Palabras clave: Batalla de ideas, política, crítica, transformación, diálogo, innovación, cambio de época, amplitud, bloque histórico, lectura, análisis, verdad, belleza, sueños, liberación.

domingo, 2 de octubre de 2011

Es mejor tenerlo y no necesitarlo, que necesitarlo y no tenerlo: pura ideología al servicio de la explotación

Seguramente el lector habrá visto alguna vez el comercial donde un conocido animador de la televisión venezolana, quien fuera en su momento el sucesor de Amador Bendayan en el circo de sábado sensacional, invita a la adquisición de una póliza de seguros indistintamente de que a usted le haga falta.

La figura nos invita a la compra del seguro ―que por supuesto es presentado como una noble y necesaria inversión― con este sugestivo juego de palabras: es mejor tenerlo y no necesitarlo, que necesitarlo y no tenerlo. Caramba, pero que escandalosa lucidez la de estas palabras que, por cierto, expresan de manera cruda la lógica de la sociedad de consumo en el marco del capitalismo global, hoy en crisis. Y es que detrás de tal “necesidad”, sin hurgar demasiado, detrás del retruécano truculento, lo que encontramos es un mensaje dirigido a una sociedad donde reina campante, el miedo. Un miedo asociado como no, a una percepción de inseguridad. Percepción inoculada, cómo no. Y no es que las probabilidades de que algo nos pase sean nulas, no. No es que no haya hechos delictivos en nuestro país. Aclaro de una vez, que excluyo de esta reflexión a todos aquellos que disponen del seguro porque realmente lo necesitan que, me permito intuir, son la minoría de la población en este país de gente joven.

Porque, amiga lectora, si hacemos un esfuerzo y hacemos una pausa en nuestro muchas veces frenético estilo de vida, y respiramos profundo y apagamos la televisión y la radio y nos relajamos, y nos detenemos un momento a analizar frases publicitarias como la citada, además de ciertos refranes y dichos populares, nos daríamos cuenta, ya sea en una inesperada epifanía o por medio de una vaga sospecha, que el significado de dichas frases, que por lo general contienen algo de verdad y en eso consiste la trampa, expresan el más puro pensamiento conservador cuando no son pura ideología al servicio del capitalismo y su forma de organizar la sociedad. Porque, como “se dice”, muchacho no es gente grande y por esa vía la juventud queda descalificada hasta que deja de serlo, sin olvidar que más sabe el diablo por viejo que por diablo y que si así es la vaina entonces la experiencia siempre primará sobre el pensamiento renovador, con el peligro de que los viejos paradigmas perduren mientras perduren los que Oscar Varsavsky llama ―para citar un ejemplo del campo universitario― los profesores fósiles.

Pero volviendo al Slogan publicitario, me pregunto si la idea de que tenemos que tener algo sin que lo necesitemos no es la base sobre la que se levantó toda la sociedad de consumo, que funciona gracias a la conocida obsolescencia programada y a la ofensiva pasmosa de la publicidad comercial. Esta última, sabemos, ha sido la histórica creadora de falsas necesidades que terminan muchas veces constituyéndose en necesidades más imperiosas que el techo y la comida. Es así, como siempre será más “conveniente” y “sensato” tener sin necesitar. Pero en el caso de un Seguro de Vida, el chantaje se hace como más explícito. Porque mientras más caro es el Seguro, habrá mayor cobertura y ciertamente, tal como la medicina en el marco del capitalismo histórico, aquel se convierte en una invitación a que te enfermes, te accidentes, te estropees o te infartes. El Seguro no te recomienda una dieta sana y está lejos de promover la medicina preventiva. Por el contrario, fortalece la percepción de inseguridad y explota el miedo milenario que, asociado tanto a cuestiones religiosas como a las más laicas, forma parte del sistema de creencias, de la ideología al uso y que subyace en toda sociedad. Como las computadoras, siguiendo a Roberto H. Montoya en su libro La ciencia ha muerto… vivan las humanidades, los seguros parecen ser una “solución en busca de problemas”.

Ciertamente, el tema de la ideología es un tema complejo. Afortunadamente, para no perdernos en los meandros de tema tan abstracto, disponemos de la obra de Ludovico Silva quien, en su Plusvalía ideológica, dice que lo que Marx entendió por ideología es lo que Bacon planteó en su teoría de los ídolos, que tiene como aspecto central el entender el fenómeno ideológico como un lenguaje impuesto a las sociedades. Sabemos que los métodos para imponer lenguajes es lo que nos ha brindado la técnica del último siglo, y que quienes imponen la gramática al uso han sido los ideólogos de la modernidad capitalista. Toda ideología está determinada por la realidad histórica. Dice Ludovico que la ideología “es un componente estructural de la realidad social; forma parte de la realidad mas no de sus relaciones visibles”. Por otra parte, Max Horkheimer, citado por el filósofo venezolano, sobre el tema plantea que: “Debería reservarse el nombre de ideología –frente a la verdad- para el saber que no tiene conciencia de su dependencia y, sin embargo, es penetrable ya para la mirada histórica”. Ese saber del que habla el autor alemán, es el lenguaje impuesto que forma parte de nuestro “sentido común”, de la estructura social, de lo inoculado y ajeno, pero que ciertamente es penetrable, lo que significa que podemos investigar sus orígenes, quebrándolo, para remontarlo y superarlo, y así alcanzar una conciencia que implicaría la necesaria transformación del sistema en el que vivimos.

Ludovico cita a Ortega y Gasset, quien sobre el tópico de las ideas y las creencias, nos dice que “las creencias no son ideas que tenemos, sino ideas que somos”, señalando así el lugar de la ideología. Esas ideas que somos forman parte del sistema de representaciones y creencias en el cual usualmente  “viven avecindados” los miembros de una sociedad. De tal manera que “lo que se piensa” y “lo que se dice” forma parte de la ideología de una sociedad, y ese hombre-todos u hombre-ninguno que “dice lo que se dice”, es ese manto ideológico que debe ser quebrado en una auténtica batalla de las ideas, donde la ideología del sistema, ese reflejo invertido de la realidad histórica, debe ser destruido por la conciencia revolucionaria.

Porque, ¿quien dice que “Es mejor tenerlo y no necesitarlo, que necesitarlo y no tenerlo”? ¿Serán acaso los socios de los que día a día inoculan miedo y generan de manera sistemática una percepción de inseguridad que muchas veces no se corresponde con la realidad?

No permitir que nadie decida cuáles son nuestras necesidades es un acto revolucionario. Seamos capaces pues, soberanamente y en contra de la ideología oficial, de decidir que necesitamos y qué no. Y cuando la justificación venga de ese misterioso “se dice y se piensa que hay que tener o que hay que hacer tal o cual cosa”, tramposo, difuso y deslocalizado, no olvidemos preguntarnos:

¿Quién dice qué?

domingo, 25 de septiembre de 2011

Palabras por un grano de sensatez

He comentado en otras oportunidades que una de las últimas reflexiones de Fidel, donde el líder histórico dice que uno de los más graves errores que pudieron haber cometido a lo largo del proceso de la Revolución cubana, fue pensar que alguien sabía cómo se construía el socialismo, parece no importar mucho a quienes quieren destacar siempre al Fidel de la sierra maestra y la crisis de los misiles. Es el mismo Fidel, sólo que el de las reflexiones de los últimos tiempos es el del balance histórico y la experiencia y no el de la guerra fría y el telúrico discurso.

Recuerdo esto a propósito de una opinión que anda circulando por ahí, que afirma que eso de que el socialismo en Venezuela debe ser autóctono y adaptarse a su realidad concreta, es producto de una confusión pequeño-burguesa, una desacertada opinión proveniente un reformismo que supuestamente pretendería humanizar el capitalismo. Esto plantea una vieja batalla teórica. Semejante opinión merecería recordar el debate clásico que sostuviera Mariátegui con los representantes latinoamericanos de la III Internacional. Si, el Mariátegui que pareciera estar vigente por aquello de la necesidad de dar vida al socialismo “con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje...” Porque lo del “calco ni copia” parece estar lo suficientemente claro, aunque no lo esté mucho lo de la “creación heroica”, que para el filósofo cubano Antonio Bermejo alude al genio y la eficacia con que el sujeto de la revolución ha logrado adaptar las ideas elaboradas en otras latitudes en función de una realidad diferente, específica y concreta.

Ciertamente, es más fácil adoptar la consigna que tomarle la palabra a Mariátegui, quien no nos está diciendo cómo construir el socialismo y si está haciendo una advertencia que, como hemos dicho, recuerda aquella reflexión robinsoniana “O inventamos o erramos”. Sin embargo, hay verdad también en el hecho de que se hace un uso ideológico y falseador de ideas sutiles como ésta, distorsión propia de la más peligrosa demagogia oximoronica: el socialismo en Venezuela, dado el carácter rentista de la economía, adopta la forma de un capitalismo humano. Se reduce todo así, a un simple problema de administración o distribución y nunca de cambio y transformación. Pero este uso ideológico no da razones para desechar la idea del socialismo propio a la venezolana. Tal cosa recuerda el cuento del esposo ocupado que, consciente de que su compañera lo engaña con el lechero, al que sienta en el sofá de la casa, encuentra la solución botando el sofá. Pero el mueble no tiene la culpa de que lo estén ocupando para esos menesteres ¿No?

Son conocidas también, las discrepancias teóricas que propiciaron la ruptura entre el Amauta Mariátegui y el fundador del APRA, Haya de la Torre. Éste último, en su propuesta reprodujo claramente lo que Roberto Fernández Retamar en Todo Calibán, llama la cultura de la Anti-América, que es la cultura de los opresores, de los que trataron o tratan de imponer en estas tierras esquemas metropolitanos “o simplemente, mansamente, reproducen de modo provinciano lo que en otros países puede tener su razón de ser”. Para Ezequiel Martínez Estrada, citado por Retamar, quienes así proceden “han traicionado a la causa de la verdadera emancipación de la América Latina”.

Efectivamente, Mariátegui no compartió con Haya la visión diacrónica unilineal que hiciera ver a este en el imperialismo un factor de progreso, de desarrollo modernizador, que crearía las condiciones para avanzar posteriormente hacia el socialismo. La sutileza de la crítica, y la negativa del Amauta a instaurar una franquicia de la III internacional en su país, de acuerdo al historiador Sant Roz, hicieron que el APRA y los partidos que emularon al movimiento en la región, como fue el caso aquí de Acción Democrática, en una operación ideológica del mismo pelaje, rechazaran las ideas referenciales de Marx y Engels y por esa vía de todo clásico marxista europeo o euroasiático, a través del marxismo heterodoxo, abierto, crítico y creador del Amauta; como decir que la crítica del Amauta a la III Internacional era en realidad una crítica a los pensadores marxistas por impertinentes, inviables, inaplicables. Pero todo lo contrario.

Es decir, en el marco del rechazo a la compleja realidad sociopolítica latinoamericana, y optando por la simplificación, por el camino fácil, se rechaza el esfuerzo adaptativo y recreador del teórico nuestroamericano con cuerda propia, por una parte, y por otra los verdaderos reformistas o directamente los conservadores o la reacción, presentan, ideológica y torcidamente, a la crítica creadora como una forma de rechazo y de condena a las ideas revolucionarias, quedando todo pues patas arriba. De ahí la importancia del pensamiento crítico, de la heterodoxia, de la imaginación creadora, a veces incómodas pero siempre necesarias.

@maurogonzag

domingo, 18 de septiembre de 2011

Un "Equilibrium" para después de la hecatombre nuclear

El insoslayable, tradicional e inacabado debate sobre la naturaleza humana, particularmente sobre la supuesta inclinación –instintiva y natural- del ser humano hacia la perversión y la maldad, es la idea-fuerza sobre la que se levanta toda la trama de Equilibrium (2002), una película del director Kurt Wimmer y que enmarcada en el sub-género de ciencia ficción conocido como cyberpunk, está localizada en un futuro distópico, en una sociedad erigida luego de una tercera guerra mundial que ha provocado –a propósito de los tambores de guerra total que resuenan- una devastación nuclear.

    La gran tragedia no ha impedido el progresivo cambio tecnológico y la racionalización excesiva de la sociedad ― ¿causa de fondo de la devastación?―, y además a determinado a los líderes del gobierno de Libria (una ciudad –la última ciudad- homogénea, aparentemente utópica, geométrica, predecible, gris y que como vemos casi que se llama Libia) a encontrar una forma de erradicar definitivamente la guerra yendo hacia lo que ellos piensan es la fuente de la maldad del ser humano: sus emociones, su capacidad de sentir. Y es que, luego de un conflicto mundial que casi extermina la raza humana del planeta ¿Cómo seguir confiando en la volátil naturaleza del hombre y la mujer? ¿Cómo no darle la razón a Maquiavelo y a Hobbes, pilares de la teoría política moderna, quienes plasmaron convencidos una idea que de paso ha sido siempre evidente para quienes ―desde hace tiempo― consideran que el hombre y la mujer nacen pecadores?

    Para los ideólogos de este gobierno, el conflicto y la conflagración son producto de las emociones humanas y, por lo tanto, éstas son una enfermedad que hay que erradicar. Los síntomas de este “padecimiento” son los sentimientos: el odio, la envidia, la ira, los celos, y lo que los hace aparecer ―sus agentes― son todas las manifestaciones del genio y del espíritu humano, como la música, la literatura, la pintura y cualquier creación que recuerde, contenga o sugiera humanidad: desde una cinta roja para el cabello, una lámpara, una alfombra bordada, una escultura o el marco tallado de un espejo. Sin embargo, las emociones, si bien el sistema no las puede suprimir, las puede controlar, de ahí que una de las políticas centrales del gobierno libriano, liderado por un jefe máximo al que llaman “El Padre” (otra versión del Gran Hermano orwelliano) sea la efectiva y estricta administración al pueblo de una droga sintética llamada Prozium, que no elimina las emociones pero que las proscribe manteniéndolas en estado de latencia. Esta proscripción de las emociones, de otro lado, tiene como lógico corolario la prohibición de toda manifestación artística y la destrucción de ésta donde se encuentre.

    Si las emociones son la causa originaria de la guerra, quien se oponga al consumo constante del Prozium es propenso a sentir, lo cual convierte a la persona en un infractor sensorial y, sin vacilación, es condenado a muerte. En este punto surge otro paralelismo con 1984 de Orwell, donde el crimental (crimen mental) constituye la peor infracción y que es combatida con la reclusión del descarriado en el “Ministerio del Amor”. De ahí que el gobierno de este Estado totalitario dirigido por “El Padre”, haya institucionalizado una unidad especial –de elite- llamada Tetragrámmaton, compuesta por los clérigos, una especie de inquisición del futuro, y que son guerreros entrenados sistemáticamente desde niños en una forma sofisticada de combate que combina artes marciales y uso de armas de fuego, y que se encargan de vigilar el orden social manteniendo reprimido toda señal de humanidad, constituyéndose en garantes de esta seguridad inhumana y esta paz sin sentido.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Salvador Allende y Hugo Chávez: dos revoluciones pacíficas, dos contextos

Salvador Allende junto a su verdugo
Aunque ya antes en Chile se perfiló una opción socialista con Marmaduque Grove Vallejo en los años 30, experiencia que tuvo la corta duración de dos semanas y que fue frustrada por los factores reaccionarios de la época, la experiencia de la Unidad Popular y Salvador Allende constituyen el ejemplo más luminoso de los desafíos que enfrenta la construcción del socialismo de manera pacífica y en un solo país.

Si consideramos el programa político que impulsó la Unidad Popular, que incluyó la recuperación de recursos naturales, la nacionalización de empresas estratégicas, la política antimonopolio, la democratización de los medios de comunicación, la efectiva organización de los trabajadores en la CTU, entre otras medidas orientadas a alcanzar la justicia social en la sociedad chilena, así como el claro perfil antiimperialista de Allende, las similitudes con el proceso bolivariano son más que evidentes. Incluso, dentro del programa revolucionario chileno, se contempló una reforma constitucional que pretendió transformar el Parlamento en unicameral, y que hubiera pasado a llamarse “Asamblea del Pueblo”.

Pero más allá de las similitudes, del hecho de que en todos los países de Latinoamérica se presente una división social del trabajo producto de una herencia colonial que dividió la población en clases sociales y castas, más acentuada en unos que en otros, donde el contraste se presentó siempre entre una minoría blanca, urbana, privilegiada y enriquecida, y unas mayorías pobres por lo general compuestas por población autóctona, afrodescendiente, mestiza, o simplemente excluida, es importante destacar el contexto histórico en el que ocurrieron los hechos en chile y el marco contemporáneo en el que ocurre la Revolución bolivariana.

Salvador Allende se hace presidente de Chile en 1970, al comienzo de una década marcada duramente por la crisis mundial del modelo keynesiano de post-guerra, donde la época de oro del capitalismo llegaba a su fin producto de diversas circunstancias de repercusión mundial, como el empantanamiento de EE.UU en Vietnam, la decisión unilateral de Nixon de acabar con la convertibilidad del dólar en oro, la inédita combinación de estancamiento de la economía con inflación (estanflación), la crisis del petróleo provocada por la guerra del Yon Kipur, la ruptura de loa acuerdos de Bretton Woods, que fueron la expresión internacional del modelo keynesiano predominante después de 1945, y que configuraban un panorama sombrío para los intereses del capital, que desde entonces, se propondría convertirse en global impulsado por la nueva revolución científico-técnica y nuevas estrategias político-económicas y político-militares, entre las que se contemplaban los golpes de Estado en nombre de la lucha contra el comunismo.

Los países latinoamericanos se hallaban en una situación de división interna y de división entre ellos, en un marco donde lo que se llamó guerra fría, o enfrentamiento este-oeste, se convirtió en el principal catalizador de la geopolítica mundial, proceso dentro del que se subsumían todos los procesos políticos de las naciones del mundo, indistintamente de su carácter de lucha legítima y democrática por lograr las condiciones para emancipar a sus pueblos, como fue el caso del Chile de Salvador Allende. La influencia de los “medios de comunicación” y su capacidad creciente de manipulación creando matrices de opinión, unido a la creciente influencia de la industria cultural norteamericana, hicieron del comunismo un demonio al que había que perseguir y matar y el pretexto por excelencia para intervenir política, económica o militarmente en aquellos países que no respondieran a sus intereses.

El año 1973, se convirtió en el año de la conformación de lo que se llamó la trilateral, primer antecedente de articulación de gobierno mundial donde se dejaría claro cual sería el programa a seguir en aras de salvar al sistema capitalista de la nueva crisis. Resumidamente el programa consistió en: reducir la participación popular, darle primacía al mercado sobre el estado, darle prioridad a lo individual sobre lo colectivo y tecnificar la política. Estas tesis fueron recogidas por Samuel Huntington en el libro Las Crisis de las Democracias, programa que no era otro que el de la imposición del neoliberalismo, imposición que comenzó en el Chile de Pinochet, donde se aplicarían las teorías monetaristas de los Chicago Boys. Se daría comienzo a un proceso de despolitización de la realidad social, de separación de la economía de la política, de transculturización con hegemonía norteamericana, y de violación sistemática de los derechos humanos más elementales bajo las fachadas de “lucha anticomunista”, o la de “democracia representativa”, como sucedió en el caso venezolano.

La Revolución bolivariana pudo sortear y derrotar los ataques imperialistas, ataques que tuvieron como principal punta de lanza a la recalcitrante oligarquía del país, sus empresas de información, la jerarquía eclesiástica, las universidades tradicionales, los sectores reaccionarios de las Fuerzas Armadas, incorporándose además  a las fuerzas de la reacción las llamadas ONG, que como nueva fachada de la sociedad civil, conspiraron abiertamente contra el gobierno. Pero en esta oportunidad, no había fantasma comunista que perseguir. Hoy en día, la crisis del sistema capitalista, que abarca nuevos y preocupantes aspectos como el ecológico, no parece encontrar otra salida que la de implantar un sistema de destrucción civilizatoria para poner a funcionar su maquinaria industrial-militar-ingenieril, reproductora de la tasa de ganancia del capital; puro keynesianismo de guerra de cuarta generación que hoy podemos ver con estupor en Libia.

Allende no tuvo a la mayoría de las fuerzas armadas de su parte y los militares y funcionarios constitucionalistas fueron apartados o simplemente eliminados por la CIA. Pero además, el sabotaje económico llevado a cabo por la burguesía y la consiguiente escasez artificial de bienes, difícilmente podía ser compensado por importaciones, tal como lo tuvo que hacer el gobierno bolivariano durante el saboteo de la estatal petrolera. Si a esto le sumamos la particular formación social chilena, donde el pensamiento conservador tiene una importante influencia, el golpe de derecha parecía algo inevitable. Nuestros recursos naturales, nuestra capacidad económica, nuestra conciencia política adquirida o, para expresarlo mejor, nuestra nueva cultura política expresada en la organización del pueblo, nuestro patriotismo y el nuevo mapa geopolítico mundial, crean las condiciones para la continuidad de la Revolución bolivariana.

Hoy por hoy, el mundo sabe que Venezuela es la principal reserva de petróleo del mundo, y que el máster of puppets puede mover los hilos en cualquier momento para propiciar una intervención; de hecho ya lo hacen. La lucha principal del proceso bolivariano es a lo interno, contra su propia oscuridad, contra sus propias contradicciones, y por eso la revolución bolivariana debe retomar el impulso transformador y hacer de él algo permanente.

@maurogonzag

viernes, 9 de septiembre de 2011

Mariátegui: La Revolución bolivariana y el socialismo Nuestroamericano

Luis Villafaña
El siguiente texto pertenece a Luis Villafaña, conocido como el Negro Villafaña, y que fue publicado por partes en aporrea.org, a partir del día 13 de diciembre de 2006. Texto de gran pertinencia, sin exagerar lo puedo considerar como una extraordinaria pieza política. El texto que hoy dejo a los lectores es la versión completa, corregida y editada, y lo recomendamos para su utilización en las dinámicas de formación teórica-política, aunque no ideológica, porque me parece que hay que defender la concepción marxista de la ideología como reflejo invertido de la realidad; como falsa conciencia.
  

Presentación

El presente escrito está constituido por una presentación de la obra de José Carlos Mariátegui y una caracterización de la Revolución Bolivariana, en una dinámica donde se subraya la vigencia política-ideológica de la obra de éste, en la lucha por la liberación de los pueblos Nuestro-americanos en general y venezolano en particular. Es también un inventario de temas, aristas y ángulos de la experiencia bolivariana como hecho político-social en desarrollo y, niveles de coincidencias con el esfuerzo de elaboración intelectual, política, ideológica y organizativa de Mariátegui.

Requisito indispensable, en una exposición como la presente, es dar a conocer los principales aspectos en juego siendo uno de ellos la vida y obra de José Carlos   Mariátegui. Autor poco conocido, no solo en nuestro país, sino en muchos otros países de Nuestra-América, incluso para militantes revolucionarios debido al esfuerzo sistemático que tuvieron marxistas ortodoxos, trotskistas, reformistas, imperialistas y apristas entre otros, por tergiversar o acallar su obra*.
 
Por otra parte, más allá del liderazgo del Presidente Chávez, errores del imperialismo en sus ataques al proceso y de la debacle de la oposición, la trascendencia de la Revolución Bolivariana la constatamos en el esfuerzo de interpretar la realidad nacional desde la estructuración de un pensamiento propio (el bolivarianismo), que en su dinámica y profundización, desde lo especifico y particular de nuestro país, logra apuntalar una propuesta de cambio que impacta la universalidad de la cultura y particularmente de la cultura política-revolucionaria.

Espero que esta iniciativa nos acerque más a la implementación crítica de la Revolución Bolivariana, a valorar el papel de la teoría, el estudio, la sistematización de experiencias, el continuo aprendizaje y a hurgar en afirmaciones y propuestas elaboradas a lo largo y ancho de Nuestra-América Rebelde, pero que por prejuicios euro-céntricos permanecen silenciadas y desalojadas del arsenal teórico-político necesario para la Liberación de nuestras tierras, desde una propuesta Socialista y NuestraAméricana.

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(*) Véase: (cuatro caras de un mito) en la Introducción a los Siete Ensayos de Interpretación de la realidad Peruana, escrito por Aníbal Quijano Editorial Ayacucho, Caracas 1979, primera edición.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Crítica al artículo "El batallón intelectual contrarrevolucionario" de la columna Un Grano de Maíz

Al camarada Oscar Vilera,

Leyendo el artículo de Antonio Aponte del día 24 de agosto, no puedo sino recordar la ola de descalificaciones que sobrevino luego del encuentro de intelectuales de mayo de 2009 en el Centro Internacional Miranda, donde se metieron en un mismo saco a Juan Carlos Monedero y a Vladimir Acosta, a Rigoberto Lanz y a Luis Britto García.

Un grano de maíz, ha sido una columna periodística que ha expresado una postura política de las más comprometidas entre los sectores que apoyan la Revolución bolivariana, y por cierto que tener una columna en un diario de circulación nacional, sitios en internet y programas radiales donde se discurre y analiza sobre temas teóricos, políticos e ideológicos se llama trabajo intelectual. De ahí que me extrañe tanta descalificación contra los intelectuales en aquella oportunidad, y ahora vuelva por los mismos fueros en el mencionado artículo; sobre todo porque aquí nadie está exento de crítica, siendo lo ideal destacar lo que une a las corrientes y no lo que las separa.

El primer error que me parece advertir es la insistencia de Antonio Aponte en mezclar peras con manzanas. Porque, por ejemplo, agrupar a Dussel y a Negri en el mismo conjunto de intelectuales que defienden “la miasma de las mismas teorías”, ya constituye una simplificación que nadie se cree. Por cierto, que en ningún momento se explicita cuáles son esas teorías que tienen en común además de estos dos, Marta Harnecker, Heinz Dietrich e Itsván Mészáros. De este grupo de intelectuales, que además son más que eso, tu sabes que a quien más conozco es a Dussel, lo cual no quiere decir que no haya leído algo de los otros o que no conozca desde qué lugar teórico se expresan.

Lo que sí es indiscutible, y te lo digo porque escuche varios programas de Misión Conciencia y he leído otros artículos de Aponte, es que las teorías a las que alude son las teorías del llamado posmodernismo, una propuesta que para definirla en términos sencillos constituye una crítica eurocéntrica al eurocentrismo. De tal manera que, a pesar de que alguna propuesta de Tony Negri, que se ubica en esta postura, podría parecer interesante para algunos en estas latitudes, el posmodernismo por estos lares tiende a producir formas particulares de colonialismo intelectual, en la medida en que como propuesta crítica elaborada desde el norte del mundo, no ha superado sus límites eurocéntricos. De más está decir que este es un debate prolijo.

Entrega del Premio Libertador al Pensamiento Crítico a Enrique Dussel
En el caso de Dussel, como tú también has podido comprobar, estamos en presencia de un pensador de los nuestros, filósofo latinoamericanista, crítico del eurocentrismo, y que es el fundador de la filosofía de la liberación latinoamericana, que además constituye uno de los antecedentes del grupo de investigación modernidad/colonialidad, cuya propuesta tiende a ser confundida ―y digamos que algunas veces con razón― con toda una gama de teorías y de corrientes de pensamiento que van desde los estudios culturales y el pensamiento poscolonial hasta el posmodernismo. La obra de Enrique Dussel, por otra parte es vasta y abarca trabajos sobre la historia de la iglesia en América Latina y otros estudios teológicos, el marxismo, la filosofía, la ética y más recientemente la política, sobre la cual nos ha dejado una valiosísima obra de la que hemos hablado y que son los tres tomos de Política de la Liberación, de la cual las 20 tesis de política, obra que conoces, constituyen un resumen y una síntesis.

Pero como no se trata de escribir un tratado sobre las diferencias y coincidencias entre estos pensadores que Aponte mete en el mismo saco, vayamos al grano, a la crítica de su propuesta central.

Subcomandante Marcos
Primero. Nos dice que Chávez llegó destartalando todas esas teorías, que se expresaban y se expresan en el Foro Social Mundial de Porto Alegre y que ciertamente encontraron en el movimiento zapatista cierta inspiración. Pero si recordamos que Chávez no llegó a Miraflores lo que se llama esclarecido teóricamente, si recordamos que de hecho el modelo que seguía el comandante era el de Anthony Guiddens y su tercera vía, que por cierto constituye una de las más acabadas visiones socialdemócratas, yo no sé cuáles fueron las teorías que desbarató alguien que es un líder, un lector, un estadista ―que es estadista por ser lector― que ha venido aprendiendo y documentándose sobre la marcha, en permanente dialéctica con la realidad, precisamente porque no es un pensador ortodoxo, dogmático, lo cual indica que está lejos de ser un loro marxista ludoviquiano.

Te digo que si fuera extranjero y no conociera Venezuela y leyera este artículo de Aponte, pensaría que el país está viviendo una revolución armada al mejor estilo de la cubana o la sandinista, y que llegado el momento en que se reúnen pensadores nacionales y extranjeros para discutir sobre cuál debería ser el modelo económico a seguir por la Revolución ―tal como ocurrió en la Cuba revolucionaria y que quedó plasmado en el libro “El gran debate sobre la economía en Cuba”― unos intelectuales extranjeros se encargan de evitar, con su inteligencia y su prestigio, la transformación radical de esa sociedad en tanto que ellos en el fondo representan los intereses del statu quo. Pero el problema es que aquí no hay una transformación radical de la sociedad ni estamos en la Cuba de los años sesenta ni en la Nicaragua de los ochenta. Y vaya si en la Cuba de hoy están cambiando algunas cosas. En una revolución pacífica, que para mí siempre será una ilusión mientras esos cambios no adquieran un carácter cultural, es una contradicción en los términos y siempre es más o menos reformista en la medida en que está sometida al sistema internacional, pero sobre todo a las normas del Estado burgués que, me pregunto, después de 12 años ¿Ha cambiado, se ha transformado? Me parece que no, y esta es una realidad que se impone hasta al que no la quiere ver. Por supuesto, esto no significa negar ni encubrir las cosas que se han logrado con los mecanismos de redistribución de la riqueza que efectivamente se han instrumentado, como las misiones.

Tony Negri
Antonio Aponte, sin embargo dice algo sobre el “batallón intelectual” que me pareció bastante interesante. Les da la suficiente importancia como para atribuirles el que hayan logrado impedir “el estallido cultural que toda revolución supone”. Esto refleja, ante todo, una realidad que no hemos superado: confiamos más en los pensadores europeos o europeizantes, en los extranjeros que “saben mucho”, que en nuestros propios pensadores, ya sea por las secuelas de un esnobismo no superado,  o porque sencillamente y como lo afirmó con tono aleccionador el poeta Gustavo Pereira, seguimos colonizados. Sin embargo, aquí se alude una cuestión sobre la cual yo personalmente he tenido mis sospechas: entre los intelectuales extranjeros que han estado asesorando o que de alguna manera han tenido alguna influencia en el proceso bolivariano, sin ser muy partidario de las teorías de la conspiración puede que haya uno que otro que sea un pagado por la CIA. Pero además, me parece que Aponte, aludiendo a la división de las fuerzas revolucionarias, problema por demás histórico de la izquierda, encuentra en los pensadores mencionados el chivo expiatorio que explicaría por si solo los problemas de formación política y la indefinición o confusión teórica en la Revolución bolivariana.

Ahora vayamos a los tres elementos finales que Aponte plantea al final de su artículo, como supuestas ideas centrales de la teoría del mencionado “Batallón intelectual”:

Dice Aponte que dice el batallón:

"Primero, la revolución “no es posible”, “es una temeridad”, “es no estar en sintonía con la realidad”, “es muy buena pero es idealista”, “lo real es adaptarse a una especie de socialdemocracia”, a una suerte de “dar poder al pueblo” pero sin poner en jaque al sistema. Así la gente se preocupa sólo por resolver su vivir, su entorno, y no levanta la vista para la sociedad, no enfoca al sistema."

Quien tenga ojos que vea. Esto no es una idea que quieran imponer un grupo de profesores de universidades europeas y mexicanas, y más bien refleja una realidad que es comprobable empíricamente. Incluso son palabras que bien se podrían poner en boca de un boliburgués en conversación con su mejor amigo. No es que eso lo digan los intelectuales, es que son ideas que forman parte del sentido común de mucha gente y que se expresaron en los resultados electorales del 2 de diciembre de 2007. Porque uno puede ser optimista o pesimista, pero lo que no se puede ser es avestruz.

Dice Aponte que dice el batallón:

"Segundo, aparece el rechazo al Estado, se le tilda de soviético, burgués, y se pretende sustituirlo por formas que fragmentan a la sociedad, la hacen incapaz de acciones políticas..."

Lo que se ha dicho sobre el Estado no es un simple “rechazo”, ni el carácter de burgués es un mero “tilde”. Se ha hablado de la necesidad de transformar el Estado, desde el Presidente de la República para abajo. No es nada nuevo. No se ha propuesto su desaparición ni su sustitución por “formas que fragmentan la sociedad”. Las palabras de Aponte parecen ser una defensa del Estado burocrático y del capitalismo de Estado.

Dice Aponte que dice el batallón:

"El tercer elemento, es atacar al líder, ellos saben que no hay Revolución sin líder, así lo dice la historia. Pero, ¿cómo hacerlo si su prestigio es tan grande? La respuesta tiene varias aristas."

Ya está, porque uno de los intelectuales durante el encuentro en el CIM habló de hiperliderazgo desde un ángulo crítico propositivo, esto se interpreta como un ataque. Sin duda que hay algo de paranoia en estas afirmaciones. Ya se sabe que un proceso que se precie de revolucionario y de socialista, sobre todo si estamos claros que estamos en una suerte de transición, no puede sostenerse en los hombros de una sola persona. Ya lo dijo Fidel hace tiempo: Chávez no puede ser el alcalde de todos los municipios; aprovechemos también para recordar otras palabras de Fidel, mucho más recientes, donde el líder histórico afirma que uno de los mayores errores que cometieron fue haber pensado que alguien sabía cómo se construía el socialismo.

Esta última afirmación, hecha a partir de la vasta experiencia de lucha contra el imperio más poderoso de la historia de la humanidad, y que ha durado décadas, debería llamarnos a todos al diálogo, a la humildad, porque para teorizar ―para intentar teorizar y algunos hasta pontifican― sobre la revolución bolivariana, lo mínimo que se pide es un mínimo de coherencia y de sustento, porque descalificar siempre es fácil.

@maurogonzag

lunes, 22 de agosto de 2011

¿Qué carajo es el buen vivir? Es la diferencia que hay entre la buena vida y la vida buena

“El ambivalente discurso latinoamericano sobre la modernidad, que rechaza la dominación europea pero que internaliza su misión civilizadora, ha adoptado la forma de un proceso de autocolonización que asume formas diferentes en distintos contextos políticos y períodos históricos.”
Fernando Coronil. En El Estado Mágico. Naturaleza, dinero y modernidad en Venezuela.

Desde que el presidente Chávez, haciendo uso de una creatividad que le rinde honor a la necesidad de invención que exigió Simón Rodríguez para los gobernantes de la “América española”, planteó el concepto de Buen vivir, de inmediato se incorporó en el discurso político oficial sin que se definiera muy bien el alcance de un concepto que, intuyo, tiene que ver con una forma de vivir propia de una sociedad distinta de la capitalista, es decir socialista o, también, con una forma de vida que se aleja del consumismo desaforado y que combate la alienación que han caracterizado al consuetudinario capitalismo rentista venezolano, y que sería propia de la transición; de la vida propia de un Estado de Bienestar.

Buen vivir, vida buena, son frases que pretenden definir estilos o modos de vivir distintas a la que sugiere esta otra frase que todos conocemos: la buena vida. Y en un modo de vivir puede estar contenida toda una manera de ver y entender al mundo, la forma en que nos relacionamos, la forma en que están diseñadas nuestras ciudades, lo que comemos, la ropa que usamos y en general nuestras pautas de comportamiento, preferencias, usos y costumbres y hasta nuestro sistema de valores y creencias. De tal manera, la llamada buena vida es algo asociado por lo general a la despreocupación, la suntuosa comodidad y el placer; algo así como aquella canción de Guaco que habla de una mujer que vivía entre “amigos, viajes y placeres tomados de la mano”. La buena vida o el Nec Plus Ultra de lo que se podía aspirar en la vida de acuerdo a los valores asociados a esa concepción de la vida: consumismo, hedonismo, deseo de ostentar, materialismo, relaciones superficiales y frívolas, etc.

Pero surgen acá dos cuestiones vitales que nos sirven para comprender mejor lo que sería la vida en el socialismo. En primer lugar está el tema del uso de la tecnología. Cansado como estoy de escuchar los pseudo-argumentos que consideran el uso de la tecnología como algo opuesto al socialismo, conviene dejar claro, que a pesar que desde un ángulo personal pienso que la tecnología ha sido y es algo así como el gran alienador por excelencia, que por un lado te deslumbra con un artefacto y por el otro te destruye con otro ―y de ahí que la tecnología moderna sea algo así como una decadencia sofisticada o, de otra manera, una especie de avance deshumanizador―, no podemos sustraernos a la técnica moderna en la medida en que ésta ha logrado producir, en palabras de Varsavsky, “una fuerza física irrebatible”. La sociedad en la que vivimos es capitalista y el estilo de vida predominante es el que este sistema impuso. Luego, no está mal ni es contrarrevolucionario querer el carro, el Blackberry, viajar regularmente, una buena cartera y las hermosas sandalias; el problema está cuando la gente quiere empeñar la vida por conseguir alguna de estas cosas, lo cual sugiere cierta locura y ese nivel de alienación en el que ya el teléfono o cualquier otro artilugio se ha convertido en fetiche. Una cosa es querer adquirir un carro porque necesitas transportarte y otra quererlo porque necesitas buena vida. Hay una diferencia no tan sutil que sería bueno tratarlo en otro momento.

La otra cuestión es la del aburguesamiento, tratada por Raúl Bracho en su artículo ¿Es un aburguesamiento eso del buen vivir?, que recomiendo ampliamente. Este autor inicia su escrito con una importante observación: la introducción de elementos materialistas en el discurso del poder popular, haciendo alusión a que el vivir viviendo, el buen vivir o la vida buena, según el discurso oficial parece entenderse como lograr poder tener “mi casa bien equipada”, gracias a la importación de millones de electrodomésticos chinos de línea blanca y negra, algunos de los cuales, como las pantallas de plasma LCD, son productos que no podían ser comprados sino por la tradicional clase privilegiada. Al llegar a este punto, con cierto sabor irónico, el autor afirma que no es capaz de negar que esto sea buen vivir. Ahora, si partimos de que esta afirmación del autor es retórica y que forma parte del hilo conductor de su discurso, cuya conclusión no es precisamente esta, lo que queda es el hecho de que sí, efectivamente, eso es lo que en nuestras sociedades capitalistas se entiende no como buen vivir sino como buena vida, y además forma parte de la ideología contenida en la semántica de algunas palabras como felicidad, que para el DRAE es “El estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien”.

Para Bracho, esta posibilidad para el pueblo más pobre es una reivindicación nada despreciable, algo así como una realidad que entra en el ámbito de lo deseable hecho posible pero no dentro de lo deseable necesario; pero es también un aburguesamiento, lo cual no considera como algo negativo a priori aunque si lo podría ser a posteriori, porque, coincido con el autor, ser burgués es una cuestión de conciencia. Esto nos recuerda que la estructura económica no siempre coincide con la estructura ideológica, que un obrero o un empleado público pueden compartir ideología con un burgués o un aristócrata, y que éstos a su vez pueden colocarse del lado de los humildes. Agregamos también, oportunamente, que las cosas nunca son tan bipolares y que son bien chigüires quienes así piensan. Lo que plantea Bracho con cierta preocupación es que, junto con la socialización de los artefactos se socialice también la mentalidad burguesa. Una preocupación que se justifica, cuando recordamos que nuestra burguesía no ha tenido nunca esas cualidades que le atribuyó Marx en el Manifiesto Comunista, como clase emprendedora, transformadora de la realidad, y que estaba desempeñando en la historia un papel “altamente revolucionario”. Que se trasladé la mentalidad rentista al pueblo no sería nada bueno. Ese sería el aburguesamiento que ocurriría y del que está permeado la sociedad venezolana en su conjunto.

El carácter redistributivo de la riqueza del proceso bolivariano y su coexistencia con la burguesía lo expresa el autor en este fragmento, aderezado con una interesante ironía:

Nadie dijo que la revolución tenía como fin acabar con los burgueses sino más bien que sus privilegios no fuesen solo para ellos, así que la revolución, para estar claros, se trata de que todas y todos seamos burgueses, o que tengamos y disfrutemos lo que tienen y disfrutan los burgueses”.

Pero conviene recordar que, de un lado, no todos podemos ser burgueses por la sencilla razón de que la pobreza de los pobres es la riqueza de los ricos, aunque en un país como el nuestro, petrolero a lo grande, hasta esa ley, válida en los países industrializados con clase obrera numerosa, habría que colocarla entre paréntesis. Por otra parte, así como el empresario encuentra la manera de evadir las regulaciones de precios que decreta el Estado, también los think thank de la publicidad capitalista, se encargan siempre de crear e instaurar nuevas jerarquías sociales instaurando falsas distinciones.

De tal manera, si buen vivir no significa acceder al estilo de vida de ellos ―burgueses, oligarcas, aristócratas, plutócratas o simplemente privilegiados― pero más barato, entonces ¿De qué se trata entonces eso del vivir viviendo? Lo primero que podemos decir, es que hay una diferencia importante entre querer parecerse a ellos o ser como ellos, y utilizar ciertos artefactos que han logrado convertirse en necesidades en la vida moderna, como por ejemplo los teléfonos móviles, perversos fetiches que se han convertido en necesidad de la vida y de las fantasías del espíritu. Buen vivir, vida buena, entonces, sería superar la alienación, “la personificación de las cosas y la cosificación de las personas”, el estar en lo ajeno, de manera que la embriaguez tecnológica al alcance de la mano no nos haga privilegiar, llegado el instante fatal, el tener sobre el ser, si de lo que se trata es de superar el capitalismo, si de lo que se trata es de construir el nuevo socialismo, democrático, espiritual, humanista.

Así las cosas, con la convicción de que logré sortear a los amigos y amigas que se ponen en guardia frente a las críticas culturales y humanistas a la tecnología, seguros de que lo que queremos es verlos caminar en guayuco por la avenida Bolívar, decimos que buen vivir es dignidad, equilibrio, cultura para la libertad, como decía Martí, o directamente como afirma Bracho al final de su artículo: el más simple y puro comunismo. Pero, en una sociedad capitalista, en un Estado de bienestar, la buena vida y el buen vivir parecen confundirse; como que quisieran confundirse.

@maurogonzag

sábado, 13 de agosto de 2011

El transporte público: ¿objeto de regulación o de nacionalización?

Un tema viejo pero sin embargo siempre nuevo. Con todo, los recientes llamados a paro de transporte que se convirtieron en guarimbas traen de nuevo a primer plano una cuestión vital para el bienestar de la población. Problemas de la vida moderna. Centralización de los medios de producción, de las principales empresas, del poder económico, del poder político, de la diversión, donde la vaina se pone buena. La ciudad, el gran artificio humano, espacios para catedrales, plazas y parques, lugar erigido por la modernidad capitalista en contraposición al campo como espacio de otros tiempos, pasados primitivos. La ciudad, la polis, símbolo de progreso, donde se define la realidad general, donde se hallan los legendarios templos donde se toman las grandes decisiones, necesita de efectivos sistemas de transporte para funcionar.

Una de las premisas –pero también una necesidad- del capitalismo es la de que todo es mercantilizable, privatizable. La ciudad es el lugar por antonomasia de lo público, donde la instauración de la idea del individuo libre fue despolitizando espacios de vida fundamentales para la formación y el mantenimiento de la conciencia cívica y la ética social necesarias para la sana convivencia, para sobrellevar dignamente “el hecho de las aglomeraciones”. Conviene que el tema del sector transporte sea repolitizado y que sea asumido como cuestión estratégica por las comunidades organizadas, sobre todo por el uso político que suele hacerse de él durante las huelgas. En la ciudad, la gente vive en un lugar y por lo general trabaja en otro, muchas veces ubicado a kilómetros de distancia, situación que hace de la llegada cotidiana al lugar de trabajo una diaria procesión y un lidiar al que muchos no se acostumbran, aunque con los grandes cambios tecnológicos de las últimas décadas muchos de esos trabajos puedan realizarse desde el hogar, siempre que se disponga de los recursos  necesarios. Incluso ya se habla de teletrabajo, desde hace tiempo una realidad. Pero el conservadurismo y la falta de imaginación hacen lo suyo.

El ejemplo clásico lo constituyen las llamadas ciudades satélite, cuyos habitantes por lo general laboran en la ciudad, en el centro. Gente que vive en los Altos mirandinos, en Santa Teresa, en Guarenas o Guatire, el junquito… que a diario tiene que luchar contra los azares y tribulaciones de las vías.
Pero no son solo las situaciones de la carretera las que tiene que soportar el usuario del transporte público-privado (empresas privadas que prestan un servicio público), sino muchas veces los comportamientos de los choferes que, como miembros de una empresa, y por tanto de una organización cuyo fin es la rentabilidad y la ganancia, anteponen –y cómo no- sus intereses económicos a la prestación de un servicio eficiente y de calidad. En el país petrolero de la gasolina barata siempre ha sido negocio el transporte. Desde el taxista, el camionetero, hasta las llamadas “Ejecutivas” -camionetas negras que –por ejemplo- desde Maiquetía pretenden cobrar 500 Bs hasta Caracas- se apuesta por el negocio cómodo y lucrativo.

Pongo como ejemplo lo que sucede con una línea que cubre la ruta Altos mirandinos-Caracas. Como lo importante no es llevar a la gente a sus trabajos u hogares sino los reales –y no deja de ser lamentable como estos comportamientos son muchas veces considerados “respetables” y “comprensibles” desde la “ética racional capitaista”- que , así quede un puesto yo no arranco, y si puedo recoger más en la vía mejor pal negocio. Ah! Y si me paro, por ejemplo, en el Km 0 de la panamericana a recoger pasajeros que luego asaltan a la gente para luego quejarme de la inseguridad, eso no fue culpa mía. Yo cobro al subir, y cuando la camioneta por fin llega, luego de esperar una hora y a veces dos, uno pudiera pensar de que si, por fin me voy. Pero no. Comienza aquí el proceso de cobro, uno a uno. Uno se va como veinte o treinta min después de que llega el ansiado transporte. Claro, a menos que este cayendo una tormenta, eventos que hacen pensar a los choferes sobre lo conveniente de cobrar después del embarque.


Los cuentos son innumerables, y como siempre se trata de un capitalismo desbocado que debe ser regulado seriamente por el Estado, y en el caso de las empresas privadas de transporte, un servicio que debe ser fiscalizado por la comunidad organizada, aunque a veces la comunidad se equivoque rechazando las alternativas que ofrece el ejecutivo.

Por lo general, cuando se habla del exceso de vehículos que hoy transitan y viven en la capital, que traen tráfico, estrés y contaminación, se alega que si el transporte público funcionara la gente no optaría por el transporte individual, cuando no se afirma desarrollistamente del segundo piso para Caracas. Otros, afirman que la raíz del mal está en el precio de la gasolina, que debería aumentarse. Pero ésta última opción, se tiende a asociar a la rebelión social del Caracazo, por lo que es mejor dejarlo de ese tamaño, aunque la razón del aumento de aquella vez –una medida que formaba parte del paquetazo neoliberal- se encuentre a años luz de lo que aquí se plantea. No les falta verdad a ambas opiniones, aunque si consideramos el uso del vehículo individual como una parte constitutiva de los gustos y preferencias del venezolano promedio, tendríamos otra variable interesante que considerar.

Entre aumentar el precio de la gasolina, convencer a la gente de que cambie el vehículo propio por el vehículo común, y mejorar sensiblemente el transporte público, parece que hay que comenzar por esta última opción, aunque las otras estén relacionadas intrínsecamente. Son muchos cuentos, muchos detalles, es un tema complejo. En lo que sí creo que estaríamos todos de acuerdo es en la nacionalización de este sector estratégico que, por otro lado, no tendría que ser total. ¿O sí?

@maurogonzag

sábado, 6 de agosto de 2011

Fracasos en la formación político-ideológica. Diálogo entre un funcionario y un cuadro político

Es bueno decirlo de una vez. No se trata de negar los significativos avances en materia de conciencia política que pueden verificarse en el pueblo venezolano, y que han sido producto de la rica dinámica política de los últimos años. Pero una cosa es decir eso, innegable en un país donde el fenómeno político propició experiencias únicas y puso a leer leyes, periódicos, revistas, libros y folletos por doquier a todo el mundo, -aunque sigue faltando mucho- y otra decir que los espacios de formación política y de formación de “cuadros” han rendido frutos; o en todo caso los frutos que necesitamos.

Mi experiencia personal en el tema la adquirí en diversidad de espacios, uno de ellos, la UBV, donde desde el 2005, un año caracterizado por un espíritu revolucionario hoy ausente, se dieron interesantes experiencias de talleres, seminarios y materias electivas dentro y fuera del Programa de Formación de Estudios Políticos y Gobierno, que expresaban el interés –pero sobre todo un gran entusiasmo- en la necesidad de que adquiriéramos la necesaria conciencia revolucionaria. Ya se hablaba de socialismo y de inmediato resurgieron las lecturas de los clásicos, y junto con ellas resurgieron también los viejos demonios, las viejas discrepancias, rivalidades y enfrentamientos que han caracterizado históricamente a los debates en el seno de la izquierda. Esta vez a lo Caribe, a lo venezolano.

Otro espacio que se creó para cumplir con estos importantes fines fue el Centro Internacional Miranda, donde tuve la oportunidad de asistir junto a compañeros que llegaron desde diversos espacios, profesiones y lugares teóricos, a excelentes actividades formativas, foros, talleres, seminarios, incluyendo un taller de formación sociopolítica con Juan Carlos Monedero. Una experiencia valiosa y que fue, ante todo y para mi, una experiencia más. Sin embargo, a partir de allí todos los que participamos en dicho taller y demás actividades en el CIM, fuimos tildados de “monederistas” o “centromirandistas”, o también “posmodernos pequeñoburgueses”. Verga ¡Pero qué creatividad para encasillar y para discriminar! Allí se presentaron algunos nodos críticos que luego advertiría en otros espacios formativos.

sábado, 30 de julio de 2011

Lucha de clases, fascismo y nacionalismo en la Revolución bolivariana

En una entrega publicada a finales de mayo, planteaba lo que parece ser un dilema presente en el proceso bolivariano, el cual ha consistido en un dinámica política orientada a la transformación social que parece oscilar entre la lucha nacional y la lucha de clases, lo cual adquiere matices polémicos en la medida en que se ha definido al Socialismo como la forma organizativa, como el sistema social, al cual debe enrumbarse el proceso de cambio que conocemos como Revolución bolivariana.

En esa oportunidad, destacamos el carácter complejo del debate sobre cómo lograr ese objetivo, sobre cuál debería ser el programa y los principios que debería seguir el sujeto del cambio para lograr la necesaria transformación social. Cómo ejemplo, citamos a un autor que en uno de sus artículos planteaba como uno de los temas objeto de debate, el papel que debe desempeñar la empresa privada en el proceso, surgiendo preguntas como ¿Debe o no desaparecer la empresa privada en el socialismo?, ¿Si no tiene por qué desaparecer, cual debe ser su papel? Y ¿En caso de que tenga que desaparecer, es el Estado el que debería ejercer la hegemonía socioeconómica, o más bien las comunidades organizadas? ¿Sistema mixto con efectiva regulación estatal?

Seguidamente, recordamos que, como es natural, estos debates han surgido y se han dado en otros momentos de la historia, por lo que nos pareció pertinente recordar el debate que se dio en los años 20 del siglo XX, entre Haya de la Torre, fundador del APRA (organización en la que se inspiró Acción Democrática), y José Carlos Mariátegui, aquel que diría que el socialismo en nuestras tierras no debe ser calco no copia sino creación heroica. En este sentido, establecimos una analogía entre las posiciones fijadas en esos años por esas figuras, y las posiciones que vienen expresándose en los debates que se dan hoy en Venezuela, preguntándonos si así como el Partido Socialista fundado por Mariátegui se encontró ubicado por sus principios y programa entre el APRA y la III Internacional, nuestro Psuv se ubicaba entre el Partido Comunista y Acción Democrática o, si más bien el Psuv no se parecía más –o una de sus corrientes principales- al APRA. Es así, como recordamos que en ese debate, Haya de la Torre representó el paradigma de la lucha nacional, así como Mariátegui representó el de la lucha de clases.

miércoles, 27 de julio de 2011

Ensayos críticos por una Revolución cultural (contribución a la batalla de las ideas)

La expresión "Revolución cultural" ciertamente tiene una poderosa carga que remite casi por reflejo a la Revolución cultural china, pero esta propuesta poco tiene que ver con aquel movimiento, aunque si mucho con la lucha contra el capitalismo como cultura, como manera de ver y entender el mundo, como gramática, como modo de producir y de pensar.

Sin embargo, lo que entiendo como Revolución cultural no se encuentra explícitamente planteado en el texto. Este gran tema constituye sin duda una batalla y un desafío intrincado donde los haya, y merecería ser resuelto en otro libro, si es que de resolver algo se trata. No obstante, la expresión tiene una presencia como de inquietud, como derrotero fatal y respuesta necesaria, ante los cuellos de botella con que se ha encontrado el proceso bolivariano, sobre todo en los últimos años; sobre todo después de la derrota del 2 de diciembre de 2007.

La propuesta de una Revolución cultural se siente como vector que recorre transversalmente un libro que, siendo un ordenamiento temático de ensayos y artículos en su mayoría publicados en aporrea.org, portal de comunicación popular que ha sido y sigue siendo una ventana para la reflexión crítica emergente, el carácter crítico de sus piezas le otorga muchas veces una organicidad no pensada ni planificada.

Una fe inquebrantable en el poder de las ideas resplandece al inicio de la presentación:

"Con la convicción de que efectivamente “hay ideas que son como un atentado”, como afirmara el escritor checo Milan Kundera; con la seguridad de que interpretar y teorizar sobre la luminosa y emulada Revolución Bolivariana constituye una labor necesaria y una tarea pendiente en un proceso político inédito, donde la voluntad política y la consiguiente práctica han ido decididamente por delante de la reflexión teórica; conscientes de la certeza de las palabras de Víctor Hugo cuando afirmó que “las que conducen y arrastran al mundo no son las máquinas sino las ideas”; teniendo como inspiración y guía espiritual aquella advertencia que nos hiciera Samuel Robinson que quedó plasmada en la frase “O inventamos o erramos”, presento este conjunto de artículos y ensayos breves con el firme propósito de hacer un modesto aporte a una batalla, que por ser de ideas no deja por eso de ser un enfrentamiento donde una eventual derrota implicaría un golpe mortal al proceso de liberación de los pueblos de Venezuela, Nuestramérica y el mundo; batalla que por ser de ideas, repito, está enmarcada dentro de lo que se ha denominado “guerra de cuarta generación”, realidad que plantea la necesidad de que a la revolución política, económica y social se sume la Revolución cultural, momento en que se consagraría el proceso general de cambio, sin la cual los logros alcanzados no superarían un carácter meramente coyuntural".