48 horas, en un episodio aún muy reciente como para comprender todas sus implicaciones y consecuencias; inauguraste un proceso político de cambio social con las herramientas que tuviste a la mano, las del Estado liberal-burgués, en una lucha que no te dio cuartel y que te autodefinió como un subversivo en Miraflores. Diste inicio a la primavera política de América latina; llevaste el pan y las letras a las mayorías que siempre estuvieron excluidas, en lo que fue tu mayor logro, la gran luz con la que brilló tu pueblo. Pero además enfrentaste al imperialismo y le hiciste entender que Venezuela merecía respeto. Expulsaste embajadores golpistas y enterraste al Alca en la tierra del general Perón.
Chávez combatió prejuicios, ignorancias, incomprensiones, la soberbia de la oligarquía venezolana y las del continente. Pasó por encima de las miserias, soportó infamias hasta el último de sus días. El golpe vencido tuvo una segunda parte que su liderazgo y la entereza del pueblo fue capaz también de derrotar, en un episodio que permitió poner definitivamente la principal industria del país al servicio de las mayorías del pueblo. Y es que, el Gobierno bolivariano fue una limpieza permanente desde que, en diciembre de 1999, se lanzó en paracaídas encima de la terrible inundación que se llevó a miles de venezolanos, tragedia natural donde se puso al frente y donde supo decirle No a la “ayuda desinteresada” que los gringos ofrecieron con intenciones no muy claras.
Chávez fue la gran voluntad de vida, el gran conciliador, un espíritu volcánico que nos demostró el valor del optimismo histórico, de la esperanza, de lo que es capaz de lograr el ser humano cuando se plantea altos propósitos. Si lo hasta ahora dicho suena apologético es porque es una apología, casi un ditirambo, aunque se hayan cometido muchos errores. En este sentido, Chávez también nos deja un valioso aprendizaje. Para este servidor, dígase lo que se diga, Chávez vino evidentemente a cumplir una misión, a despertar nuestros sentidos, a hacernos madurar. Chávez vino a enseñarnos que no podemos vivir en el territorio de un Estado como si de un campamento se tratara, preocupándonos solo por lo nuestro, predicando un darwinismo ingenuo y promoviendo el sálvese quien pueda, sin cultura para la verdadera libertad, sin conciencia histórica, sin saber lo que es vivir en una patria soberana.
Chávez, es mucho lo que podríamos decir y muchas cosas se dirán y se discutirán. Por ahora, nos reconforta que hayas dejado una sólida unidad cívico-militar y un ejército de millones dispuesto a recoger tu legado. Aquí, en la patria de Bolívar, viven algunos millones de esos que Tupac Amarú predijo que regresarían. Chávez, América Latina, los pueblos del mundo, te lloran, y te lloran porque ahora vivirán para celebrarte.
amauryalejandrogv@gmail.com
@maurogonzag
El ambiente se había enrarecido. El asesinato del cacique Sabino Romero había golpeado a los revolucionarios, en otro duro golpe a un proceso que ha sido pacífico solo en un sentido. La rueda de prensa con el Alto Mando Militar adquirió un aspecto grave. A la desalentadora información ofrecida sobre la salud de Chávez la noche anterior, se sumaba la sugerencia de la posible inoculación de la enfermedad y la expulsión del gringo injerencista. Las especulaciones aumentaron después de mediodía. Finalmente, lo que era inminente, uno de los escenarios probables, fue sin embargo un golpe imprevisto.
En horas de la tarde, El vicepresidente de la República, rodeado de dirigentes civiles y militares y en cadena nacional, dio la terrible noticia: Hugo Chávez, el huracán de Sabaneta, el presidente más democrático y legítimo de la historia occidental, el líder político más amado y odiado del continente, acaso del mundo, había fallecido.
Chávez fue el Jefe de Estado sobre el que se escribió más, el protagonista de miles de artículos de opinión, de crónicas, ensayos, décimas y poemas, tesis y antítesis. Si bien así lo demuestra el libro Hugo Chávez Frías y la Revolución Bolivariana, de Rafael Ramón Castellanos, creemos que aún es mucho lo que queda por plasmar sobre la obra multitudinaria y eterna del arañero de Sabaneta, ahora que viene el momento de la sistematización, del balance histórico, de la evaluación, del destape de algunas situaciones, de la desclasificación de documentos, de las tribulaciones de un ser humano que cargando con una enfermedad tan dura fue capaz de alcanzar una nueva y aplastante victoria electoral el pasado 7 de octubre.
El dolor nos embarga en esta hora. Sin embargo, convendrán conmigo en que si hay alguien en el mundo que no puede llamarse muerto, ese es el Comandante Chávez, el libertador del alba del siglo XXI. Son muchos los recuerdos, las ideas, las vivencias que a todos nos marcaron y nos recordarán siempre a Hugo Chávez. La huella dejada fue profunda, indeleble. Desde principios de siglo la ola bolivariana se venía sintiendo con fuerza. El renacimiento del debate político, la politización de la gente, un despertar mágico y poético en el seno del pueblo, un nuevo sentido de la vida que movilizó ―a favor o en contra― a Venezuela entera. Chávez era como una gran locomotora arrastrando vagones oxidados, una poderosa inyección de idealismo, un reencantamiento de la cotidianidad, una bocanada de vida; alguien a quien seguir y a quien oponerse en medio de la nada, de la desesperanza.
Chávez, eres grande. Refundaste la República. Fuiste el único dirigente político que, derrocado en golpe de Estado mediático-patronal, logró regresar a la silla presidencial en 48 horas, en un episodio aún muy reciente como para comprender todas sus implicaciones y consecuencias; inauguraste un proceso político de cambio social con las herramientas que tuviste a la mano, las del Estado liberal-burgués, en una lucha que no te dio cuartel y que te autodefinió como un subversivo en Miraflores. Diste inicio a la primavera política de América latina; llevaste el pan y las letras a las mayorías que siempre estuvieron excluidas, en lo que fue tu mayor logro, la gran luz con la que brilló tu pueblo. Pero además enfrentaste al imperialismo y le hiciste entender que Venezuela merecía respeto. Expulsaste embajadores golpistas y enterraste al Alca en la tierra del general Perón.
Chávez combatió prejuicios, ignorancias, incomprensiones, la soberbia de la oligarquía venezolana y las del continente. Pasó por encima de las miserias, soportó infamias hasta el último de sus días. El golpe vencido tuvo una segunda parte que su liderazgo y la entereza del pueblo fue capaz también de derrotar, en un episodio que permitió poner definitivamente la principal industria del país al servicio de las mayorías del pueblo. Y es que, el Gobierno bolivariano fue una limpieza permanente desde que, en diciembre de 1999, se lanzó en paracaídas encima de la terrible inundación que se llevó a miles de venezolanos, tragedia natural donde se puso al frente y donde supo decirle No a la “ayuda desinteresada” que los gringos ofrecieron con intenciones no muy claras.
Chávez fue la gran voluntad de vida, el gran conciliador, un espíritu volcánico que nos demostró el valor del optimismo histórico, de la esperanza, de lo que es capaz de lograr el ser humano cuando se plantea altos propósitos. Si lo hasta ahora dicho suena apologético es porque es una apología, casi un ditirambo, aunque se hayan cometido muchos errores. En este sentido, Chávez también nos deja un valioso aprendizaje. Para este servidor, dígase lo que se diga, Chávez vino evidentemente a cumplir una misión, a despertar nuestros sentidos, a hacernos madurar. Chávez vino a enseñarnos que no podemos vivir en el territorio de un Estado como si de un campamento se tratara, preocupándonos solo por lo nuestro, predicando un darwinismo ingenuo y promoviendo el sálvese quien pueda, sin cultura para la verdadera libertad, sin conciencia histórica, sin saber lo que es vivir en una patria soberana.
Chávez, es mucho lo que podríamos decir y muchas cosas se dirán y se discutirán. Por ahora, nos reconforta que hayas dejado una sólida unidad cívico-militar y un ejército de millones dispuesto a recoger tu legado. Aquí, en la patria de Bolívar, viven algunos millones de esos que Tupac Amarú predijo que regresarían. Chávez, América Latina, los pueblos del mundo, te lloran, y te lloran porque ahora vivirán para celebrarte.
amauryalejandrogv@gmail.com
@maurogonzag
miércoles, 27 de febrero de 2013
La rebelión del 1989, una tragedia con grandes méritos
En esta nueva conmemoración de los hechos del Caracazo, bien vale la pena recordar la época en que los venezolanos estaban realmente divididos. Sí, divididos entre una minoría privilegiada y una mayoría excluida de los grandes beneficios de la producción social de una Venezuela rica, aunque en ese momento víctima de un neoliberalismo que venía enseñoreándose en la región.
Los sucesos de ese día siguen constituyendo hoy un desafío y
una fuente ignota de conocimientos para la ciencia y la filosofía social,
porque ¿Cómo explicar que un pueblo que votó mayoritariamente por una persona,
días después lo deslegitimara completamente en una explosión social sin
precedentes? Hoy día, sabemos que son cosas que los neoliberales son capaces de
lograr con sus paquetazos criminales, pero no deja de llamar la atención lo que
Carlos Andrés Pérez representaba para mucha gente en 1988: una suerte de
mensajero de la abundancia, figura de la Venezuela saudita de los setenta que
había dejado cierta huella en la sociedad venezolana.
No se recordaba, sin embargo, que el propio Rómulo
Betancourt llegó a criticar duramente a su pupilo por sus prácticas
oligofrénicas de derroche y corrupción desatadas en ese contexto en el que el
país nadaba en un mar de petrodólares. Locoven, fue el apodo que CAP se ganó
por esas prácticas; y qué decir del contexto internacional, el cual se
transformaba con violencia a finales de los ochenta.
La gran explosión de El Caracazo, iniciada en Guarenas el 27
de febrero de 1989, sin duda fue una gran tragedia en la que se violaron todos
los derechos elementales del hombre y la mujer, llámense civiles, políticos,
universales o humanos. La represión fue inhumana, indiscriminada, inaudita. El
presidente y sus ministros parecían dispuestos a matar a la mitad del país para
ahorrarle al pueblo el dolor que empezaba a causar la “estabilización
macroeconómica”. Ese día se reveló una incompatibilidad suprema entre el
neoliberalismo salvaje y el pueblo venezolano, y ahí viene el mérito de El
Caracazo.
El año 1989 fue el de la antesala del fin de la Unión
Soviética, el gran contrapeso del occidente capitalista, con todo y sus
desviaciones burocráticas. La soberbia neoliberal se imponía en el mundo y la
invasión cultural del estilo de vida americano parecía haber triunfado a nivel
planetario. Personajes como Francis Fukujama y Daniel Bell, hablaban del fin de
la historia y del final de las ideologías, porque según ellos no quedaba más
que monetarismo salvaje. La globalización neoliberal se consideraba
irresistible, inevitable. El 9 de noviembre de ese año caía el muro de Berlín y
con él uno de los símbolos más fuertes de la “cortina de hierro”, de la
división este-oeste, de la llamada guerra fría.
Pero Venezuela no parecía encajar en esta dinámica mundial,
toda vez que algunos meses antes del hecho que expresaría con fuerza el triunfo
del occidente capitalista, del neoliberalismo mundial ―caída del muro― el
pueblo venezolano se manifestaba contra él durante los sucesos del 27F. Así,
Venezuela daba una respuesta temprana y pionera a las pretensiones de
imposición del criminal sistema neoliberal que había sido bautizado en 1973 en
Chile al costo de decenas de miles de asesinados y desaparecidos.
Allí radica, a nuestro parecer, la importancia del 27 de
febrero de 1989, una fecha que tuvo una gran significación para el proceso
político del país, pero que también la tuvo en el marco del proceso-contexto
político internacional, en el que Venezuela fue la nota discordante que se
transformaría en revolución.
amauryalejandrogv@gmail.com
@maurogonzag
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








